Nueva York

Aletz (de paseo)

En el puente que une a Nueva Jersey con Nueva York yo miraba hacia atrás. Mis compañeros de viaje me señalaron la hilera interminable de rascacielos. ¿Qué hacía mirando un suburbio con un solitario manojo de cuatro o cinco edificios, rodeado de muelles con máquinas vetustas y oxidadas, cuando enfrente estaba Nueva York? Lo miraba porque era la ciudad de Los Sopranos y el escenario de muchas de las novelas de Philip Roth. Newark es, para mí, un lugar entrañable. Claro que, al voltear y, sobre todo, al salir del tren, me encontré con la ciudad de Woody Allen y Martin Scorsese, por mencionar sólo a dos de mis favoritos.

Nueva York es la ciudad que todo habitante del mundo con electricidad puede reconocer como propia, lo interesante es que cada quien la reconoce por detalles distintos. En mi caso, el Central Park me lo dio Woody Allen, la añoranza por Little Italy fue de El Padrino, la zona de Concordia es la cuna de la generación beat, anhelo de todo joven de clase media mexicana (cuando nos sentimos rebeldes) y gran desengaño (cuando nos enteramos que somos más bien conservadores y, por ende, unos fresas), las Mean Streets y su héroe vengador me los dio Taxi Driver.

Llegué a Nueva York, y apenas di dos pasos supe que era Frodo llegando a la ciudad de los elfos. El pequeño Hobbit del Condado, en una aventura al centro de la Tierra Media, ciudad donde habita el conocimiento y los seres que pueden traducirlo. La imagen se debe repetir cien o mil veces por día. En mi caso resultó más aleccionadora porque asistí a un Congreso de mexicanistas en CUNY.

Los mexicanistas son profesores de universidades gringas, la mayoría de origen latino, con acceso a todo el acervo bibliográfico producido desde el Soconusco hasta el Río Bravo, desde los manuscritos originales del Popol Vuh hasta el libro insignificante que publiqué yo hace diez años en una editorial del Estado. Los mexicanistas son Hobbits que, al igual que Bilbo y Frodo, lograron la amistad de los elfos y los magos. En ocasiones, visitan al Condado de México, saludan a la familia, se emborrachan en fiestas con castillos de fuegos pirotécnicos y fuman la pipa de la nostalgia frente al horizonte de cemento. Pero su escritura, como la de Bilbo, la realizan en la ciudad de los elfos. Sólo a la distancia y en la comodidad de una arquitectura majestuosa y transparente, entre altos y delgados seres de sabiduría, pueden convocar la habilidad necesaria para describir su territorio y su pasado. El hecho novedoso es que los elfos, cansados de siglos de conocimiento, creen ahora encontrar la salvación en el Condado y en los Hobbits: los Departamentos de Español son los únicos en el área de Humanidades que van en aumento en Estados Unidos.

Mi primer viaje fue de un día, de Princeton a Nueva York, al interior de la hermandad de los elegidos. La segunda vez, en cambio, fue mi despedida de Estados Unidos. Terminé mi mes de investigación en Princeton y, rumbo a Europa, me detuve unos días en la ciudad que es todas las ciudades. Me acompañaba Deni y nos hospedamos en Queens con mi amigo Miguel y su pareja. (Miguel, por cierto, que también escribe en este blog, aunque no tan seguido como me gustaría).

Al recorrer Nueva York en Metro, al cruzar los puentes de Queens a Manhattan, caminar en el Central Park, y en el recorrido de Grand Central al Times Square, sentí una añoranza tremenda, el deseo de quedarme a vivir con Deni en aquella ciudad. Por más deconstructivismo, post-colonialismo e hibridismo, las aventuras pasan por Nueva York, los libros se escriben después de haber vivido las aventuras, y el anillo que unirá a todos los anillos está buscando a su futuro dueño entre los que están dispuestos a realizar el viaje. Es normal sentir añoranza por vivir en Nueva York, pensé. También lo debe ser experimentar la nostalgia del Condado. Los mexicanistas trabajan la nostalgia en papers, diplomas y libros; yo, mexicano recién repatriado, me dispongo a instalarme de nuevo en el Condado, y siento añoranza por una ciudad que conocí ayer.

Aunque la sensación de añoranza y alegría también pudo ser a causa de volver a ver a Deni. Nos vimos por una semana, después de medio año de separación, ella en Canadá y yo en México. Nuestra despedida, en Madison Avenue, ocupa un lugar importante entre las escenas románticas de mi imaginario neoyorkino.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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