Forastero

Pablo (Bordeaux)

Quería decir dos cosas sobre la migración, dos puntos que me parece que definen muchas otros aspectos de llevar una vida como la que llevó durante años, sin desearlo, Odiseo.

Primero, que ser migrante es ser inferior. La ley dice que todos son iguales. Pues en la práctica el ser extranjero te remite a un estatuto de inferioridad. Elimina, ante el Estado, la mayor parte de las particularidades de tu persona. Para la autoridad del país que te acoge, tu individualidad no cuenta, eres uniformizado por la etiqueta básica: eres extranjero, punto. Si has rescatado gatitos en tu país o has escrito un concierto sinfónico para piano en Re menor, no importa. Todo lo demás viene después.

Dicho esto, hay que decir también que vivir en el extranjero es magnífico, pues no creo que exista otra experiencia de la que se pueda aprender tanto. Implica descubrimiento, conocimiento, disfrute, pero también implica adaptación. Y esto está bien. El pensamiento, decía Borges, es un ejercicio de diferenciación. De ahí que su sinónimo sea discernir. Pues pienso que también puede verse al pensamiento como ejercicio de adaptación. Adaptar un sistema de ideas a una nueva gama de percepciones. Hacer matemáticas es adaptar el cerebro a un sistema preexistente. Con un país pasa igual. Y el intercambio es, por regla, enriquecimiento.

De esta dicotomía, a pesar de esta dicotomía o gracias a esta dicotomía, toca continuar la estirpe de Odiseo. Toca crear, casi sin quererlo, su propia narración, pasada y futura, bajo la premisa del forastero.

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De frente

Daniela (Cochabamba)

Hoy voy a dejar de lado la ficción con la que me gusta mirar, más que eso, soportar la realidad en la que tengo que vivir y con la que tengo que trabajar día a día. Una realidad marcada y atormentada por la violencia. Hoy hablo de frente.

Ayer una serie de movilizaciones alrededor del mundo recordaron que ya no estamos en los tiempos en que la violencia y la vulneración de los Derechos Humanos, más aún cuando provienen de esferas estatales, pueden ni deben ser invisibilizadas o toleradas. Ayer recordamos a 43, y con ellos a otros 43 y a otros 43 más, hasta recordar a las y los miles de desaparecidos en América Latina. Aquellxs que desaparecieron en dictadura y a aquellxs que aún siguen desapareciendo en democracia, gracias a las redes de conspiración entre Estados y mafias, gracias a la corrupción, la mercantilización y la deshumanización absoluta de los cuerpos y de las vidas.

Como dice Rossana Reguillo, la desaparición de los 43 de Ayotzinapa ha desnudado a la violencia que se pasea con carta de ciudadanía por México, y otros países de Latinoamérica como Bolivia, otorgada por “un Estado que pretendía gestionar la violencia sin salpicarse”. Ayer salieron a las calles todxs quienes creemos que al ser los Derechos Humanos universales, su defensa debe trascender las nacionalidades, culturas, religiones, sexos, géneros, edades y cualquier otro rasgo que forme parte de nuestras identidades.

Mientras en México el Estado se desentiende de los desaparecidos, su homólogo en Bolivia aún niega el decreto que declare alerta roja por la violencia sistemática ejercida contra las mujeres. Según el reporte de la Fuerza Especial de Lucha contra la Violencia, este año en el país se registraron alrededor de 26775 casos de violencia, más del 90% de las víctimas son precisamente mujeres. Otra manifestación de la violencia, aún más cruel y aún más indignante, es la que se ejerce sobre los cuerpos y las vidas de niñxs. Una de cada tres niñas y adolescentes y uno de cinco niños y adolescentes sufren de violencia sexual. Mientras tanto, desde el Estado se pretende cementar este abismo de inequidades y vulneración de Derechos Humanos castigando únicamente a la agresión; con la Ley 348, -con sus inútiles albergues, su atrasado reglamento, sus penas ligeras y la retardación de justicia-, pretenden asegurarnos a las mujeres y a la infancia una vida libre de violencias.

