Guardianes de museos

En Corazón tan blanco Juan Ranz nos relata como su padre, quien trabajaba en el Prado, cuidaba del estado de ánimo de los vigilantes del museo y los rotaba mensualmente entre las salas de exhibición. Él sabía que el tedioso trabajo podía generar en ellos un odio hacia la obra y llevarlos a dañarla o incluso destruirla. De aquí que, el bienestar del guardia es el bienestar de la obra.

En el 2009 un guardia del Carnegie Museum de Pittsburgh rayó con una llave un óleo de Vija Celmins, Night Sky #2, valuado antes del ultraje en $1,200,000 dólares. A Timur Serebrykov, el guardia, se le administró un tratamiento psiquiátrico, salió de la cárcel bajo fianza y tendrá que pagar alrededor $250,000 dólares por el devalúo de la obra. Tal vez un psicoanálisis a tiempo hubiera salvado la pintura.

Pero no todas las historias sobre vigilantes de museos son de terror. La revista semestral Esopus tiene una sección llamada “Guarded Opinions” en dónde guardias de distintos museos dan sus comentarios sobre la obra que custodian. Otro ejemplo es el de los vigilantes del Metropolitan Museum of Art, quienes editan la revista SW!PE en dónde todos los trabajos publicados son elaborados por guardias de museos.

En el D.F se presentó en el MUAC en el 2009 si no una retrospectiva, sí una extensa exposición de la obra de Cildo Meireles. La exposición estaba montada de manera que entre las paredes externas de dos instalaciones quedaba un área bastante grande “vacía” con una luz apuntando al suelo. Para los niños y los papás de los niños que no conocían la obra de Meireles, el espacio era perfecto para que los endemoniados escuincles corrieran y brincaran mientras todos hacíamos cola para entrar a las instalaciones. Para los que conocíamos la obra y para el guardia aterrado, los niños se volvieron una amenaza para la pieza Cruzeiro do Sul, cubito de dos maderas de 9mm cúbicos que estaba colocado en el suelo del espacio “vació” bajo la luz. El vigilante al darse cuenta de lo estéril que sería tratar de aplacar a una bandada interminable de niños, decidió proteger la obra de la mejor manera. Se aproximó decidido a la pieza, se agachó, tomó el cubito y lo metió a la bolsa de su pantalón. Nos vio a todos y satisfecho volvió a su posición en el quicio de una puerta. Cuando otro de los guardias corrió asustado a comentarle que el cubito estaba perdido, nuestro vigilante rió, explicó algo y complacido sacó la pieza del bolsillo. Al quedar la sala si niños, la obra regresó a su lugar en completo bienestar.

Elisa Olivares

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a Guardianes de museos

  1. Aletz dijo:

    Genial! No hay nada más triste que un hombre de cuarenta años sentado frente a un cubito de madera ocho horas al día, cinco días a la semana, cuidando de que nadie se acerque!

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