Las vizcachas

Daniela (Cochabamba)

Al llegar a la estación  encontró el polvo removido por las huellas campesinas, encontró el silencio y el silbido agudo del viento. Había estado persiguiendo vizcachas, con su honda trataba de darles; y ellas, extremadamente ágiles, extremadamente excitadas, saltaban de un lado a otro esquivando las piedritas, como riéndose, como disfrutando de la debilidad de la Niña, como disfrutando de ese encuentro inofensivo con otro animal.

-El tren ya ha salido, ¡wawitay! ¿Dónde te has ido? – le preguntó el boletero.

En su recuerdo saltó una vizcacha y le sonrió.

– ¿Ahora? Vas a tener que pasar la noche aquí.

¡Felipe!… qué preocupado estaría por ella.

– Me voy a ir caminando– aseguró la Niña, creyendo que caminando a paso rápido quizás llegaría poco después del tren, el trecho no era tan largo, cinco leguas son prácticamente nada.

La vizcacha le sonríe nuevamente.

– ¿No sabes acaso? En la noche esta llanura no se puede pasar.

– ¡Yo voy a pasar! Hasta luego.

– ¡Niña! ¡Es tarde!

Pero ella no escuchó cuando el hombre le advirtió que la noche estaba cerca. Ella no escuchó cuando el hombre le pidió que no se interne en la llanura oscura y tramposa que se abría en ese horizonte insondable de desolación. Ella sólo escuchaba al Felipe.

Sólo la voz de su tata cantando en el amanecer.

Entonces la Niña tomó camino, se aventuró, estaba contenta. Al llegar a casa relataría su valiente historia al Felipe, qué contento se pondría, cuánto alivio sentiría ese pobre campesino, ese hombre bueno…

Wawitay, tú no tienes mamá, ni papá, sólo tienes a tu Felipesólo a tu Felipe…

La primera vez que vio a Felipe ella tenía apenas unos días de nacida, pero aún guardaba el recuerdo de la sonrisa amplia, grande y blanca del Felipe, sus lágrimas y gritos de felicidad.

¡Me ha dejado una wawa! ¡El Tata me ha dejado una wawita para mí, para el Felipe!

Desde entonces Felipe cuida a la Niña, la cuida con celo, con amor, con temor, qué desesperado se pondría al ver que ella no llegaría con el tren. Cuánto se culparía por haberla enviado sola a esa dichosa feria en el otro pueblo.

Es que ella había insistido tanto…

Pero la Niña no se preocupaba, estaba segura que el Felipe la sentiría en su corazón.

Sí, el Felipe sentiría todo en su corazón.

Y así, contenta, se adentró en el horizonte siguiendo el camino de las rieles, mirando de lejos cómo el tren se alejaba dejándola abandonada en medio de la inmensidad del altiplano.

La Niña, caminó, corrió, se sentó y caminó otra vez. Se distrajo recogiendo piedras, arrojándolas hacia las vizcachas que insistían en seguirla. Recogiéndolas. Arrojándolas. Así pasó el tiempo y cuando levantó la vista, la sublime majestuosidad de las estrellas le iluminó la cara, la luz del día se había desgarrado en el horizonte. En su lugar, se desplegaba un manto estrellado, un infinito bello, inmenso y tenebroso. La infinidad la hizo verse sola, diminuta, perdida. La Niña se sentó a llorar. Lloró arrepentida, lloró con miedo, lloró con rabia por la sonrisa de las vizcachas y su magia y su encanto.

¡Lárguense de aquí!

Gritó en vano, desesperada, tratando de quitarse de encima a los roedores, malvados y sigilosos que la envolvían en un manto movedizo y la arrastraba sin piedad. Ya vencida, se dejó arrastrar por las ófricas cuevas, las asfixiantes cámaras y los delgados túneles de sus madrigueras hasta desaparecer en el vientre mismo de la tierra.

¡Felipe! ¡Felipe! ¡Ven a ayudarme!

Inútil, el Felipe estaba sentado al lado del fuego, lejos de allí, esperando, seguro de que algo asombroso y fatal iba a ocurrir esa misma noche. Cuando le avisaron que la Niña no había regresado en el tren, Felipe permaneció sentado. Y allí, con el reflejo de la fogata ardiendo en sus ojos, sintió el mordisco de una vizcacha en el corazón.

Sí, el Felipe sentiría todo en su corazón.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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