Estos son algunos de los escenarios de Latinoamérica donde la violencia no sólo está naturalizada, sino además institucionalizada y goza de ciudadanía. Al otro lado del planeta, islamistas y sirios, y por qué no sospechar justificadamente de la mano astuta e invisible de los estadounidenses, siguen haciendo grandes despliegues de salvajismo y horror. El video más recientemente difundido de 18 degollamientos no es más que la prueba fehaciente, como dice Mireya Sánchez, de lo poco que ha avanzado la humanidad, desde los tiempos en que los emperadores de las primeras civilizaciones degollaban cuanto contrincante se presentase a su paso. Emperadores que gozaban contemplando la trascendencia de su crueldad en murales finamente pintados, como los grupos armados subversivos y otros esponsorizados por diversos gobiernos, gozan hoy de plasmarlos en videos que, por lo demás, cuidan una narrativa y estética muy propicias en estos tiempos en que la violencia es un espectáculo.

Los Estados y las Iglesias monoteístas –todos esos cuerpos institucionales que gozan de representatividad social, política y cultural- han sabido legitimar, reproducir y perpetuar las ideologías que se constituyen en justificaciones de la violencia, así ésta se sostiene en el peldaño desde donde las esferas hegemónicas contemplan el show.

Aplaudimos la “voluntad política” de los y las representantes de los Estados que desde sus curules dictan leyes como si fuera un acto de generosidad, como si no nos debieran eso y más. Aplaudimos las declaraciones solidarias de figuras religiosas como el Papa, esa simpática carta muy bien jugada de la Iglesia Católica, lo aplaudimos por sus discursos que tratan de dar flote a una institución sumida desde hace siglos en la ridiculez y el insultante primitivismo. Si nos damos cuenta, lo aplaudimos por lo obvio, por lo mínimo, por el simple desagravio. Suficiente daño ha hecho ya una institución que desde su seno ha gestado y gestionado la opresión, las inequidades, el odio, la violencia y la guerra a nombre de un Dios bondadoso y justo.

 

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Historias del transporte público

Toto (La Paz) / Nota #5

Ayer tomé un taxi para ir al trabajo, estaba algo apurado pero el taxista estaba más, con el rostro serio esquivaba autos sin desacelerar. Cuando llegamos al final de la avenida del poeta habían varios policías de tránsito (cosa inusual) que a gritos le pedían que baje la velocidad, y como es natural el taxista explotó.

Taxista emputado: Estos cojudos, cuando les escuece no más salen.

Yo hecho al Gil: Sino…

Taxista emputado: Nunca están esos mierdas ahí, qué les pasa.

Yo hecho al Gil: Debe ser por navidad, cuando está cerca siempre salen.

Taxista emputado: No sé qué hacen ahí, deberían estar en la costanera, ahí todo el tiempo hay accidentes, en cambio ahí.

Yo hecho al Gil: Si pues a fin de año son unos hambres.

Luego el taxista se calla, sigue conduciendo como tratando de escapar de su enojo. De pronto comienza conducir con una mano y a hablar por su celular. Yo en silencio agarrándome al asiento mientras inevitablemente escucho su conversación.

Taxista emputado: Hola… Hola… Hola… Donde estás… Donde estás… ¿Que estás haciendo ahí a esta hora?… Que qué está haciendo ahí a esta hora… No pues, como vas a hacer eso… Y ¿no vas a ir a trabajar?… Ayer tampoco has ido a trabajar… No pues vida, no está bien, está bien que compartas un rato pero no así… Ayer tampoco has ido a trabajar… Tienes que levantarte, creo que tenías que hacer exámenes… Ya levantate de una vez, tienes que trabajar… levantate… Carmen, escuchame, Carmen, hazlo por las chicas, amor… Ya levantate y andá a trabajar ya, no sé ni que haces en la casa de tu mamá… ya hablamos después pero levantate, ya.

