La ciudad vientre

Daniela (Cochabamba)

Mi ciudad no me inspira. Acabo de volver a ella, la he visto desde al avión y lo único que pude pensar es que está verde. No sé si son las lluvias torrenciales que este año están inundando el país o los dos meses en el invierno europeo donde todo estaba tan gris, profundamente gris. Salvo la sonrisa de Ra que a veces es blanca y a veces de los colores del mar. El mar mediterráneo con peces diminutos, atuneras abandonadas, patos y gaviotas. Las gaviotas me caen mal. Largos paseos en el mar de la mano de Ra.

Bolivia es un país sin mar  (y por el momento sin Ra), Cochabamba una ciudad sin agua, aunque su nombre deriva de la palabra quechua q’ocha  que quiere decir lago. A la ciudad la atraviesa el río Rocha, la mayor parte del año apenas y tiene agua para hacer honor a su nombre.  Pobre río Rocha piensa la gente cada vez que se acerca a la orilla para tirar sus desperdicios y se contentan diciendo que no tienen la culpa, que el nuevo sistema de recojo de basura no les facilita las cosas, porque las cosas tienen que ser fáciles. Se lamentan por el río Rocha y recuerdan la historia de sus abuelos, cuando hablaban de un caudal claro donde uno podía bañarse los domingos.  Los ojos del cochabambino se pierden en añoranza cuando las fotografías antiguas de la Plaza 14 de Septiembre, el paseo de la Alameda o los sembradíos de Cala-Cala, les descubre una ciudad despojada, urbanizada hasta la médula. Y el cochalo con horror levanta la vista hacia el Cristo de la Concordia y piensa en el parquecito que aún queda al lado de su edificio o en el barrio donde la casa familiar aún se conserva de pie. Y prefiere no pensar en los escarabajos, esas waca-wacas metidas entre los choclos, a las que  les amarraba un hilito al cuerno y  las dejaba volar, o cuando la crueldad se confundía con diversión, las dejaba amarradas a una ramita para verlas enloquecer en círculos, porque la locura siempre es circular. Pero al cochalo no les gusta pensar en las waca-wacas ni en el río Rocha, prefiere pensar en que vive en la Ciudad Jardín con el mejor clima y la mejor comida del mundo.

Y es cierto, pese a todo Cochabamba es una bella ciudad, una ciudad vientre, circular y profunda. Y el cochalo siempre vuelve al vientre, a la madre. Yo siempre vuelvo,  pero esta ciudad no me inspira. Quizás porque la veo con los ojos de la cotidianeidad, quizás porque aún conservo el aroma del mar o la calidez de la mano de Ra, la voz de Ra penetrándome. Quizás me faltan años de lejanía, de autoexilio, de añoranza. Quizás debo pasar más tiempo en los parques, perseguir waca-wacas otra vez o simplemente sentarme a ver fotografías pasadas de una Cochabamba que poco a poco comienza a desvanecerse.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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