De frente

Daniela (Cochabamba)

Hoy voy a dejar de lado la ficción con la que me gusta mirar, más que eso, soportar la realidad en la que tengo que vivir y con la que tengo que trabajar día a día. Una realidad marcada y atormentada por la violencia. Hoy hablo de frente.

Ayer una serie de movilizaciones alrededor del mundo recordaron que ya no estamos en los tiempos en que la violencia y la vulneración de los Derechos Humanos, más aún cuando provienen de esferas estatales, pueden ni deben ser invisibilizadas o toleradas. Ayer recordamos a 43, y con ellos a otros 43 y a otros 43 más, hasta recordar a las y los miles de desaparecidos en América Latina. Aquellxs que desaparecieron en dictadura y a aquellxs que aún siguen desapareciendo en democracia, gracias a las redes de conspiración entre Estados y mafias, gracias a la corrupción, la mercantilización y la deshumanización absoluta de los cuerpos y de las vidas.

Como dice Rossana Reguillo, la desaparición de los 43 de Ayotzinapa ha desnudado a la violencia que se pasea con carta de ciudadanía por México, y otros países de Latinoamérica como Bolivia, otorgada por “un Estado que pretendía gestionar la violencia sin salpicarse”. Ayer salieron a las calles todxs quienes creemos que al ser los Derechos Humanos universales, su defensa debe trascender las nacionalidades, culturas, religiones, sexos, géneros, edades y cualquier otro rasgo que forme parte de nuestras identidades.

Mientras en México el Estado se desentiende de los desaparecidos, su homólogo en Bolivia aún niega el decreto que declare alerta roja por la violencia sistemática ejercida contra las mujeres. Según el reporte de la Fuerza Especial de Lucha contra la Violencia, este año en el país se registraron alrededor de 26775 casos de violencia, más del 90% de las víctimas son precisamente mujeres. Otra manifestación de la violencia, aún más cruel y aún más indignante, es la que se ejerce sobre los cuerpos y las vidas de niñxs. Una de cada tres niñas y adolescentes y uno de cinco niños y adolescentes sufren de violencia sexual. Mientras tanto, desde el Estado se pretende cementar este abismo de inequidades y vulneración de Derechos Humanos castigando únicamente a la agresión; con la Ley 348, -con sus inútiles albergues, su atrasado reglamento, sus penas ligeras y la retardación de justicia-, pretenden asegurarnos a las mujeres y a la infancia una vida libre de violencias.

Estos son algunos de los escenarios de Latinoamérica donde la violencia no sólo está naturalizada, sino además institucionalizada y goza de ciudadanía. Al otro lado del planeta, islamistas y sirios, y por qué no sospechar justificadamente de la mano astuta e invisible de los estadounidenses, siguen haciendo grandes despliegues de salvajismo y horror. El video más recientemente difundido de 18 degollamientos no es más que la prueba fehaciente, como dice Mireya Sánchez, de lo poco que ha avanzado la humanidad, desde los tiempos en que los emperadores de las primeras civilizaciones degollaban cuanto contrincante se presentase a su paso. Emperadores que gozaban contemplando la trascendencia de su crueldad en murales finamente pintados, como los grupos armados subversivos y otros esponsorizados por diversos gobiernos, gozan hoy de plasmarlos en videos que, por lo demás, cuidan una narrativa y estética muy propicias en estos tiempos en que la violencia es un espectáculo.

Los Estados y las Iglesias monoteístas –todos esos cuerpos institucionales que gozan de representatividad social, política y cultural- han sabido legitimar, reproducir y perpetuar las ideologías que se constituyen en justificaciones de la violencia, así ésta se sostiene en el peldaño desde donde las esferas hegemónicas contemplan el show.

Aplaudimos la “voluntad política” de los y las representantes de los Estados que desde sus curules dictan leyes como si fuera un acto de generosidad, como si no nos debieran eso y más. Aplaudimos las declaraciones solidarias de figuras religiosas como el Papa, esa simpática carta muy bien jugada de la Iglesia Católica, lo aplaudimos por sus discursos que tratan de dar flote a una institución sumida desde hace siglos en la ridiculez y el insultante primitivismo. Si nos damos cuenta, lo aplaudimos por lo obvio, por lo mínimo, por el simple desagravio. Suficiente daño ha hecho ya una institución que desde su seno ha gestado y gestionado la opresión, las inequidades, el odio, la violencia y la guerra a nombre de un Dios bondadoso y justo.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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