Dhaka

Cempazúchitl (Washington)

Bangladesh es el lugar donde todas las pesadillas de los críticos de la globalización se vuelven realidad: un país paupérrimo dependiente de un sector textil en que los trabajadores se desempeñan en condiciones infrahumanas; hacinamiento humano digno del infierno de Dante; un ecosistema totalmente destruido en un entorno donde los desastres naturales (huracanes y sismos, principalmente) son cosa de cada jueves y viernes, y una clase política corrupta que cede a todas las demandas de las transnacionales en detrimento de su pueblo. Olvidaba que el país también está lleno de extremistas musulmanes dispuestos a matarse en público con tal de fastidiar a Occidente, pero al parecer ese no es un problema para la mayoría de los críticos de la globalización, que sólo reciclan a las partes de Marx que les conviene.

Bangladesh da para horas y horas de documentales que muestran por qué el mundo va mal. Y es que el mundo va mal. Escribo estas líneas semanas después del  derrumbe de Rana Plaza, un complejo con maquiladoras textiles. El incidente causó más de mil muertos, cientos de heridos, y una cifra indeterminada de desaparecidos. Más de mil personas murieron, y cientos de vidas quedaron arruinadas permanentemente, para que los occidentales pudieran comprar ropa más barata. Está claro que esta tragedia  no hubiera tenido lugar jamás con mejores regulaciones laborales y de seguridad y, en ese sentido, por primera vez en la historia, las compañías textiles aceptaron aumentar sus estándares de seguridad. El problema es que mejores regulaciones implican mayores costos para las empresas, mismos que, o se traducen en pérdidas para los inversionistas, o en mayores costos para los consumidores occidentales. Y como ni el inversionista quiere perder ni el consumidor quiere pagar, los que se joden son los trabajadores bangladeshíes: ante la presión de las ONGs de las lesbianas suecas, las empresas van a mejorar la seguridad todo lo que le pidan; lo que no han dicho es que también van a recortar personal para mantener sus márgenes de ganancia.

El buenismo de los europeos (y también los gringos) es tan estúpido e iluso que raya en el cinismo. Me gustaría vivir lo suficiente para ver el día en que los consumidores occidentales digan algo así como: “estamos dispuestos a pagar más por nuestras computadoras con tal de reducir las emisiones de CO2” en vez de “que las computadoras chinas paguen más impuestos en la frontera porque las fábricas chinas contaminan.” Pero sé que no va a pasar. El tipo de razonamientos que se requiere para entender que el impuesto debe recaer en el consumidor es demasiado complejo para los ciudadanos comunes. Por otro lado, las élites hace tiempo que dejaron de entender su papel como rectoras de la actividad mundial. El siglo XXI será populista, demagogo, y profundamente estúpido. Por suerte, este blog servirá para que los lectores del siglo XXII vean que alguien anticipó el desastre que les vamos a heredar.

Estuve una semana en Bangladesh. No sé por qué me mandaron en el contexto actual del país, en el que la oposición islamista convoca a huelgas generales cada dos días para paralizar la ciudad (los señoritos tienen la delicadeza de aventar cockteles molotov a todo aquél que se acerque a los puntos de bloqueo); el gobierno está lidiando con las consecuencias (políticas, económicas y morales) del desastre de Rana Plaza, y hay elecciones en dos meses. Como Dhaka estaba bloqueada la mayor parte del tiempo, salí poco del hotel, un lugar en el que se sirve una comida espléndida y está alejado del caos. Desde mi ventana, pude ver que lo único que le falta a Bangladesh es un poco de verdor, pero ese ya no se encuentra en ninguna parte del país.  Mi única “convivencia” real con el país fue cuando me dejaron en el aeropuerto para salir del país: nunca había visto tanta gente en un lugar. Si ese es el aeropuerto, que mal que bien sigue siendo un lugar al que va gente con cierto nivel socioeconómico, no me quiero ni imaginar lo que debe ser un mercado. Mi chofer no hablaba; sólo decía “yes, sir”. Nunca había sentido una presencia tan anodina en mi vida. Me habían hablado de cómo la gente del subcontinente indio es totalmente servil con los blancos, pero este tipo (Rahat, creo que se llama) era absurdo.

Sorprendentemente, Dhaka es increíblemente parecido a México: pasos a desnivel y avenidas de 8 carriles que niegan a los peatones el derecho a caminar en las calles; construcciones a medio terminar que nunca se van a completar; polvo en las calles; miseria al lado de opulencia. Los mendigos de los semáforos son más persistentes que los mexicanos, pero me imagino que eso se debe a que soy blanco y creen que tengo el corazón más blando ante la miseria que los locales (esa es una buena definición de mexicano: un blanco con el corazón duro ante la pobreza). Se han escrito muchas cosas sobre cómo la pobreza es parte de la identidad y la cosmogonía del subcontinente asiático, así que no voy a ahondar en el asunto.

Vi un restaurante que se llama “Quesadillas mexicanas” y en el bufet del desayuno servían unas “Mexican potatoes” que no eran otra cosa más que papas fritas en cubo. ¿Qué querrá decir México para un bangladeshí? ¿Querrá decir algo?

A pesar de todo, Bangladesh es un país relativamente serio. Tienen un mercado de valores que funciona relativamente bien, una tecnocracia más o menos seria y están en una (la única) región del mundo que está creciendo.  Se vienen tiempos duros para el país: los islamistas no van a darse por vencidos fácilmente, y Rana Plaza abrió todo un debate sobre derechos laborales en particular, y el papel de la gente en general. Nadie sabe en qué vaya a terminar todo. Se dice que en el subcontinente indio la vida se mueve más lentamente que en Occidente, por lo que la crisis puede durar unos años. O a lo mejor no: igual y pasa otro accidente laboral, otra protesta, que termine de romper la cuerda.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a Dhaka

  1. Aletz dijo:

    cuál es esa ONG de lesbianas suecas?

    Va por la definición del mexicano!

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