TRANSFORMACIONES I

juliat. (Ciudad Autónoma y Trashumante de Mis Zapatos)

Image

 

 

Símbolos, como una miga de pan, que no sólo es ese pequeño punto allí a un lado de mi pié sobre el banco de una plaza, sino un pan, alguien cortándolo y comiéndolo, alguien poniéndolo en una canasta, alguien sacándolo del horno, alguien amasándolo, y así hasta el dorado del trigo y el sol hamacándose con ruido crustillante  por la brisa en un campo; símbolo de lo que fue, pero también de lo que será, que es ese pájaro que se acerca a mi pie, no por mi pie sino por la miga de pan que atrapa con su pico y transporta hasta lo alto de ese árbol al que no puedo llegar más que mirando, que luego paseará en su pequeña barriga por los aires de todos los barrios de esta ciudad que yo habito contra los suelos, arrastrándome sin fuerzas más que aquellas verticales que descienden y se clavan contra mi cabeza, graves, tan distintas a las del pájaro que monta vuelo  tan simplemente, tan leve. Plaf! miga de pan ya digerida, también símbolo de las irónicas constantes gravitacionales, ahora contra mi peinado, nuevo símbolo esperanzador o agorero, y es que de pronto también ha comenzado a llover. Sin esfuerzo las gotas se estrellan y yo las rescato e intento reanimarlas con un dedo pero no, ya están deshechas y  la piel, el asfalto, los árboles, los cristales de las tiendas son inmensos cementerios de lo seco, fantasmas de gotas y ceremonias de paraguas.

 Debo refugiarme y elijo los techos de los trenes subterráneos. Hay algo allí de sueño o pesadilla que me seduce. Sus circuitos cerrados, los laberintos de afiches gigantescos y escaleras, los rigurosos tonos gris que el azar, la moda o el instinto de camuflaje pone en casi todos los cuerpos que circulan; ensimismados o acoplados, transitivos, los instantes que pasan de un punto de salida a un otro de arribo, que los despegan del pegote de la relación social, que los llenan de harina y misteriosamente les transparentan las caras solitarias, dejando al aire la auténtica desnudez de sus expresiones, tan íntimas, tan de baño cerrado que impresiona que sin embargo allí, en el corazón del transporte público metropolitano, se dejen ver, así, sin tanta pose ni saberes ni maquillajes, sin intenciones de nada, más que llegar a algún fin.

Vuelvo a subir y un joven, a un lado de la escalera, reparte un periódico gratuito. Observo a mis compañeros de tránsito. Cosa extraña, todos parecen muy conformes de recibirlo. Y entonces me digo, hipotetizando,  intentando comprender, que para el que los reparte, será porque cada periódico entregado es un segundo menos de trabajo; para los que no tienen nada, porque ahora tienen entre sus manos varios pliegues de papel impreso; para los que tenían algo, porque ahora tienen algo más; para los que tenían demasiado, porque inmediatamente convirtieron esos papeles en basura; para los que no quieren ver a quienes los rodean, porque ahora tienen una mampara para ponerse frente la cara; para los que buscan en la calle ciertos lazos sociales, porque la mayoría en esa escalera comparte momentáneamente un idéntico objeto, un mismo acto; para los que dictaminan qué noticias fabricar para imprimir ese día, porque sutilmente pudieron expandir el poder de sus ideas.

No me conformó mi reflexión, dudé entonces que estuvieran conformes, así que bajé la mirada y leí con ojos de mosca las noticias: que un joven es arrestado por regalar abrazos, que un hombre fue encontrado en su departamento momificado, que un casero mata a su inquilino por no pagar la renta, que existe una nueva moda entre los gatos, que unos publicistas roban 25 cm de una montaña, que quieren prohibir el reggaetón, que se celebró la Convención Latinoamericana de Payasos y en una maratón de risa contra la violencia, batieron marca record, no registrada por los Guinness porque ninguno de sus representantes estaba allí.

Caminé sin mirar mucho. Un dolor no físico se había alojado prepotentemente en mi plexo solar y me obligó a respirar suspirando.  Me pregunté entonces cómo podía ser posible que en las luces del pensamiento o la percepción, de pronto se generara el apagón.

En un cruce una mujer regordeta y rubia tocaba el himno de la alegría con una cítara y yo allí, nula, lela, inmóvil, de pronto no me pude mover. No podía, ni un paso. Dudé, ¿qué camino tomar?. Delante mío veía unos cinco, ¿pero cuál? Pregunté, nadie contestó. Y sí, la decisión era cosa mía.   Tenía allí unos pocos datos de lo que podría llegar a encontrar al dar el primer paso hacia alguno de ellos, ¿pero cómo saberlo?, ¿cómo saber cuál sería el conveniente?, ¿y dónde irán a llegar?. ¿Me importaba eso?, pregunto, ¿me importaba?: sí. Pero entonces, ¿a dónde quería llegar?. Intuí la cosa no sería fácil, tendría que buscar otros caminos al ingresar a ese, ¿¿pero a dónde??, ¿¿hasta qué punto??. Duda. Ansias. Parálisis. Paréntesis. Intentar usar la razón. Lo intenté, pensé, ¿pero en qué cosas debería pensar?, ¿en qué era lo que deseaba?, y ¿qué deseaba? ¿Y qué?, aún seguía ahí, escuchando lo absurdo de ese himno de la alegría saltarín y agudo, mal tocado pero con buenas intenciones, dudando, despellejándome en inútiles contradicciones, escuchando también todas las voces ya escuchadas a un mismo tiempo, superpuestas, confusas, enredándose de tal forma en mi memoria, que acabaron por aturdirme. ¿Cuál era mi voz? No la escuchaba. Sola . Muda. Y sorda. Y ciega. Dura como un cartel callejero despintado, sin flechas, sin direcciones explícitas, detonando encrucijadas. No resolvía, no resolvía el problema y el tiempo, me decía, seguía corriendo; sólo ver esas gotas en los toldos que pic pic, y el aire que entraba y  salía, que entraba y  salía. Primer certeza, ¡sí!, sabía muy bien que podía lograrlo. ¿Y ahora?, bien, ¿qué  me quedaba ahora?. Bueno, decidirlo, a ver:

El hombrecito corriendo sobre el cartel verde iluminado me persuadió y crucé la calle, imagino, mimética e icónica hacia la esquina de la izquierda.

Me miré en el reflejo de un anuncio de cine  y sólo vi mis grandes anteojos y mis pelos, y recordé algo que había leído un día en una revista de divulgación científica que decía que los pensamientos podían cambiarle a uno el peinado, para lo cual utilizaba como ejemplo la historia de un tipo que un día  al levantarse pensó en algo, algo que le cambió la dirección del remolino y su peinado se trastocó de tal manera, que esa mañana sin siquiera imaginar que semejante cosa pudiera ser posible, se pregunto mirándose al espejo,: ¿¿qué ha pasado?, Ha sido el champú? Y no, sólo había sido esa cosa-cosa que pensó, que atravesó el cráneo y salió por lo agujeros capilares entrando al pelo, generando el caos.

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s