La primera vez que visité Nueva York

Por TlahuicoleImage.

La primera vez que visité la ciudad de Nueva York fue en el 2003. Fui a grabar un concierto de los famosososos hermanos Adolfo y Gustavo, ambos de apellido Ángel, mejor conocidos como Los Temerarios. Confesaré que sólo tenía una vaga referencia sobre ellos y más bien formaban parte del soundtrack de mis noches cholultecas en las cuales nuestros caseros tiraban la casa por la ventana en honor al santo del barrio, bebían hasta la inconsciencia y obstruían las calles con muros de bocinas con las que hacían vibrar los vidrios de nuestros departamentos. Mi visita a la ciudad duró un fin de semana y pasé la mayor parte del tiempo dentro de un viejo automóvil dando vueltas por sin rumbo fijo. Nunca pensé que tres años después andar sin rumbo fijo por sus calles se convertiría en uno de mis pasatiempos favoritos.

En aquel tiempo vivía en Detroit, Michigan, donde hacía servicio social en el Consulado de México donde pasaba varias horas al día leyendo y archivando expedientes sobre mexicano recluidos en prisiones. Ahí conocí a un sujeto que trabajaba haciendo pasaportes por las mañanas y por las tardes era el novio de la encargada del departamento. Este galán de ojos verdes, pálido y regordete, con un perfecto peinado afianzado con abundante gel, tenía un amigo que trabajaba como conductor de un programa de televisión de música norteña en Michigan. Esta celebridad latina de la televisión local era originaria de Tepito, como el galán de mi jefa, y tenía sus contactos en las altas esferas del mundo del espectáculo grupero, por lo que había conseguido la exclusiva de un concierto de Los Temerarios en Brooklyn. Sin embargo, como me comentó después, necesitaba grabar el evento para luego transmitirlo en su programa. Por eso le encargó a su paisano que consiguiera a una persona que supiera usar una cámara de video.

Así fue como una fría mañana de marzo o abril, no recuerdo bien, el novio de mi jefa me preguntó si quería ir a Nueva York gratis. Muy formalmente me comentó que sabía que me gustaba Nortec y asumió que de alguna manera me gustaba la música norteña, y pues bueno, porqué no, también la popular. Las únicas condiciones eran ayudarles a conducir un carro de Detroit a Nueva York, y claro, ayudar a grabar el concierto. No dudé ni un solo instante en aceptar la oferta y ese mismo viernes por la tarde partimos hacia la ciudad en un destartalado Ford Scort color plateado. Tomamos la Interestatal 80 a la altura de Toledo, Ohio, hacia la costa oeste. Cruzamos los estados de Ohio, Pensilvania y Nueva Jersey hasta nuestro destino. Intenté no dormir en todo el viaje para disfrutar de los paisajes de Ohio y Pensilvania, pero sobre todo porque no confiaba mucho en el conductor de televisión al volante. Desde Cleveland hasta Pensilvania, la lluvia nos acompañó, tornando el atardecer y los paisajes de los bosques de varios colores: primero amarillo y luego gris, conforme el sol descendía sobre el horizonte. Sin embargo, la poca visibilidad y los inmensos charcos sobre el highway no fueron impedimento para que el chofer no diminuyera la velocidad del destartalado automóvil. Horas después, al pasar por Hershey, Pensilvania, yo ya iba soñando con vacas gordas pastando sobre colinas verdes cubiertas de neblina de cuyas ubres brotaban ríos de chocolate. Al despertar ya íbamos saliendo de alguna ciudad de New Jersey, que ahora sé, se era Newark. Todavía no conocía Los Sopranos, por lo cual, no me emocioné en lo absoluto. Eran como la cuatro de la mañana.

 Al rodear Newark a través de un inmenso highway, nos encontramos con que el horizonte estaba iluminado por las luces de la gran ciudad que se reflejaban sobre las nubes. Ese mismo tipo de luz rojiza o anaranjada que desprenden el cielo nublado de la ciudad de México por la noche. Emocionados como niños, el chofer y el copiloto se pusieron a cantar la tonada de esa famosa canción de Frank Sinatra dedicada a la ciudad. Hasta ese momento entendí que ninguno de los tres había estado en Nueva York. Intenté seguir la tonada, incluso cantar la canción, pero para cuando llegamos a la parte de ´My little town blues…They are melting away…´ simplemente alcancé a atrapar la imagen del Manhattan skyline contrastando con el oscuro horizonte antes de cerrar los ojos.