El taxista cuelga el telefono, estamos subiendo la Landaeta a la altura del Instituto Americano.

Taxista emputado: Puta carajo, una pasarela deberían construir aquí, no se como no se les ha ocurrido construir una pasarela.

Yo hecho al Gil: Si no. Hace poco estaban refaccionando deberían haber pensado en una pasarela. A demás con tanto colegio, hay uno aquí, hay otro más arriba, peligroso es.

Taxista emputado: Son pues unos cojudos no se en qué piensan

Por fin llegamos a la Universidad me bajo del taxi– Que tenga un buen día – le digo.

Taxista muy amable: Buen día joven que le vaya bien.

Horas después, a medio día, para volver a casa tomo el teleférico, en mi cabina hay una señora y una chica joven que le da charla. La señora parece ser cristiana, de esas que son temerosas de dios y está dispuesta a hablarnos hasta que la cabina llegue a su parada.

Señora cristiana: Y así pues se ha muerto, han llegado en taxi a la puerta de su casa, ella ha dicho ya hemos llegado y se ha muerto, ataque cardiaco le ha dado. Pero los que más han llorado no han sido sus hijos han sido los viejitos. Todos los domingos se levantaba pues temprano a cocinar, yo debe trabajar, debe vender, pensaba; pero dice que cocinaba 100 platos para los viejitos todos los fines de semana. Por eso los viejitos lloraban, quién nos va a dar de comer ahora decian, después ellos querían el ataud pero no han podido.

Aaaay, una nunca sabe cuando se va a morir solo dios sabe y con tantas enfermedades nuevas.

Chica medio callada no más: Sí, ahora hay hartas enfermedades nuevas.

Señora cristiana: Tantas cosas terribles que pasan, pero todo está en la biblia, dice que hartas enfermedades van a haber. El otro día estaba bajando con un viejito, este es el infierno me ha dicho, no hay otro infierno, este donde estamos no más es. Que barbaridad. También he leído otro día en el periódico que un niño de cuatro años había inventado en internet, sus papás le habian dado una computadora y el había inventado el internet. Dios mio, las cosas que pasan, debe ser un genio ese niño he pensado.

Yo totalmente incrédulo: No creo, hasta donde yo sé el que ha inventado el internet es un Ingles y ya es mayor.

Señora cristiana: Ay una ya no sabe qué creer.

Yo totalmente incrédulo: Es que hay periódicos que por vender publican cualquier cosa.

Señora cristiana: Sí, pero la Biblia dice que los niños van a nacer hablando, pensamiento doble se llama.

Yo confundido: No creo que eso vaya a pasar.

Señora cristiana: Qué será no. Ay de este río dice que por la noches sale una novia, el viejito con el que estaba bajando la otra vez me ha contado. Me a dicho que a su hora sale una novia y que del agua sale una luz verde. Por eso a esa hora ya no trabaja el teleférico, hasta las 10 no más funciona por eso.

Yo interesado: Y por qué sale a esa hora la novia.

Chica medio tonta no más: Debe ser un alma en pena.

Señora cristiana: Es pues un alma en pena que dice que le han matado antes de que llegue al altar y que le han botado en el río, eso me ha contado el viejito que dice que antes trabajaba sacando arena del río. Con una luz verde sale, pero no hay que verla, porque dice que el que la ve enloquece, por eso el teleférico no trabaja por la noches hasta tarde, el otro día que he bajado por eso viendo a este otro lado no más he bajado.

Después el viejito me preguntado pues, ¿por qué el cementerio jardín es ahí? No sé le dicho. Porque antes ahí pues iban a enterrar a sus fetos las monjitas de claustro, por eso han hecho ahí el cementerio, no por que sea área verde, pero ahora los millonarios no más entierran ahí a sus muertos.

Por fin el teleférico llega a la estación, me despido, y bajo caminando hasta mi casa, pensando: Ya sé que voy a escribir mañana-

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Peluquería

Rafael (Lausana)

Al salir de la peluquería me apuro en volver a casa para aliviar el fastidio que me causan algunos restos de cabello esparcidos por el cuello. Esta ligera incomodidad siempre se compensa con el inusual optimismo  hacia el mundo que me deja todo corte de pelo.

