El rapero

Pablo (Bordeaux)

Toda ciudad tienen sus locos. Sin embargo, no todas las ciudades los entienden. Hay uno por aquí que canta rap. El cantante de rap de Sainte Catherine utiliza algún algoritmo todavía no descifrado para desplazarse. Este hecho no debe sorprendernos en absoluto ya que los raperos de zonas comerciales suelen tener una ruta establecida. En La Paz, por ejemplo, los raperos inician su retahíla en la Uyustus, desde donde bajan a través del Mercado Negro para terminar deambulando por el Mercado Rodriguez. Hay uno que otro que gusta desviarse hacia la Plaza San Francisco y asustar a los turistas. Estas letras de rap son lo que se llaman un relato descendente. Nada más alejado de nuestro amigo de Sainte Catherine, quien circula por las calles bordelesas con un relato algorítmico. En efecto, este rapero se desplaza cien metros y luego decide volver por sobre sus pasos, de repente dobla por la calle de la izquierda y se mete en una de las placitas cercanas, que recorre cuidadosamente en el sentido de las manecillas del reloj, si es que no va al revés, para, rapea a algún jubilado, martillea con su voz a un grupo de jovencitas que vienen de salir de Zara. El parecido con Snoop Dog es evidente, sólo que este rapero utiliza la lengua de Huguito. Digo que es un rap algorítmico porque no solamente el recorrido presenta una dificultad de análisis, sino también de canto. Es un gorjeo, más bien, en el que las palabras se detienen en la punta de la lengua y se revuelven, como una ola de peces. Eso y un loop continuo de sílabas nos conducen a pensar que el rap se relaciona con las tiendas. En esta época de navidad en que se puede ver el consumo desesperado de la gente que tiene miedo de que el comercio se acabe para siempre después de las fiestas, las mareas de clientes provocan que el rap los relate.

Es el rap de las cajas registradoras, las listas de objetos, las listas de personas, las sonrisas cansadas de dependientes, el tipo apurado que está a punto de fallar a toda su familia, la abuela de los mil regalos pequeños, la mujer de las joyas y el cuero, los mendigos apostados con sus coros recurrentes, las gradas eléctricas, las bolsas de papel, los letreros, las músicas de salón, el vientecillo frío del invierno europeo, y por supuesto, la gente que está fuera del circuito, que se dividen entre los masoquistas a los que les gusta ver vitrinas solo por el lado de afuera y pensar, pensar, pensar, en lo que sería, en lo que podría ser, en lo que no fue, en lo que va mal, en el escape, el escape fatal cueste lo que cueste, lejos de ahí, donde no se no noten tanto las ganas frustradas y los suspiros arrojados por lo bajo, y claro el otro grupo son los no masoquistas que se mantienen alejados, sin tomar riesgos, y se sientan a pensar en sus casas, o en la puerta de sus casa porque se aburren sin teles y sin trenes eléctricos y sin consolas de juego y sin interés por nada porque aprendieron a que da igual tener interés por algo que no tener interés por nada o lo que es lo mismo, no aprendieron a desarrollar el interés, porque si nada importa, qué más da, pero después piensan de nuevo dentro de sus casas porque fuera de sus casas hace frío y el vecino tiene la música muy fuerte y los niños molestan con sus gritos y ni siquiera el paisaje del barrio es bonito, todo está sucio, oscuro, abandonado, como una flor marchita que sigue esperando, bueno el punto es que piensan, decía, piensan en cómo será esa calle tan misteriosa, Sainte Catherine, qué miedo acercarse si es antes de las diez de la noche, porque la noche, claro, les pertenece a ellos y sólo a ellos, y entonces se pueden tomar una cerveza, pasear a sus perros y mirar las vitrinas sin luz, cuando todo las calles están muertas, así nadie los mira raro, y si no pueden ir mandan un representante del barrio, un cantante de rap que tenga el botón de on encendido, y que luego al volver a su casa vaya diciendo lo que vio, con los brazos agitándose, los pantalones anchos, el estampado de la chaqueta enorme y fosforescente, los tenis blancos, o queriendo ser blancos, el gorro negro y la cadena que no puede faltar, todo un disfraz, que los compradores de la calle Sainte Catherine creen que es un loco, pero no es más que un hombre―grabadora, que no puede dejar de cantar mientras graba, ese es su motorcito, y así todo el día, rapeándole a la gente para luego ir a contárselo a la noche, o a los amigos de la noche, si es que se entiende bien lo que esto quiere decir.

(Diciembre, 2010)

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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