Cuando abrí los ojos de nuevo íbamos entrando al Holland Tunnel. Millones de mosaicos blancos reflejaban destellos anaranjados contra el pavimento y el flujo vehicular. Tuve la sensación de entrar a un baño gigante en cuyo interior había un embotellamiento a las cuatro de la madrugada. En la radio una canción de una banda parecida a Canibal Corpse, funcionaba de soundtrack. Era una estación de radio que mis compañeros de viaje, amablemente, habían encontrado. Pensando que me estaba perdiendo del la llegada, le subieron el volumen. Lo primero que me vino a la mente en ese instante fue que la gente en la ciudad de Nueva York era realmente progresista. Mira que esto de tener una estación de radio dedicada exclusivamente al Death Metal –el sueño de mi adolescencia-, era maravilloso…

Al llegar a Manhattan pegué el rostro contra el vidrio de la ventana del auto, tratando de captar absolutamente todo: la gente en las caminando sobre las aceras, los edificios, las calles del barrio, el pavimento ondulante…

Tratando de captarlo todo de una sola vez, escuché un sonido extraño, una especie de cuchicheo que provenía de los edificios. Primero pensé que era el radio, pero ya estaba apagado. Mis acompañantes estaban tan cansados que no hablaban. Parecían hipnotizados con las luces de la ciudad. Al poner más atención al cuchicheo, me encontré con que era más bien una especie de susurro. Una voz. Inicialmente no entendí en que idioma hablaba. Luego caí en cuenta de que no se trataba de uno solo, sino de miles de susurros, miles de voces hablando en cientos de idiomas al mismo tiempo, todas cuchicheaban frases que me parecían importantes, todas al mismo tiempo, las voces hacían vibrar el vidrio del auto, el pavimento agrietado, los muros de los edificios y absolutamente todo alrededor… Cada una, con frecuencias y tonos distintos, hablaban de lo mismo, de una diosa, una musa bella y tirana de tu suerte, que a esas horas, dormía escondida en algún lugar desconocido dentro de esa inmensa estructura, envuelta en sábanas de seda blancas, latente, consciente de nuestra llegada, de la de todo aquel que cruza los túneles, los puentes, perfecta, traslúcida, esperando decidir nuestra suerte y la de todo aquél que cruzara por sus islas, recostada y sonriente, estaba escondida en algún hueco imposible de acceder. Aun sin haberla visto, me enamoré de ella y me quedé dormido…

Abrí los ojos de nuevo. Estaba en el asiento trasero del auto. Aun era de noche y el Ford Scort estaba estacionado en una pequeña calle rodeada de edificios inmensos. Parecían oficinas corporativas, como esas que hay en el dowtown de cada ciudad importante de los Estados Unidos. El conductor de televisión conversaba con dos policías. Bajé la ventanilla para a ver el nombre de la calle. Estábamos en Wall Street y la policía estaba a punto de multarnos porque mientras dormía, el chofer había intentado pasar el tramo que está cerrada el tráfico. Después de una pequeña discusión con los oficiales , en la que pensé que terminaríamos con una infracción, nos fuimos del lugar y terminamos estacionándonos en la esquina de, ahora sé, era Zuccotti Park. Caminando hasta el Ground Zero contra un viento helado que me quitó el sueño temporalmente. Pasé un instante alrededor de aquel inmenso agujero sellado por unos muros de metal y de los cuales colgaban placas con los nombres de todos aquellos que fallecieron en los atentados del septiembre 11. Eran bastantes. Se me heló la sangre, y no fue por el viento.