Voy muy poco a la peluquería: dos o tres veces al año. Trato de disimular todo lo posible la  exagerada superstición que tengo hacia esta banal actividad: cuando era adolescente pasé varios años sin visitar alguna, fui un adolescente triste.

En Suiza, como con casi todo, pagar por un corte de pelo es exageradamente caro: entre 40 y 60 francos suizos, una buena razón que me permitió seguir escapando a este frívolo encanto. Sin embargo, hace un par de semanas descubrí la opción que ofrece una escuela de ‘coiffure’ escondida en el tercer piso de un edificio del centro de Lausana: lavado y corte a cargo de alguno de los estudiantes bajo la supervisión de su maestro por sólo 10 francos.

Al entrar la recepcionista me solicita con mucha amabilidad el abrigo y me conduce a uno de los pocos puestos libres. Por el espejo reconozco algunos rostros perplejos que miran sus propios rostros perplejos por el mismo espejo. El espejo permite un juego particular de reenvíos de la mirada: reconozco la mirada de los otros examinándome y en el acto reconozco que ya descubrieron la inusual expectativa que deposito en la promesa del nuevo corte: intento dibujar una cara de desdén. Todos nos esforzamos por no ser vistos mirando a los otros: cada uno se dedica a encapsularse en la imagen de su propio rostro; a excepción de los peluqueros, ellos sí concentrados en la rugosidad material del mundo: volcados hacia cada espécimen formado por cabello, cabeza y rostro, y armados de una tijera y un peine, sus precisas y ágiles operaciones manuales se esmeran en actualizar las potencialidades que acechan detrás de las capas de cabello ya un poco desvencijadas por el uso y la costumbre.

Reconozco que la mayoría de los peluqueros/estudiantes son de origen extranjero: me parecen árabes o latinos.  Un hombre me da la mano y se presenta en español (‘Ricardo, encantado’), mientras me inmoviliza parcialmente con la capa de polyester. Le trato de explicar el corte que quiero: mi discurso confuso y lleno de vaguedades lo llena de nerviosismo. ‘Recién voy por el segundo mes en la escuela’, me explica, ‘acá los varones casi siempre piden el corte de Ronaldo’. Busca la ayuda de la profesora. Ella, tras escucharme con una sonrisa maternal, halaga mis pretensiones ‘sixties’. Decide empezar a desovillar el acertijo de mi cabeza. Luego, tras darle algunas instrucciones, le deja el lugar a Ricardo. Ya más tranquilo, me cuenta un poco de su historia: es guatemalteco, conoció a su mujer suiza mientras ésta realizaba su viaje de iniciación por las selvas tropicales de américa latina. Ya acá intenta por algunos meses trabajar como peón de construcción, pero descubre la relativa fácil oportunidad de devenir peluquero profesional: requiere sólo un año de formación para obtener el título. Es una salida laboral que juzga menos dura y mucho más accesible. Luego me habla de las mujeres suizas, me dice que cuando salen de su país se transforman, que acá son demasiado reprimidas y que afuera se liberan sexualmente. Vuelve a llamar a su tutora, para que le de las últimas tijereteadas a la obra. Los tres contemplamos el espejo que devuelve la imagen de un hombre nuevo. Dibujo una sonrisa de satisfacción. Salgo apurado hacia el metro, dueño de una felicidad efímera e inútil que se diluirá irremediablemente ante la indiferencia del mundo.

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Una diablada de por ahí.

Toto (La Paz) / Nota #4

La educación en Bolivia ahora hace énfasis en la intraculturalidad, interculturalidad y el plurilingüismo, queremos que nuestr@s niñ@s tengan una visión amplia y tolerante de la vida, que vean la diversidad de los pueblos como algo bueno. Ah eso sí la diablada se respeta.

