Días que parecen noches

 

 

Sergio Luque – New York –

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-In New York you’ve got to have all the luck– Charles Bukowski

11 de la mañana, jueves.

Hoy, como muchos otros días, no he conseguido vender nada. Es parte de mi trabajo. Hablo con gente  que no tiene el menor interés en lo que vendo y sucede lo más lógico; me voy de la reunión con las manos vacías. En una ciudad donde parece que el dinero es parte del paisaje, salir de una oficina mirando el suelo es equivalente a una batalla perdida.

Si me importara, sería un desastre.

Miro el cartel de la esquina, Tercera avenida con la calle cincuenta. Estoy a un paso del P.J. Clarke´s, uno de esos sitios que ha servido alcohol a los parroquianos desde hace más de cien años. Un bar que abre a las 8 y sirve alcohol desde las 8.15 en una de la zona de negocios más importante del planeta es un buen refugio para quien no quiere hacer nada más con el día, aunque aún sea hora del café. Cuando empujo la puerta suena, desde la gramola frente a la barra, una canción de Jeff Beck. Siento que no me equivocado y que éste es el sitio que necesitaba.

A pesar de que el bar tiene grandes cristaleras y que, aunque es otoño, hace un buen día, en el interior no se puede saber a ciencia cierta la hora que es. La madera de que cubre el local es oscura, especialmente en el mostrador que ha ido ganando brillo con los años por las constantes capas de barniz y la persistencia de los vasos cargados de alcohol. Los manteles de las cinco o seis mesas que riegan el fondo del bar son a cuadros rojos y blancos, y los camareros visten con pantalón, camisa y corbata, todo exactamente igual que en algunas de las docenas de fotos que adornan las paredes sin ningún tipo de orden.

Cuando pido un whisky “Good Times” on the rocks el camarero me lo sirve sin que en su cara se pueda observar ningún tipo de juicio por su parte. Sienta bien. Me lo bebo casi de un sorbo, como quien intenta quitarse un sabor amargo de la boca. Tiene que ser así, necesito una excusa para no abandonar el local.

A mi lado, donde había dejado la chaqueta y el maletín, se sienta ahora un tipo más pellejo que carne, con un Rolex de esos que brilla en la oscuridad y vestido con un traje marrón. No me mira y tampoco le importa que yo le mire. Bebe un old fashion, un clásico del barrio, mientras observa detenidamente el muro de detrás de la barra, abarrotado de botellas, como quien intenta encontrar un mensaje oculto en una sopa de letras. Me pregunto si me quedo el tiempo suficiente en este sitio pasaré a ser tan parte del bar como él. Fuera se ven turistas pasear con sus vasos de ese mejunje parecido al café y que cuestan casi tanto como mi copa. -Quizás ya lo sea-.

Después de las cuatro ya me he bebido tres cuartos de la botella aunque el camarero no me ha preguntado ni una sola vez si deseo algo de comer. Se agradece el detalle. Me coloco las mangas de una camisa que para esa hora ya ha perdido cualquier tipo de presencia y salgo del bar camino de la estación de tren. Aquí parece que, por el ritmo de vida, nunca se hace de noche, pero yo tengo la sensación de llevar de noche demasiados días.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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