No sé cuanto tiempo transcurrió, pero ya estaba amaneciendo y la  luz se fragmentaba sobre cientos de ventanas de cristal. Era un luz amarilla y naranja que, reflejada sobre miles de ventanas, iluminaba la avenida vacía por la cual el auto despacio avanzaba. Había cientos de anuncios de luz neón que le daban un tono más extraño a la calle. -Un lugar tan luminoso y tan desolado- pensé. Después me enteraría que era la calle cuarenta y dos a la altura de Times Square. Eran las seis de la mañana de un sábado y mientras conducíamos lentamente sobre la cuarenta y dos entre Broadway y la Sexta Avenida con dirección oeste. Sobre la acera norte, caminaba cuatro personas vestidas completamente de negro: botas militares color negro, pantalones de cuero negro, gabardinas negras, lentes oscuros. Tres hombres y una mujer que me parecieron sumamente altos. Uno de ellos era afroamericano y los otros dos eran tan pálidos que las luces de los comerciales los hacían parecer rojizos. Parecían un grupo de vampiros saliendo de un club nocturno. Estaba amaneciendo y parecía que estaban huyendo hacia la oscuridad de algún sótano donde sus ataúdes los estaban esperando. Eran los únicos seres caminando por la avenida.  Toda la mañana la pasé capturando imágenes dispersas de la ciudad .

Al medio día llegamos al Armory en Brooklyn. El lugar, que parecía más una bodega inmensa para estacionar automóviles militares, los cuales de hecho estaban en la parte trasera del lugar, estaba convertido en un teatro para eventos musicales gruperos. Cuando llegamos, ya había varias decenas de hombres montando un escenario tan grande como el lugar, con torres de bocinas y cientos de luces. Desde las oscuridades del escenario salió a recibirnos el organizador del concierto: un tipo de pantalón vaquero, botas vaqueras con las puntas brillantes, un cinturón de piel de serpiente con una hebilla en cuyo centro había una pequeña pistola plateada, lentes oscuros y un sombrero, obviamente, vaquero. Le decían El Sinaloense. Podría haber puesto El Lado Oscuro de mi compadre de Nortec para describir su aparición en el lugar y la forma amable en que nos saludó, como sacó de su bolsillo un clip con cientos de billetes de cien dólares y se los entregó al conductor de televisión y nos recomendó que descansáramos, que nos bañáramos y buscáramos un hotel en New Jersey, porque allá era más barato. -Los espero más tarde- nos dijo cerrando la puerta del destartalado carro en el cual veníamos.

Una hora después llegamos a un hotel de mala muerte en Jersey City, New Jersey: el Days Inn.

Al atardecer regresamos al Armory. El lugar se había trasformado por completo. De ser una bodega oscura se había convertido en una especie de fiesta popular Como aquellas que hacían en Cholula los domingos por la noche. A los costados del lugar había decenas de puestos de comida, con mujeres y hombres, todos latinos, casi todos mexicanos, incluso cholultecas, preparando quesadillas, tamales, chalupas, y demás guisos mexicanos, con anafres humeantes, sobre mesas de madera con manteles de plástico con estampados de flores, con cubetas llenas de hielo con jugos Boing y Jarritos de varios sabores. Los anafres y comales se desprendía una espesa nata de humo que pendía sobre nuestras cabezas y que finalmente coronaba el inmenso escenario que se elevaba imponente en el fondo de lugar. Todos protegidos, por supuesto, por el altísimo techo del lugar. Todo tipo de parafernalia se vendía en el lugar. Por un lado sonrientes mujeres, chaparritas y morenitas, vendían banderas de México, Honduras, El Salvador, Guatemala, Perú, es decir, casi todos los países Latinoamericanos. Ofrecían playeras y fotos de Los Temerarios, y por el otro lado, señores gorditos y con el cabello perfectamente peinado con gel vendían cervezas y refrescos en cubetas que traían amarradas al cuello. Me bastó con darle la espalda al espectáculo y salir a la calle simplemente para comprobar que estaba en Brooklyn y no en Cholula.

