DINKY STATION Sergio Luque, Nueva York

 

 

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El asiento del tren es de piel marrón. De ese color que sólo se consigue si un millón de culos y espaldas sudorosas han restregado sus más soñolientos deseos durante años. No hay asientos individuales. En su lugar hay largos sillones donde al menos se pueden sentar tres personas con una comodidad que a día de hoy ya no se contempla. Incluso se puede desplazar la parte trasera del sillón para que un espacio destinado a tres pasajeros pase a convertirse en uno para seis, donde verse las caras y despachar con tranquilidad, sin duda pensado para familias numerosas y hombres de negocios. El metal que acompaña cada uno de los remaches, esquinas o adornos tiene un solidez que sólo se encuentra en aquellas cosas construidas sin pensar en el reloj, sin duda tiene de algún modo una firmeza poética. -Puede que el tren se salga de la vía, pero esta puerta va a seguir en su lugar- parece que suena. La madera que recubre las paredes es caoba y a la altura de las cabezas el color se hace por centímetros más y más oscura, hasta llegar a un punto donde es completamente negra; como si la hubiera quemado el calor emitido por tantas cabezas que sin poder parar de trabajar encontraban ahí, siempre en el mismo sitio, el confort de la duermevela.

Al mirar hacia abajo, cuesta un poco darse cuenta de que el suelo del pasillo está repleto de pequeños trozos de papel, casi completamente circulares, como confeti, y todo ello sin dar la sensación de suciedad, igual que no está sucia una pieza del motor por tener grasa. Se trata de los restos de cada billete perforado varias veces y manualmente por el revisor. Unos billetes hermosamente incomprensibles, que se han mantenido tan inalterables en su diseño como la máquina que los taladra. Los mismos billetes que una vez agujereados, se introducen en una cinta de cuero viejo, claro, para que al pasar se sepa que se ha pagado.

Por la ventana se ven fábricas construidas a principios de siglo veinte, en un momento en que importaba hacer cosas bonitas, se ve cómo el tiempo no perdona y cómo el mar va perdiendo la batalla contra el acero. Se ven puentes sin utilizar y se ven carteles que ya no recuerdan lo que anuncian.

A lo lejos, Manhattan.

Trabajo en NYC y duermo en Princeton, NJ. Cojo a diario este tren. No es un viaje largo, no tanto como me gustaría. Cuando el tren se aproxima la última parada, debajo del Madison Square Garden, un revisor, gordo y con barba grita – Ladies and gentleman. The next station will be our final destination: New York City, the greatest city in the world

He vivido en muchas ciudades antes de venir aquí, y sé que esta afirmación no es verdad. Pero durante unos pocos instantes quiero creer que sí lo es.

 

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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