Lomé IV

Cempazúchitl (Lomé, Togo)

Eventualmente tenía que pasar. Algún día tenía que acostumbrarme al olor a caño de Lomé y dejar de sentirlo. Por primera vez, pasé más de los reglamentarios 5 días en Lomé. Pasé, en total, 15 días, los suficientes como para, finalmente, acostumbrarme al olor y, en cierta medida, a la comida. Sé que, objetivamente, nada pudo cambiar lo suficiente desde mi última visita como para que la ciudad haya dejado de ser un agujero del infierno (si acaso, cada vez está peor). Pero, como dice mi madre, a todo se acostumbra uno excepto a no comer; a todo, incluído el olor de Lomé.

No me arrepiento de haberme quedado tanto tiempo. Por primera vez, tuve un acercamiento al país que va más allá de las pláticas con el chofer y los trayectos del hotel a la oficina y de ahí a los ministerios, y de ahí de vuelta al hotel. Mi colega y yo fuimos, caminando, al mercado, que fue incendiado a fines de enero. El Presidente, que lleva en el poder desde 2005, y es hijo del Presidente anterior, que pasó 40 años en el poder, culpa del incidente a la oposición. Las fuerzas del orden, heroicamente, encontraron cocteles molotov, y artículos incendiarios en los cuarteles generales del partido de oposición después del incendio. Ningún togolés es lo suficientemente estúpido como para tragarse esa patraña y ahora la sospecha está sobre el Presidente… Muchísimas familias se quedaron sin patrimonio: además de ser el lugar donde los comerciantes tenían su stock, el mercado era considerado el único lugar realmente seguro del país, por lo que muchas familias guardaban ahí sus ahorros. En un lugar donde nada se mide, es imposible decir cuál será el impacto del incendio en la economía togolesa: lo que yo vi fue una calle vibrante, llena de puestos callejeros. Dudo que alguien extrañe realmente al mercado.

Lo impactante del mercado es pensar que, hasta hace no mucho tiempo, ahí se traficaban seres humanos en lugar de mercancías chinas, comida a medio podrir, y telas. Los togoleses se vanaglorian de que el vudú llegó a América proveniente de sus costas. Lo mismo dirán me imagino, en Accra, en Abidjan, o en cualquier otro puerto de la Costa Oeste de África. Lo cierto es que, a diferencia de los otros países de la región, el vudú todavía es practicado por poco más de la mitad de la población (hay que dar un salto de fe; hay que creer en las estadísticas togolesas), y también es verdad que Lomé uno de los pocos puertos de aguas profundas de la región, lo que permitía que fuera ahí donde se llevara a cabo el comercio de esclavos a gran escala.

Después del mercado fuimos al mar. Los domingos, la playa es el centro de reunión de la gente joven: hay muchachos caminando de un lado a otro en la playa. Es algo muy raro: la gente camina de un lado a otro, pero no se detienen a ver el mar, como hacemos los occidentales. El día en que fuimos era sábado, por lo que no había prácticamente nadie. El lugar era digno de una película de Buñuel: más allá del calor y la brisa mezclada con humo de motocicletas viejas, recuerdo la playa como un lugar en diferentes tonos de café, prácticamente sin matices, o sin otro color.

Había dos cantantes amateurs practicando su entonación en frente del mar; cantaban horrible. Vimos a un hombre desnudo cubierto de arena al lado de un palo enterrado en la arena. Un grupo de niños estaban sacando del mar una red de más o menos cincuenta metros de largo; sólo había unos cuantos pececitos en los primeros 30 centímetros; fue algo de lo más patético que he visto en mi vida. Dos niños entraban y salían del mar hablando y gritando en su idioma; nunca supe si estaban felices o contentos. Caminar por la playa de Lomé fue una experiencia surrealista; algo que quizá valga la pena repetir pero  no me dan ganas.

También fui a la frontera con Benin. Benin parece ser un lugar aún peor que Togo: en algún momento, los nigerianos tuvieron la fantástica idea de robar gasolina de su país y meterla a Benin de contrabando para venderla por debajo del precio comercial. Las compañías petroleras  empezaron a perder dinero hasta que eventualmente salieron del país. No hay, en todo Benin, una sola estación de gasolina. Toda la gasolina que se compra y se vende se hace a través del comercio informal: tipos en bicicleta con bidones de combustible que se paran según la necesidad. Se dirá que esto es un triunfo del pueblo africano en contra de las compañías occidentales explotadoras, y etcétera. En realidad, el Estado de Benin dejó de percibir enormes sumas de dinero por concepto de impuestos a la gasolina (que es uno de los impuestos más progresivos que hay, a pesar de lo que diga la izquierda mexicana); no hay ninguna regulación respecto a la calidad o cantidad de combustible consumido (se vienen las enfermedades respiratorias), y el país empieza a caer poco a poco en la anarquía (se empieza con gasolina y se sigue con todo lo demás).

En cierta forma, debo admitirlo, me da gusto lo que está pasando en Benin (aunque la gasolina de baja calidad baje la esperanza de vida de los habitantes del pais de 55 a 40 años). Como buenas compañías, las petroleras creyeron y difundieron la estupidez de que debilitar al Estado era una idea intrínsecamente buena; pues bien, la debilidad del Estado en Benin, que no tiene la densidad institucional o la legitimidad para imponer la ley, es lo que logró que las petroleras se tuvieran que ir, después de años de pérdidas.

Le dicen justicia poética y no sirve de nada.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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