Fachada

A pesar de sus colores, sus días con sol, sus jóvenes llenos de ánimo, sus indios obligados a ver el mundo con amor religioso, Cholula es triste y es fachada. Se pinta la cara, pero en sus entrañas debe sentir lo que una puta, vacío y humillación.

Fue gloriosa en los años del imperio teotihuacano y azteca. Se despertó de un letargo de siglos cuando llegaron los gringos con sus jardines enormes, la universidad y el dinero. Poco le duró el gusto, ahora es un nido de corrupción, separación de clases, río de coches, antros, ausencia de verde y plancha de asfalto. Si tuviera coraje, me levantaría a darle la mano y a limpiarle la cara de maquillaje barato. En cambio, me limito a ver y a quejarme.

Nadie vendrá a ayudarnos. A nadie le importa otra cosa que el dinero.

Me gustaría que alguien decidiera caminar en lugar de tomar el coche. Alguien que pensara, por una vez, en sembrar un árbol en lugar de cortarlo con excusa de que las raíces levantan el asfalto. Alguien para organizar una biblioteca, en lugar de un antro. Dejar de ver a tanto indio mendigando en los portales, ese castigo impuesto día con día a quienes perdieron hace cuatro siglos y siguen perdiendo en lo que todos tenemos de indio. Quisiera que cayeran los muros de los fraccionamientos y se alzaran los de adobe a mitad derruidos. En resumen, que Cholula dejará de ser triste.

No va a suceder. La puta sigue siendo puta, aunque sueñe con un cliente benefactor, aunque empiece a ahorrar, aunque se libre de enfermedades. El cliente se cansa, los bancos son de Elektra y las enfermedades no sólo son físicas.

Tampoco voy a mentir. A veces yo también me divierto con ella, me parece fácil tomarla sin respeto, extender la mano y darle una moneda, encerrarme en mi cuarto para conectarme al internet y a otro mundo, barrer sus calles con humo, arreglarlo todo a lo fácil.

El otro día vi en Puebla, este anuncio:

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En Cholula hay que cavar muy profundo, y aún así quizá la tierra ya esté erosionada. Es el lugar donde vivo, donde vive mi familia y mis amigos, es el lugar donde está enterrada mi abuela. Pero uno se acostumbra, se encierra en la casa, el antro, el café y el coche. Con el tiempo, nos habremos ido, y a lo menos no hicimos gran daño. Ese es nuestro consuelo, y por él repican las campanas cholultecas.       

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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