La correa

Pablo (Madrid)

Pasear por la orilla del Manzanares se resume en disfrutar de los ventanales azules y rotos del estadio Vicente Calderón, del ruido de los coches de la M-30, del río que nunca sabes si tendrá agua o si simplemente habrá un par de islotes desangelados y de contar a cuántos ciclistas, corredores y niños despistados tienes que esquivar antes de tener un problema. Por lo demás, el río es un remanso de calma con árboles, zonas verdes, algún columpio y varias cafeterías, que son un entorno perfecto para llevar una vida saludable durante un par de horas, o al menos fingirlo con propiedad. Andar por allí si vas acompañado suele ser ameno y agradable y si vas solo un espacio de reflexión y, según el día, de melancolía. Y nunca pasa nada. Hasta que pasa.

De lejos no parecían más que una joven pareja más, ella en patines, tranquila, resuelta, despreocupada, él en bicicleta, con una correa atada a su mano que en el otro extremo rodeaba el cuello de un bulldog, pedaleando como si acabara de aprender. Ella iba tras él, siempre más despacio, ¡cuidado que le haces daño! gritó. Él, al darse cuenta, aflojó la correa, inconscientemente tensa, que hacía retorcerse al perro mientras trataba de liberarse. Disculpa, dijo, y siguió hablando. Ella no escuchaba y desviaba su mirada constantemente hacia el perro. Conforme avanzaban, él seguía perorando sobre algo imagino que importante o trascendente, que hacía que se distrajera del perro, cada vez más ahogado con el transcurso de las palabras. ¡Cuidado, le estás ahogando! Lo único que se oía de ella eran sus advertencias. Él se desviaba del imaginario carril de ida, a la derecha, que la gente suele respetar, se metía por el medio del ancho paseo, hablando con la cabeza vuelta, mirando un segundo al frente y quince detrás, a su pareja patinadora. Lo único que yo veía era una cara cada vez más seria y circunspecta de él, y el ritmo pausado de ella, que sólo se alteraba al ver que su bulldog estaba siendo ahogado. Así varios metros, unos cuatrocientos, quizá más, en el que la cara de él cada vez era más seria, los tirones de la correa más intensos y prolongados y los gritos de ella más fuertes. En cierto momento, él se volvió a girar, elevó más la voz y tiró más fuerte del perro, durante más tiempo, ella contestó y él replicó aún con la cabeza girada hacia atrás. ¡Ah sí, pues ahora lo suelto y que vaya sólo, cógelo si puedes! ¡Cuidado! Gritó ella. El perro se soltó y se desvió rápido de la dirección de la que venía la fuerza que lo ahogaba, tan rápido que se metió en el invisible carril del sentido contrario y una bici lo arroyó, el ciclista cayó al suelo y al rodar se llevó por delante a la patinadora, que también cayó. Los que vimos aquello nos acercamos a ver cómo se encontraban, varias magulladuras y rasguños, algún hilillo de sangre, nada serio, tanto el ciclista como la patinadora nos dijeron que no era nada. Él acudió presto a ayudarla, ella se apartó, furiosa, sin ladrar, mordiendo con la mirada. Se levantó con dificultad e inspeccionó al perro, que sacó los dientes cuando le tocó y que al volver a caminar cojeaba. Él no paraba de decir que lo sentía, que lo sentía mucho, que le perdonara por favor, y ella callaba. Enseguida se restableció el orden no escrito del río, yo me di la vuelta y caminé en sentido contrario unos metros, entonces me paré y me giré para verles de nuevo. Ella patinaba, tranquila, resuleta, despreocupada, con una correa atada a su mano que en el otro extremo rodeaba la muñeca de él, que pedaleaba a su lado. A su espalda, el bulldog les seguía, cojo, siempre un paso más atrás, siempre vigilado por la cara de ella, que se giraba continuamente para asegurarse de que todo iba bien.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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