SOBRE EL EXTRAÑO ARTE DE CONVERSAR III

Juliat (C.A. de Mis Zapatos)

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Abrí la puerta con ímpetu y la cerré, deshonrando mi entrada, girando, plegándome como una suplicante hasta tener frente a los ojos la llave que en la cerradura giró dulcemente, y volví a tornarme de un golpe, quitándome los zapatos con brutal esfuerzo, tirando uno y otro a donde cayeran, y enseguida me metí en el pequeño baño, corriendo de un tirón la puerta corrediza. Me senté  buscando cualquier objeto que mirar para distraerme. Leí todo lo que se podía leer en un paquete de jabón y cuando acabé, tiré la cadena y me miré al espejo, sin alcanzar a ver más que un pelo, que acomodé con algunos dedos. Me eché agua contra la cara y entonces me vinieron otra vez las últimas palabras que escuché antes  de haber subido por las escaleras. Sonreí inconsciente unos segundos, pero enseguida un pensamiento surgió para dejarme caer las arrugas hacia donde la gravedad habitualmente me las empujaba. No me gustó la idea. Para sacarla del medio, opté dejarme llevar por los prepotentes designios de mi naturaleza, y comencé a meditar qué poder preparar para comer con semejante vacío en las tripas y semejante vacío de elementos para hacer la cocina. Salí entonces del baño en dirección a la cocina, pero cambié de idea inmediatamente, al tiempo de haberme cruzado con el libro que aquella misma mañana había sacado de la biblioteca. Lo tomé rápidamente pero volví a dejarlo sin siquiera llegar a abrirle la tapa, atraída por el vibrar de la bombilla de la lámpara que instantes antes había encendido. Abrí el placard buscando una nueva bombilla, pero al abrirlo no supe que estaba buscando ahí. Entre bollos de ropa en desuso y cables enredados, encontré una caja y la destapé para ver qué había adentro. Había allí fotos de mi infancia y la sonrisa de mi madre en una de ellas me recordó a la secretaria del consulado y los papeles que hacía más de cinco meses esperaba que me enviasen. Dejé entonces la caja en el armario y encendí la notebook para intentar escribirles una carta de diplomáticas puteadas que ya empezaba a balbucear para elegir la adecuada, pero al abrirse el sistema, automáticamente, se abrió la página con las últimas noticias, y un titular que anunciaba un desastre en Japón me quitó de la carta y me llevó a un recorrido furtivo por las aguas virtuales,  que me metió de improvisto en la lectura de una tesis muy escueta que hablaba de las diferencias entre tipos de problemas, y de las definiciones aristotélicas sobre el concepto contingencia. Apagué la máquina preguntándome para qué la había encendido, mirando por la ventana el sol que se escabullía entre las nubes, y se me ocurrió de pronto volver a salir. Así que volví a ponerme los zapatos, abrí la puerta, salí, y de un golpazo la cerré. Sabía estaba olvidando algo importante, ¿pero qué?.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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