Por eso es que no es para extrañarse la violenta reacción que tuvo un joven mozo que se encontraba trabajando en un país que está en un lugar de no se donde y cuyo no recuerdo. Es común que los bolivianos vayan a buscar trabajo a cuyo nombre no recuerdo, la mayoría de ellos encuentran trabajo de meseros y son el orgullo de sus madres que se la pasan diciendo a las vecinas que cuando su hijo vivía acá ninguna mujer le tiraba bola, en cambio en cuyo nombre no recuerdo todas las mujeres con las que trabaja están de acuerdo en que es un buen mozo, hace bien su trabajo y siempre respeta a los clientes. Pero ni el mozo más respetuoso podía permitir ese atropello.

Pasó que un viernes cualquiera cuando ya la fiesta estaba subida de tragos algún DJ desubicado puso una diablada, al principio el mesero se llenó de orgullo y nostalgia, hasta que escucho a un alto kaima decir ‘así se baila de donde yo vengo’ pero por el acento del kaima el mozo clarito se dio cuenta que el de donde yo vengo no era Bolivia; entonces se acercó al kaima y le echó en cara que la diablada es patrimonio y propiedad exclusiva de Bolivia y que él no tenía derecho alguno de decir que en de donde yo vengo se bailaba la diablada de una u otra manera, porque aunque la diablada se baila en todos lados la única forma de bailarla es como se baila en Bolivia; además todo aquel que se atreva a bailar diablada fuera de las fronteras bolivianas debe reconocer públicamente su único e indiscutible origen antes, durante y después de la bailar.

El kaima era kaima pero era fosforito, así que le dio un golpe al mozo. Mientras el mozo y el kaima se propinaran tremenda paliza, un borracho que venía de allá lejos, dijo que si bien la diablada podía ser boliviana, la cerveza que estaban tomando era típica de allá lejos y comenzó a exigir que todos declararan públicamente que la cerveza era propiedad exclusiva de los de allá lejos cada vez que levantaran los vasos, a esto se sumo una mujer de quien sabe donde que comenzó a decir que los pantalones que estaban usando los hombres en la fiesta eran la vestimenta típica de quien sabe donde y que si querían conservar sus pantalones debían presentar un testimonio jurando arrepintiéndose públicamente de haberse vestido con la vestimenta típica de los hombres de quien sabe donde como si fueran la vestimenta típica de cuyo nombre no recuerdo. Las cosas se salieron de control cuando alguien que venía del país de al lado decidió reclamar la forma en la que los presentes respiraban, arguyendo que solo los de el país de al lado podían respirar así.

A todo eso ya la diablada había llegado a su fin y el DJ que se sentía en parte  responsable y en parte asustado por el escándolo que él había desatado sin querer, decidió escapar sigilosamente dejando de fondo una cancioncita de un muchacho de ahicitos queen su letra decía ‘Imagine all the people / Living for today / Imagine there’s no country / It isn’t hard to do ‘

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Piedra y cristal

Pablo (Bordeaux)

