Encuentros de salón en el parque

Sergio Luque (New York)

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Pocas ciudades te permiten descansar como lo hace Nueva York. Si miras atentamente, tienes parques por todos lados; pequeños espacios destinados a permitirte recobrar el aliento en una ciudad que frecuentemente te deja sin resuello.

Cada día y si el tiempo lo permite me siento a comer en un banco de Union Square. No lo hago por ahorrar, aunque debería. Me siento allí porque es uno de esos puntos que se sienten importantes en la ciudad. Compro algo para llevar en el Deli´s de la esquina, donde, a pesar de ir todos los días, el indio que trabaja allí aún me mira con desconfianza, y me dirijo más o menos al mismo banco a sentarme.

Es casi como comer delante del televisor. Allí se presentan docenas de canales que disfruto como un niño que ve por primera vez los dibujos animados. Esta mañana creo que vi un drama. Digo creo porque es lo que tienen las historias cuando haces zapping, que no acabas de tener muy claro cómo los personajes han llegado hasta ahí.

Frente a mi había un chico sentado en un escalón. Abrigo cruzado de tela azul oscura, gorro rojo y botas altas de piel. Con barba bien poblada y el pelo casi largo. Si no tuviera un calendario, el catálogo de Macy´s o si viniera en otra época diría que este chico es pescador de atunes del mar del norte. Obviamente no lo era. Sólo moderno. Jugaba con un perro que venía con él. Un chucho, cruce de mastín con alguna otra raza mucho más pequeña. Lo miraba y lo acariciaba con energía y el animal respondía con mayor deleite. Yo, en ese momento, estaba a punto de cambiar de canal y ponerme a mirar a las chicas que bailan break dance en medio de la calle, intentando ganar algo de dinero para, según ellas mismas decían, ir a un Casting de un programa de televisión de gente que tiene talento -¿Cuánta gente habrá por aquí que tienen talento? Me preguntaba-. Cuando un nuevo personaje entró en escena. Una chica de unos 25 años. Menuda, tremendamente menuda, con medias negras, rebeca larga y botas que, debido a su holgura, remarcan aún más el estrecho diámetro de sus tobillos. Transmitiendo una sensación de fragilidad y adicción a partes iguales. La chica, pelo largo moreno y ojos profundos, se acercó al chucho y lo cogió por el collar con más que evidente rechazo por parte del animal. Su dueño se acercó a la chica y empezaron a discutir con grandes gestos por parte de ella y la cabeza baja por parte de él. Mientras más hablaban más alta parecía ella. Su fragilidad se tornaba agresividad cuando, desde lo alto de sus tacones, sacaba pecho y lanzaba el cuello para imponerse a un tímido rival. Pasado un rato ella se alejó arrastrando al bicho contra su voluntad y dejando al chico, tambaleante, de pie en medio de Union Square. – Mal marinero ese que cuando viene un vendaval no sabe a dónde agarrarse-.

Me quedé pensando un buen rato en el animal, definitivamente prefería al chico, no cabía duda. Yo no sé si hubiera escogido igual, pero quizá él sabía algo que yo desconozco. Son cosas que pasan cuando ves dramas en la televisión. Que algunos de los personajes te dejan sin aliento.

 

 

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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