Piedra y cristal

Pablo (Bordeaux)

Una ciudad es un lugar y un lugar es una abstracción. El final del silogismo es simple y sin embargo la imagen de una ciudad es una idea que proviene de una simbología compartida mezclada con otra, esta, más personal y quizás hasta secreta. Mi ciudad, Bordeaux, es una farsa de mi cabeza. Es también un montón de piedras que yacen desde algunos centenares de años en el mismo lugar y bajo el mismo orden. Alguien decidió que la mayoría de los bloques de piedra estarían organizados bajo un estilo neoclásico. Otro, esta vez, un emperador, decidió que había que construir un puente que cruzase la enorme masa de agua del río henchido de marea que pasa por aquí. En algunos edificios el tiempo se manifiesta como una capa de líquenes negros que transforman las fachadas en visiones fantasmales. Parece que esta descripción tomará tintes góticos, pues además de estas fachadas la ciudad está salpicada de algunas iglesias de esta época y sus torres esbeltas se presentan a veces como una aparición, sin previo aviso. Las iglesias producen un eco gregoriano y las plazoletas el tintineo de las tazas de café. En invierno, de noche, los peatones siempre llevan prisa, huyendo por las callejuelas para refugiarse en los cafés irlandeses de las esquinas. Adentro hay acordeones y la gente grita o ríe. Pero todo esto es una farsa de mi cabeza. También hay un mercado de productos frescos o artesanales o exóticos y la gente acude a señalar con el dedo un queso o a contar monedas y guardarlas rápido en el bolsillo o la cartera. Aquí también puede haber algún acordeón, algún grito y alguna risa. Poco más allá, entre los cafés árabes, está la feria dominical de objetos de segunda mano y se pueden encontrar fotos de desconocidos en blanco y negro, escritorios, plumas y tinteros, marcos de cuadros, vasijas, gatos de porcelana, guantes de cuero, alforjas, espejitos, muñecas viejas, clavos, vinilos y algunas cosas más. Mucho más allá, al norte, está un jardín estilo inglés con gente paseando de la mano o haciendo un picnic al lado de un estanque de patos y cisnes. Bastante más cerca se encuentra la zona de moda, cuya entrada es una puerta monumental de la edad media que lleva una campana gorda colgando en su interior. Las pequeñas tiendas de especialidades se confunden con los comercios vintage. En esta zona está la casa que perteneció a Michel de Montaigne y si estuviera vivo ahora estaría muy contento de vivir en este barrio de pequeños bares, restaurantes y comercios, estaría contentísimo. Lo último es sin duda un despropósito. En fin, el hecho es que me gusta mucho mi ciudad y en ella también hay zonas desagradables y gente con un nivel de simpatía mínimo. A veces hace frío (una bruma helada llega desde el norte y se posesiona de todas las grietas de la urbe). Alrededor de la ciudad hay viñedos, castillos y pueblitos pintorescos. Si se va más lejos está el mar. Y hacia el sur los Pirineos y el jamón. A miles de kilómetros de distancia, siguiendo hacia al sur, está mi ciudad natal. Pero esa es otra farsa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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