Una ciudad es un lugar y un lugar es una abstracción. El final del silogismo es simple y sin embargo la imagen de una ciudad es una idea que proviene de una simbología compartida mezclada con otra, esta, más personal y quizás hasta secreta. Mi ciudad, Bordeaux, es una farsa de mi cabeza. Es también un montón de piedras que yacen desde algunos centenares de años en el mismo lugar y bajo el mismo orden. Alguien decidió que la mayoría de los bloques de piedra estarían organizados bajo un estilo neoclásico. Otro, esta vez, un emperador, decidió que había que construir un puente que cruzase la enorme masa de agua del río henchido de marea que pasa por aquí. En algunos edificios el tiempo se manifiesta como una capa de líquenes negros que transforman las fachadas en visiones fantasmales. Parece que esta descripción tomará tintes góticos, pues además de estas fachadas la ciudad está salpicada de algunas iglesias de esta época y sus torres esbeltas se presentan a veces como una aparición, sin previo aviso. Las iglesias producen un eco gregoriano y las plazoletas el tintineo de las tazas de café. En invierno, de noche, los peatones siempre llevan prisa, huyendo por las callejuelas para refugiarse en los cafés irlandeses de las esquinas. Adentro hay acordeones y la gente grita o ríe. Pero todo esto es una farsa de mi cabeza. También hay un mercado de productos frescos o artesanales o exóticos y la gente acude a señalar con el dedo un queso o a contar monedas y guardarlas rápido en el bolsillo o la cartera. Aquí también puede haber algún acordeón, algún grito y alguna risa. Poco más allá, entre los cafés árabes, está la feria dominical de objetos de segunda mano y se pueden encontrar fotos de desconocidos en blanco y negro, escritorios, plumas y tinteros, marcos de cuadros, vasijas, gatos de porcelana, guantes de cuero, alforjas, espejitos, muñecas viejas, clavos, vinilos y algunas cosas más. Mucho más allá, al norte, está un jardín estilo inglés con gente paseando de la mano o haciendo un picnic al lado de un estanque de patos y cisnes. Bastante más cerca se encuentra la zona de moda, cuya entrada es una puerta monumental de la edad media que lleva una campana gorda colgando en su interior. Las pequeñas tiendas de especialidades se confunden con los comercios vintage. En esta zona está la casa que perteneció a Michel de Montaigne y si estuviera vivo ahora estaría muy contento de vivir en este barrio de pequeños bares, restaurantes y comercios, estaría contentísimo. Lo último es sin duda un despropósito. En fin, el hecho es que me gusta mucho mi ciudad y en ella también hay zonas desagradables y gente con un nivel de simpatía mínimo. A veces hace frío (una bruma helada llega desde el norte y se posesiona de todas las grietas de la urbe). Alrededor de la ciudad hay viñedos, castillos y pueblitos pintorescos. Si se va más lejos está el mar. Y hacia el sur los Pirineos y el jamón. A miles de kilómetros de distancia, siguiendo hacia al sur, está mi ciudad natal. Pero esa es otra farsa.

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Todos somos Springfield

Toto (La Paz) / Nota #3

El alcalde diamante vive en Santa Cruz, de eso estoy seguro; sin embargo no entendía qué hacían esos hombres caminado por La Paz, todos gordos calvos y amarillos. No me sorprendió su apariencia, no me intrigó tanto de donde habían salido como saber qué hacían en la ciudad, así que decidí seguirlos. La tarea fue fácil, como era de esperarse ellos dejaban a su paso una huella de ridículo desorden y destrucción, si se les perdía el rastro bastaba buscar un árbol el llamas o un auto encima de un poste de luz. Eso sí los policías, muy amables por cierto, les cedían el paso y los saludaban cordialmente como si reconocieran en ellos algo de sí mismos.

Poco a poco ellos se fueron concentrando en una gran columna y se dirigieron rumbo al palacio de gobierno, cosa común y cotidiana, lo inusual fue que no tuvieron ningún problema para entrar a la Plaza Murillo ya que los policías en lugar de cortarles el paso les pedían autógrafos. Pero fueron más lejos, entraron a palacio quemado, entraron hasta el despacho del presidente, ahí tras una larga sesión de selfies, los gordos amarillos entregaron su pliego petitorio escrito sobre el menú de un restaurante; tenían una demanda única: hacerse cargo ellos, en su totalidad, del funcionamiento de la planta nuclear que se planea tener en Bolivia en no mucho tiempo. Cómo decirles que no si eran un sindicato, cómo decirles que no si eran un movimiento social, cómo, si estos hombres eran sinónimo de eficiencia y seguridad industrial; así que se firmo el acuerdo.

No sé donde se construirá la planta, no sé cuándo suceda; pero estoy seguro que será un gran atractivo turístico, que de todos lados del mundo vendrán a ver como los gordos calvos juegan a la papa caliente con una barra de uranio enriquecido .

Palacio de Gobierno. La Paz, Bolivia.

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