Los tiempos sí que te han cambiado

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“New York now leads the world’s great cities in the number of people around whom you shouldn’t make a sudden move”. David Letterman

Hace horas que se hizo de noche. Es otoño en Nueva York y sólo esa imagen trae a muchos memorias de situaciones en las que nunca estuvo pero quieren recordar.  

Cuando la gente piensa en Nueva York se mezclan dos imágenes, la NY de las películas de los últimos diez años y las imágenes de una ciudad peligrosa, cualquier momento anterior al 2001.

Hasta entonces la ciudad de NY, contando Brooklyn y Harlem, pero sin incluir Queens, disfrutaba de la nada desdeñable cifra de más de 2500 homicidios al año. Era una ciudad oscura y agresiva, una ciudad donde, caída la noche, debías cuidarte de las esquinas y de los callejones, de los huecos entre edificios y de los portales. El metro era el lugar donde no querías estar, especialmente en la madrugada, y si te equivocabas de estación se te hacía un nudo en la boca del estómago mientras empezabas a mirar a los inquilinos del vagón, que antes no presentaban peligro alguno, como violadores y asesinos en potencia.

Cuando andabas por la calle a partir de cierta hora era sencillo que la persona que iba delante, negro de piel, ciento veinte kilos y con cara de haber disfrutado de más de una noche de alivio de crack, se girase de improvisto y te gritase que cambiases de acera porque “no le gusta que le sigan”, y que no se hacía responsable de lo que te fuera a pasar si le continuabas siguiendo. Las tiendas cerraban temprano y los bares tarde. Times Square estaba rodeado de bares de striptease, y equivocarse de calle en dirección sur u oeste te conducía a Hell’s Kitchen o Chelsea donde las probabilidades de encontrarse de frente con el cañón de una pistola o la cuchilla de una navaja que precedían a unos ojos nerviosos e inyectados en sangre aumentaban a cada paso y a cada minuto, cuando el frio de Nueva York caía sobre la ciudad.

Este ambiente tenía como contrapartida una serie de elementos para algunos deseables, los alquileres eran baratos, mucho más baratos. Si vivías en el East Village hasta el año 1999 podías dedicarte a la música. Podías vivir de ello, tocar por horas en bares y acabar la noche haciendo cola para formar parte del turno de improvisación del Fat Cat, si las colas de músicos no eran mayores que la propia audiencia. Podías permitirte vivir alrededor de los bares de jazz y blues que rodean el Blue Note cerca de Washington Square y hacer competencia a los locales abarrotados tocando en tu propio apartamento o en tu escalera de incendios, a riesgo de que los invitados no deseados hicieran de la fiesta su agosto y en un descuido desaparecieran tus instrumentos o algo peor. La policía estaba ocupada en cosas mucho más importantes esa noche. Los bares eran auténticos refugios de quien huía de la calle, de quien se sabía fuera del peligro al calor de la compañía de extraños.

Todo eso ya no existe para alivio de muchos y desgracias de algunos. La poesía que nace de la suciedad ha transmutado en falso diseño y en una estética con la misma profundidad de una cuchara. La falsa moda ha invadido como un hongo cada rincón de la ciudad. Los junkies han mutado en cajeros automáticos, los dealers en Starbucks, la suciedad en LEDS, la lírica en turismo.

Perderse en New York sólo representa un peligro para tu cuenta corriente; tu alma está segura, en casa. Volvimos a llegar tarde, por poco. 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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