Paseo de perro

Daniela (Cochabamba)

Balú es un labrador de 3 años y 50 kilos que pasa el día prisionero de una jaula de dimensiones medianas. A Balú le gusta un pueblo que está próximo al suyo y cuando se ve solo, huye. A Balú le gusta correr hacia el agua, a él le gustaría ser agua. Pero decidieron que él era un labrador y que sería más seguro contenerlo en un estrecho mundo de fierro junto a otro prisionero: un simpático y empedernido mordedor de piernas.

Por estos meses, los Pirineos Franceses son paraísos verdes, pero casi siempre están cubiertos de una extraña niebla húmeda que por las noches transforma el paisaje primaveral en un ocre terreno de fantasmas.

Balú y yo aprovechamos las tardes asoleadas. Al abrir la puerta de la jaula me siento una militante de la libertad. Entonces, Balú pone sus 50 kilos sobre mí y me muerde suavemente los brazos. Está contento, sabe que tendremos un paseo, sabe que correrá por campos de yerba espesa, sabe que va hacia el agua donde hundirá dichoso su pelaje negro arrastrándome con él hasta el fondo del lago del que saldremos trasformados en espuma y resbalaremos empujados por el precipicio, atraídos por la tierra. Balú y yo rodando en la yerba, en ese feliz pasto de la libertad.

Con esa promesa nos alejamos de Poubeau. En el camino, Balú toma el baño acostumbrado y veo su cuerpo sacudirse y cubrirme de barro. De lejos, percibo una pequeña Iglesia, a la que los franceses llaman una Chapelle y mientras nos acercamos, al lado de ella se delinean las cruces que adornan un cementerio de pocas tumbas.

La Chapelle es la entrada a un pueblo de ventanas rojas, donde no hay más presencia que la del viento y donde nubes ennegrecidas componen fotografías tétricas de establos abandonados y cueros que alguna vez fueron vacas. Pero Balú y yo salimos en una tarde soleada, sin nubes, no avanzamos tanto, Poubeau no queda tan lejos, y sin embargo, todo aquí es demasiado distinto.

Balú tiembla. Cuando salgo acompañada de él, me siento diferente, pienso que su enorme cabeza es suficiente para amedrentar à n’importe qui. Pero a Balú le llega el miedo con facilidad, por eso ahora tiembla, por eso ahora lo siento vibrar al lado mío. Por eso le canto una canción en español, lo hago para calmarlo y para que aprenda la lengua, le digo que los idiomas le abren puertas.

Puertas rojas. Son rojas también las puertas que comienzan a aparecer en el pueblo antes desierto. Puertas cargadas en las espaldas de campesinas pequeñas que cruzan las calles al mismo tiempo que las campanas de la Chapelle suenan estridentemente. El sonido hace temblar las casas y hace temblar a Balú que intenta inútilmente desaparecer agazapado a mis piernas.

El pueblo se llena de mujeres con prisa que cargan sus puertas, las miro y no tienen ojos, se desplazan atraídas por campanadas más y más fuertes. De la Chapelle caen trozos de piedra y de tierra, las campanadas devienen en terremoto, en ruina. El pueblo se descascara y de repente todo se cubre de tierra. Delante de mí: tierra. Alrededor mío: tierra. Balú de tierra. Las casas de ventanas rojas se derrumban al lado nuestro y Balú paralizado ha dejado de vibrar, no gime, no aúlla, yo le canto fuerte una canción, pero Balú no se mueve.

La polvareda me deja casi ciega y las campanas no dejan de sonar, alcanzo a penas a divisar el campanario de la Chapelle y las cruces caídas de las tumbas, detrás de ellas las mujeres han desaparecido y una fila de puertas abandonadas no me ayuda a encontrar el camino de vuelta.

El pueblo es ahora sólo tierra y nubes y llovizna. Yo quedo girando en medio de todo, pero aún no puedo hacer mover a Balú.

–          Allé Balú! On y va! C’est fini la promenade! Bouge-toi, Balú, bouge-toiiiii !!!!!!

Casi rendida estiro la cadena, cuando súbita e inesperadamente veo a Balú enorme y hermoso levantarse y comenzar a correr. Ahora es él que me estira y yo floto entre la tierra, las nubes, el agua y Balú. Cierro los ojos y soy el viento que mueve todo, soy tierra que se impregna en todas partes, soy nube negra que cubre el horizonte. Doy vueltas, como si bajara rodando los Pirineos. Veo a Balú atravesar una puerta, la más roja de todas, y recupero los pies. Entonces, soy yo corriendo en un campo inmenso de yerba negra que se siente y huele como Balú.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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