Peluquería

Rafael (Lausana)

Al salir de la peluquería me apuro en volver a casa para aliviar el fastidio que me causan algunos restos de cabello esparcidos por el cuello. Esta ligera incomodidad siempre se compensa con el inusual optimismo  hacia el mundo que me deja todo corte de pelo.

Voy muy poco a la peluquería: dos o tres veces al año. Trato de disimular todo lo posible la  exagerada superstición que tengo hacia esta banal actividad: cuando era adolescente pasé varios años sin visitar alguna, fui un adolescente triste.

En Suiza, como con casi todo, pagar por un corte de pelo es exageradamente caro: entre 40 y 60 francos suizos, una buena razón que me permitió seguir escapando a este frívolo encanto. Sin embargo, hace un par de semanas descubrí la opción que ofrece una escuela de ‘coiffure’ escondida en el tercer piso de un edificio del centro de Lausana: lavado y corte a cargo de alguno de los estudiantes bajo la supervisión de su maestro por sólo 10 francos.

Al entrar la recepcionista me solicita con mucha amabilidad el abrigo y me conduce a uno de los pocos puestos libres. Por el espejo reconozco algunos rostros perplejos que miran sus propios rostros perplejos por el mismo espejo. El espejo permite un juego particular de reenvíos de la mirada: reconozco la mirada de los otros examinándome y en el acto reconozco que ya descubrieron la inusual expectativa que deposito en la promesa del nuevo corte: intento dibujar una cara de desdén. Todos nos esforzamos por no ser vistos mirando a los otros: cada uno se dedica a encapsularse en la imagen de su propio rostro; a excepción de los peluqueros, ellos sí concentrados en la rugosidad material del mundo: volcados hacia cada espécimen formado por cabello, cabeza y rostro, y armados de una tijera y un peine, sus precisas y ágiles operaciones manuales se esmeran en actualizar las potencialidades que acechan detrás de las capas de cabello ya un poco desvencijadas por el uso y la costumbre.

Reconozco que la mayoría de los peluqueros/estudiantes son de origen extranjero: me parecen árabes o latinos.  Un hombre me da la mano y se presenta en español (‘Ricardo, encantado’), mientras me inmoviliza parcialmente con la capa de polyester. Le trato de explicar el corte que quiero: mi discurso confuso y lleno de vaguedades lo llena de nerviosismo. ‘Recién voy por el segundo mes en la escuela’, me explica, ‘acá los varones casi siempre piden el corte de Ronaldo’. Busca la ayuda de la profesora. Ella, tras escucharme con una sonrisa maternal, halaga mis pretensiones ‘sixties’. Decide empezar a desovillar el acertijo de mi cabeza. Luego, tras darle algunas instrucciones, le deja el lugar a Ricardo. Ya más tranquilo, me cuenta un poco de su historia: es guatemalteco, conoció a su mujer suiza mientras ésta realizaba su viaje de iniciación por las selvas tropicales de américa latina. Ya acá intenta por algunos meses trabajar como peón de construcción, pero descubre la relativa fácil oportunidad de devenir peluquero profesional: requiere sólo un año de formación para obtener el título. Es una salida laboral que juzga menos dura y mucho más accesible. Luego me habla de las mujeres suizas, me dice que cuando salen de su país se transforman, que acá son demasiado reprimidas y que afuera se liberan sexualmente. Vuelve a llamar a su tutora, para que le de las últimas tijereteadas a la obra. Los tres contemplamos el espejo que devuelve la imagen de un hombre nuevo. Dibujo una sonrisa de satisfacción. Salgo apurado hacia el metro, dueño de una felicidad efímera e inútil que se diluirá irremediablemente ante la indiferencia del mundo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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