Doble fila

La semana pasada compramos un auto. Nuestro auto anterior, un Renault 19 del año 96, blanco con vidrios polarizados, era para mí inrobable. Sin embargo, una noche lo dejé en una calle bastante transitada (por vehículos, no por personas) para cenar en el departamento de unos familiares. Cuando bajé del edificio, unas horas después, no estaba. Ya había tenido una sensación parecida las dos veces que la grúa se había llevado el Renault por mal estacionamiento. Pero ahora era distinto: yo había chequeado que hubiera un cartel que permitiera estacionar, ese círculo azul con una letra E blanca. Fuimos a la comisaría y un policía redactó la denuncia sin apuro.

La compañía de seguros nos pagó, así que empezamos a buscar un reemplazo. El auto actual es un Ford Focus del 2000. Está tan cuidado que algunas personas piensan que es nuevo. El dueño anterior, un médico obsesivo, no sacaba el auto cuando llovía y no dejaba que nadie comiera ahí adentro, según me comentó su esposa cuando estábamos caminando por unos pasillos para llegar a una oficina donde yo les daría el dinero de la compra.

Tener un auto en Buenos Aires exige disciplina. En primer lugar, vivir en un barrio donde haya lugar para estacionar en la calle. Una cochera privada cuesta bastante por mes. Además de eso, nunca manejar durante la semana, de día, por el centro. Finalmente, como pasa en otras ciudades, desarrollar una mezcla de paciencia y atención para cumplir los trayectos sin incidentes.

Si bien las campañas de concientización suelen apuntar a que los conductores controlen sus deseos de aumentar la velocidad, con la superpoblación de autos que existe en estos tiempos habría que dirigir algunas palabras a lo opuesto: la quietud. En mi opinión, el mayor mal del tránsito porteño es la doble fila. Muchos conductores indolentes se detienen junto a un auto estacionado, con las luces intermitentes. Esperan a alguien, bajan a comprar algo, o se quedan un rato para ver si otro auto se va y pueden aprovechar el lugar vacío. La consecuencia de esa acción inofensiva es que los que vienen atrás se preocupan por esquivar ese obstáculo imprevisto. No hay amabilidad, ahí pasa el que llega primero. Así es como se generan demoras, bocinazos y accidentes estúpidos.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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