Europa

Aletz (de paseo)

La primera vez que fui a Europa tenía veinte años. Un mes antes del viaje me encerraba en mi cuarto a escuchar, a todo volumen, los clásicos de la música francesa. Recuerdo sobre todo Sur le ciel de Paris, que en esa época tarareaba sin tener la mínima idea del significado de la letra. En realidad no iba a París, iba a Inglaterra, pero para mí era lo mismo, era Europa.

Los europeos son muy orgullosos de sus particularidades culturales, enfatizan que, a menos de dos horas en tren, uno puede cambiar de idioma, comida y gente. Si son muy nacionalistas, agregan una breve nota sobre la posibilidad de viajar días enteros en América y seguir bajo el mismo idioma, la misma gente y con las mismas hamburguesas. Menciono esto porque, en mi caso, con los años y mis largas estancias en Inglaterra y en Francia, mis viajes frecuentes a Alemania y a Austria, siento cada vez más a Europa como un gran bloque de gente muy parecida.

La diferencia que yo hago, radica más en las personas de las capitales con las de la provincia, y el hecho de que la mayoría de mis amigos vienen de esta última, aunque los dos más entrañables son de Londres. El hecho de cruzar la frontera a Alemania o a Francia o a Inglaterra me resulta más una excusa para evocar literaturas e historias locales, que una aventura de viaje. Hablo sólo inglés y francés, y este es un verdadero impedimento para conocer a la gente de otros países, pero creo que si hablara sus idiomas no me sentiría un extranjero (lo cual no quiere decir que no me vieran como uno).

Después de mi estancia de mes y medio en Estados Unidos, país en el que nací y del que ignoro todo (hasta el valor de las monedas), viajar a Europa fue volver a un lugar conocido. Mi plan en París era hacerle un homenaje a Ray Bradbury (que leía un capítulo de la novela Tender is the night  en un café distinto de St. Germain), leyendo las Crónicas marcianas en los cafés del Marais. No fui a ninguno, porque pasé dos días enteros charlando con una pareja de amigos españoles que me hospedaron en su departamento; hablamos por horas de literatura, viajes, familia, y después salimos a bares con otros amigos, bebiendo hasta las cuatro de la mañana, de manera que no tuve necesidad si quiera de recuperarme del jet lag. De París tomé un autobús a Alemania, donde pasé una semana con mi hermana, mi sobrino y mi cuñado.

Europa es un lugar familiar, y eso me ha convertido en un modelo de la clase media mexicana que más detesto, aquella que compara todo lo mexicano con lo que pasa en Europa, el que parece (y quizá lo está haciendo) presumir a cada momento sobre su familiaridad con ciudades como París y Londres, quien disfruta sobre todo la visita recíproca de sus amigos europeos o de mexicanos que viven en Europa. Si me conociera por primera vez, estoy seguro que me cagaría verme tan europeo.

Por eso mismo, desee por un tiempo viajar a Sudamérica, ir al Chile de Allende, a la Argentina de Cortázar (aunque Cortázar vivió la mayor parte de su vida en París), a la Colombia del café y de García Márquez. Presentarme, de esta manera, como un hermano latino, preocupado por nuestro destino como continente. Después pensé en algo más drástico, pensé en África, el Magreb y su cultura milenaria y víctima, como la nuestra, de la colonización imperialista. Mejor aún, la África subsahariana, el vertedero de la civilización occidental. Pensé todo esto y quizá algún día lo haga. El problema es que estos viajes podrían verse como una réplica de los realizados por los europeos y los mexicanos más mamones. Deconstruido el Logos, liberadas las Otredades, suelto Dionisos desnudo por las calles, los jóvenes europeos emprenden estos viajes para cambiar comodidades y gadgets electrónicos por experiencias límites y asaltos a mano armada.

En resumen, no hay escapatoria, y tampoco hay grandes diferencias entre países, menos entre los europeos (tan orgullosos de ellas). Conozco los estereotipos de los franceses, los ingleses y los alemanes, y en muchos casos los he visto cumplidos. Pero lo mismo me pasa en México y me pasó ahora en Estados Unidos: los chilangos son lo que los neoyorkinos son a los texanos que podrían ser nuestros norteños. En dado caso, si hay diferencies, existen más entre las personas que entre culturas, nada más disímil de un francés que otro francés.

En esta época multicultural, global y de diversidad, es bueno mantener viva la sorpresa en casa. Mi querido pueblo de Cholula conserva para mí el asombro. En ella encuentro un lugar que puede ser todos los lugares, el Bar Reforma, los Portales, las universidades, la casa de los amigos, los cines y Profética (bueno, esa en realidad está en Puebla). En fin, la sorpresa se encuentra en casa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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