Un sacerdote

Bujumbura (Cempazúchitl)

Pido, de entrada, disculpas al personaje principal de este post. Como mis lectores saben, una de las pocas cosas de las que me precio es de resguardar la identidad de mis contrapartes e interlocutores tanto, o incluso más, que la mía. En esta ocasión, eso no va a ser posible. El personaje de este post es fácilmente identificable, al menos en Bujumbura, y él me puede identificar a mí también con relativa facilidad. En ese sentido, y si algún día llega a leer este post, le ofrezco a mi amigo una disculpa por revelar partes de nuestra conversación.

Es muy fácil entender por qué nuestro personaje no puede pasar desapercibido. Al día de hoy, sólo tres mexicanos viven en Bujumbura (hay 8 en todo el país): una monja, la esposa de un cooperante español, y un sacerdote. En mi última visita, yo conocí, por las casualidades de la vida, al sacerdote. Yo fui el que pidió hablar con él; yo fui el que canceló reuniones y fue al seminario cuando me invitó a comer; yo fui el que se ofreció a llevarle una botella de tequila la próxima vez que vaya a Burundi.

¿Por qué un ateo enemigo de la idea de dios tuvo tanta deferencia con un sacerdote? Hay dos razones. La primera es porque el sacerdote es mexicano; llega un momento en el que los lazos de pasaporte empiezan a pesar. Eventualmente, con el paso de los años, uno se reconcilia con su país (o con la gente de su país) y entiende que arrieros somos y en el camino andamos, y que, como escribió Cervantes en el Quijote, más vale un toma que dos te daré.  El sacerdote es mexicano y por lo tanto hay algo, más allá del papel, que nos une. Si podemos hacernos compañía mientras estemos involucrados en Burundi, mejor para los dos. La segunda razón es elemental educación. El sacerdote me invitó a comer a su casa, con los seminaristas. Lo menos que podía hacer era aceptar la distinción y aceptar la invitación. Lo que sigue es una minuta de nuestra reunión, que duró aproximadamente 4 horas.

El sacerdote lleva 12 años en Burundi. Llegó cuando la gente todavía se mataba indiscriminadamente y cometiendo crímenes de guerra. Pasó los primeros 11 años de su estadía en el norte del país, donde los crímenes de guerra y las violaciones eran aún más cotidianas que en el resto del país. En 3 meses ya oficiaba la misa en kirundi, la lengua del país. Por lo general, los occidentales tardan años en aprender el kirundi, si es que lo logran. Al parecer, la estructura gramatical del kirundi es similar a la del náhuatl (las palabras son totalmente diferentes, obviamente). Como nuestro amigo pasó 5 años en la sierra mexicana y también aprendió el náhuatl, el kirundi le pareció fácil.

Al sacerdote le ha tocado atestiguar asesinatos, amenazas de muerte de la facción que eventualmente tomó control del país, balaceras, y no me quiero ni imaginar qué mas. Su presencia es, quiero imaginarme, un bálsamo en un país que pudiera tener futuro si es que se alguien se tomara la molestia de darle un presente.

Cuando llegué, lo primero de lo que hablamos fue de la violencia que se vive todavía en Burundi. Después de describir los asesinatos en masa, los secuestros, y las mutilaciones entre clanes rivales, me dijo cómo eso no pasa en México. A partir de ahí, me di cuenta que estaba hablando con un hombre que se fue por completo de México. Cualquier persona que abra un periódico publicado en los últimos 8 años verá que el pan de cada día de los sifilíticos hijos de perra de la prensa son acontecimientos no muy diferentes a los que describió el sacerdote.

El sacerdote viene de la misma ciudad que yo. Apoyamos a equipos de fútbol rivales, pero somos de la misma ciudad. El sacerdote conoció a mi tío bisabuelo, que llegó a ser cardenal (“un príncipe de la iglesia”, decían las amigas beatas de mi abuela llenándose de orgullo cada vez que lo nombraban). Estuvo en el seminario desde los 11 años y, desde niño (6 o 7 años), dios le dijo que su vocación era ir a Burundi, cosa que pasó sin que él la buscara. Cuando le dije que yo había pasado un año en el seminario (también a los 11 años) me dijo, con cierto orgullo, que “muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mateo 22:14).

