Vielen Dank

Aletz

Nunca olvidaré la vez que conocí a la suegra de mi hermana. Se acercó y casi abrazándome, me dio las gracias:

“Si no hubiera sido por sus patatas, en Alemania nos hubiéramos muerto de hambre.”

Era la primera vez que recibía las gracias extensivas a mi país, así que no iba a corregir a la señora diciéndole que de México era el chile, no la patata. Otro día, en la tradicional caminata de los domingos, después de una bacanal con cinco variedades de pasteles, la misma señora se detuvo al borde de un lago y me apuntó una pila de hojas secas.

“De esas tenía que recoger varias cubetas de niña. Las usábamos para calentarnos en el invierno.”

Es difícil imaginarse cómo sobrevivió Alemania las dos  guerras mundiales. Tenemos los mapas que comparan el pasado y el presente de ciudades como Colonia y Hamburgo (de los edificios que quedaron en pie, sólo logré identificar la Catedral de Colonia y el Parlamento de Hamburgo),  tenemos películas como el Blue Angel, libros como El mundo de ayer, libros de teoría política, económica. En fin, un sin número de explicaciones. Pero de entre todas, la que yo prefiero es la de Otto Dix.

Las pinturas de Dix las vi por primera vez en el Pompidou. Llevaba tres horas con Kandinsky, Matisse, Picasso. Intentaba imaginar contra qué movimiento artístico se había enfrentado uno, a qué grupo social se dirigía el otro, cómo entender la importancia de todos en el correr del arte. En realidad,  estaba a punto de pedirles mejor el folleto de la exposición para leerlo en casa, cuando entré a la sala de los alemanes de entreguerras. Di dos vueltas y lo vi. A Dix no había que preguntarle nada. Sin necesidad de manual, ni breviario histórico, burgueses y obreros, abuelitas y nietos, podían sentarse frente a la pintura y recibir el latigazo a media cara. La pintura no era nada del otro mundo. Mostraba a una prostituta con una expresión de inmenso cansancio, unas tetas que parecían arrugas, y un entrecejo que parecía cargar tres malas reencarnaciones. Eso era todo, y sin embargo. Sólo conozco a dos pintores con esa misma capacidad de hacer babear a todo el mundo por igual: Brueghel y Goya. (Igual conozco a más, pero estos tres son los que se me ocurren ahora).

Después de la pintura de la prostituta, siguió otra de una mujer sentada con las piernas cruzadas, fumando un cigarro en lo que podía ser un café de París. La mujer vestía un traje a cuadros rojos y negros, tenía el cabello lacio y corto, peinado al estilo charlestone. En realidad, no tenía nada en especial. ¿Por qué se detenía entonces la gente a verla con una mirada absorta? Un círculo negro rodeaba su ojo izquierdo. Eso era todo. Se detenían por el círculo. Dix había puesto el círculo como si yo, en este momento, empezará enviar un mensaje a la cuenta de todos mis contactos para decirles que leyeran este post. La grandísima diferencia es que si yo lograra mi objetivo, nadie de todos mis amigos se caería de espaldas al leer lo que está leyendo ahora. Y yo, junto con otra viejita que estaba a mi lado, casi nos caemos de boca al ver con detalle la pintura de Dix.

Ignoro las faenas económicas y políticas que tuvieron que hacer los alemanes para sobrevivir las dos guerras mundiales. Desconozco los pormenores del plan Marshall. Pero de una cosa sí estoy seguro, nunca abandonaron el arte. Y el arte al final los salvó. Por lo mismo, cuando me enteré este año que en Montreal iba a ver una de las exposiciones más importantes jamás organizadas de Dix, apunté la fecha en el calendario, investigué los días de descuento y, un día antes de ir al museo, le pedí a mi hermana que agradeciera a su suegra de mi parte.

“Si no hubiera sido por Dix, me hubiera muerto de hambre en Montreal.”

 

Si quieren conocer más a fondo los motivos por los que se logró la exposición de Dix en Montreal, además de ver algunos de sus cuadros, chequen el vídeo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Montreal. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Vielen Dank

  1. Ulf dijo:

    Ahora también necesitamos una exposición con arte de George Grosz; y de Joseph Beuys con arte alemán de la posguerra. 🙂

  2. sietecuidades dijo:

    Y Max Beckhmann. Una gran generación…

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