Para comprobar que estaba en Nueva York me salí a la calle y me encontré que en los restaurantes baratos de comida china, en verdad eran atendidos por chinos, con menús en chino, donde llegaban afroamericanos con gorras, tenis y sudaderas inmensas pidiendo comida. Luego, como en un ejercicio de imaginación que me gustaba practicar cuando era pequeño, simplemente tenía que dar la espalda a Brooklyn y entrar de nuevo a las oscuridades del Armory para encontrarme de nuevo con Cholula y su fiesta grupera. Antes de que salieran las estrellas tocaron una interminable lista de grupos desconocidos, al menos para mi y mi enorme ignorancia de la cultura popular, como quedó demostrado hace unas semanas que falleció Jenny Rivera sin que supiera de su existencia. Mientras esperaba a que llegara el gran momento, me encontré atrás del escenario a un compañero de la escuela de mi pueblo. Oriundo de Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala, este personaje me contó que era el dueño de uno de estos grupos y que andaba de gira con ellos desde Centro America. Según recuerdo habían comenzado el tour en Panamá o en Colombia y la verdad es que ya a estas alturas del continente, estaba exhausto. Platicamos media hora y no lo volví a ver. Es más, no lo he vuelto a ver. A veces, cuando recuerdo este extraño encuentro en Brooklyn, pienso que quizá, cansado de viajar tanto, decidió regresar a Santa Ana donde se volvió vendedor de textiles, como quizá su padre hizo durante casi toda su vida. En la tienda hay unas bocinas en las cuales escucha todo el día música de los grupos de música tropical que posee mientras mira saluda a la gente que pasa por las calles del pueblo y le salen canas. De la presentación de Los Temerarios no recuerdo nada. Recuerdo haber grabado algunas escenas con una cámara de televisión de los años ochenta que pesaba como veintiocho kilos, recuerdo que la voz del cantante me aturdió, recuerdo que me estaba durmiendo. Al terminar el concierto acompañé a la estrella de la televisión grupera del Midwest a que hiciera la entrevista correspondiente. Sonrientes y amables los hermanos contestaron todas las preguntas de forma superficial y posteriormente grabaron un saludo para el programa de televisión. Lo tuvimos que repetir varias veces porque el conductor se equivocaba o las estrellas no lograban retener el nombre del programa de televisión. Al final quedó bien. Al final yo tampoco puedo recordar ahora como se llamaba el programa. Después, por un sólo instante en mi vida, desee ser Temerario, al acompañar a cada uno de los hermanos a sus respectivas camionetas donde los esperaban modelos nórdicas de vestidos entallados, con grandes escotes que dejaban asomar hermosos pechos color durazno y que nos veían tras los vidrios con enormes ojos azules. Sonrientes nos dieron un abrazo y se fueron envueltos de caricias. Al otro días salimos a dar la vuelta a Times Square, donde dejé a mis acompañantes haciendo entrevistas a los turistas latinoamericanos para las cápsulas del programa de televisión. Mientras aproveché la ocasión para escaparme de ellos con el pretexto que quería ver Centra Park, cosa que jamás sucedió. Conduje el auto sin rumbo por al menos una hora tratando de seguir mi instinto, el cual supuestamente me llevaría a mi destino. Sin embargo, terminé en otro parque, del cual me enamoraría años después sin saberlo: Morning Side Park. Buscando árboles por la ciudad y cansado de dar vueltas sin rumbo fijo llegué hasta la calle 112th donde me encontré con una de las obras arquitectónicas más bellas y desconocidas de la ciudad: La catedral St. John The Divine, donde me encontré con una impresionante escultura en bronce que representaba la lucha del bien contra el mal: la cabeza del diablo pendía de la espada de San Miguel, quien acababa de cercenarla mientras un venado le intenta abrazar las alas con las patas delanteras.

Más tarde, conduciendo hacia la dirección opuesta a Central Park me contraría con otra escultura inmensa frente a la Facultad de Derecho de Columbia University: Bellerophon Taming Pegasus. Confesaré que me sentí un poco de miedo al mirarla: era como la materialización de una pesadilla de mi infancia, de esas que a uno le dan cuando tiene exceso de fiebre y siente que los objetos crecen en forma desproporcionada hasta el punto en que a uno lo van a aplastar.

Más tarde regresé a Times Square a recoger a mis acompañantes y después de perdernos en Brooklyn logramos tomar el puente Verrazano hacia Staten Island, donde un choque paralizó el tráfico por unos veinte minutos. Esto nos permitió quedarnos tomando fotografías de Manhattan desde la mitad del puente.

Todo sucedió tan rápido que no me permitió disfrutar la ciudad como hubiese querido y juré que regresaría. Sin embargo, jamás imaginé que tres años después se convertiría en mi hogar.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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