Además de mí, el sacerdote tenía la visita de dos colegas suyos italianos. La barrera del idioma fue un impedimento para que tuviéramos una conversación fluida, pero dentro de lo que pudimos darnos a entender fue el papel del papa Francisco. Los italianos dijeron que Francisco está llevando a cabo una auténtica revolución al interior de la iglesia. Como ejemplo pusieron el hecho de que el papa levante el pulgar, como se aprecia en esta foto. El mexicano explicó cómo la iglesia latinoamericana siempre se ha preciado de ser cercana a la gente, de cómo el concepto de vocación sacerdotal es lo que, todavía, mueve a la Iglesia: la idea de tener a un padre jugando fútbol con los niños pobres es algo que puede parecer lejano a una persona originaria de Europa, donde, por lo demás, la religión es cosa del pasado, pero no para los latinoamericanos.

El único momento en el que me sentí raro fue a la hora de la comida. No me sentí raro por lo que comimos (un pollo bastante aceptable), sino por la disciplina que tenían los seminaristas y los padres durante la ingesta de los alimentos, una disciplina que yo fui a irrumpir. Por otro lado, habiendo estudiando en un colegio de hombres y habiendo pasado un tiempo en el seminario, el lugar me pareció extraño por lo cercano que me resultó: mi comida fue un déjà vu muy vu, un viaje a un pasado al que nunca pensé volver a ver de reojo. Acostumbrado a comer mucho y en desorden, lo primero que hice fue servirme un poco de todo y en cantidades abundantes. No tardé en darme cuenta que todos los participantes en la mesa, sin excepción, empezaron sirviéndose pasta primero, y en cantidades humanas, que no hay que olvidar que la gula es uno de los siete pecados capitales. Cuando me terminé mi ración (el resto de la mesa iba a la mitad de la pasta) decidí servirme un poco de guisantes. Fue ahí cuando empecé a sentir las miradas recriminatorias del padre superior. Inmediatamente entendí que estaba violando la regla de comer en orden y en cantidades moderadas. Cuando iba a mitad del pollo (¡por fin!) los 50 comensales ya habían terminado de comer, todos al mismo tiempo, como en foto-finish.

Víctor Hugo le dedica una parte considerable de Los miserables a la vida en el monasterio. Para él, la vida en el convento es lo más cercano al ideal de la República: un lugar en el que todos tienen celdas iguales, los títulos nobiliarios desaparecen, todos tienen que trabajar por igual, y se establece una comunidad espiritual. Un mundo casi perfecto en el que se encarnan dos ideales de la república: la igualdad y la fraternidad pero en el que la libertad es totalmente inexistente (la liberté suffit à transformer le monastère en république).  Como siempre, Hugo tiene toda la razón. La comida fue un gran ejemplo de ello: un gran ambiente de camaradería e igualdad en lo que comen todos (salvo el invitado…) pero con una rigidez digna de cualquier ejército.

Me quedé a trabajar una hora en el seminario. Hacía tiempo no tenía tanta calma y paz y era tan productivo. Después me confesé. Era el setting perfecto: el sacerdote es alguien con quien comparto cierto bagaje cultural pero está lo suficientemente alejado de mi vida como para que sus palabras tengan efecto sobre mí. Evidentemente, y en línea con la teología cristiana, mi confesión es asunto mío y del sacerdote, pero si alguien quiere entender por qué me confesé sólo tiene que leer el episodio del Conventionnel G en (otra vez) Los Miserables de Víctor Hugo.

Al despedirnos, el sacerdote y yo prometimos volver a vernos la próxima vez que vaya a Bujumbura. Yo le llevaré una botella de tequila y salsa picante de nuestra ciudad. Él me presentará a la mexicana casada con el español y comeremos juntos. A la monja no me la puede presentar porque la orden de la monja es demasiado estricta respecto a las visitas de extraños (y extrañas, como las lesbianas suecas, que son extrañísimas). También acordamos vernos en nuestra ciudad esta Navidad: su orden le permite viajar unja vez a su país cada tres años durante tres meses y este año le toca ir a casa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Bujumbura, Washington. Guarda el enlace permanente.

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