Princeton

Aletz (de viaje)

Las sillas de la biblioteca se deslizaban sobre la alfombra, las mesas parecían hechas a la medida de mis hombros, los ventanales miraban a árboles dorados y rojos del otoño, construcciones de arquitectura gótica, bizantina y neoclásica se ordenaban entre parques de árboles inmensos. A la abadía principal la iluminaban vitrales inmensos con un azul tan o más intenso que el de Chartres. Borges dijo que el paraíso debía parecerse a una biblioteca. En Princeton, inscribieron esta frase en uno de los ventanales: acto de total redundancia.

El pueblo lo forman dos calles principales, Nassau y Whitherspoon, el resto son de casas rodeadas de jardines cuyos árboles se pierden con los del bosque. A diez minutos del centro, se llega al lago Carnegie, cruzado por decenas de lanchas y senderos bordeados de arces y pinos.

Salía de mi casa al cuarto para las ocho. Paraba en el café y tomaba mi expreso en el trayecto a la biblioteca. Trabajaba en un salón especial, un dodecaedro de ventanales enormes, seis mesas con sillones individuales y un bibliotecario al cual había que alzarle la mano para ser servido. Mi sección era la de los Manuscritos y Libros Raros. Dante vio en el Paraíso a una mujer acompañada de un coro de ángeles, detrás del cual brillaba una luz intensa, punzante como una aguja; yo le robé a esa luz intensa, cada mañana, un pedazo.

En total debí haber consultado más de cincuenta cajas llenas de cartas, diarios, borradores, dibujos, fotos y papeles personales de mis autores favoritos. Descubrí la manera trabajosa y reiterada con la que un Monterroso, Fuentes, Pitol, escribió cada página que yo leí, de joven, en un suspiro. Descubrí cartas de amor, de agonía, de entusiasmo, todo eso que los escritores no dicen, no escriben, no piensan, porque ellos están más allá de una confesión ingenua, una escritura sentimental y tonta, aunque, parafraseando a Pessoa, son los que creen que están más allá de todo esto los tontos. Leí en sus diarios lo que no estaba destinado a ser leído. Olvidemos al lector modelo, estas páginas buscaban enterrar temores y complejos en papel o en el tronco de un árbol, como en el final de la película In the mood of love; no fue así, están en negro y blanco sobre una hoja, y esa hoja la leí yo. Vi también fotos, la familia sentada alrededor de un pollo rostizado, el autor y su esposa posando frente a la tumba de Joyce en Trieste, fotos de adolescente y de abuelo, fotos con pose leyendo o escribiendo y otras de turistas en París, Roma y Nueva York.

Al diez para las cinco cerraba la biblioteca, caminaba de vuelta a casa, guardaba mi computadora, y  de vuelta al pueblo, a caminar por las calles que se perdían en el bosque. Compraba en el trayecto un pan de zanahoria, manzana o jengibre, lo iba comiendo mientras bajaba al lago y entraba a un sendero de tierra, imaginando la manera de traducir lo leído, en una ficción o en un texto biográfico, ninguno de los dos o una mezcla de ambos, imaginaba anécdotas que llevaban impresas el desorden del bosque, su grandeza y el pequeño sendero que lo cruzaba. Me acompañaban fantasmas de papel, a los cuales sentía más reales porque creía entenderlos, había leído sus cartas, sus diarios, sus escritos.

Ubicada en la cima de una red de universidades de élite, el mundo de los privilegiados cuyas colegiaturas son las más altas de Estados Unidos y, por ende, del mundo, Princeton se sostiene sobre el dinero. Era fácil olvidarlo, sobre todo encerrado en la biblioteca, pero algunos detalles me lo recordaban. Al salir de la biblioteca, si veía a alguien caminando detrás de mí, le sostenía la puerta, una cortesía que se agradece incluso en París. No en Princeton. Allá los estudiantes son bien servidos, compraron con dinero los manuscritos del mundo, a los profesores, cerebros de la economía, la política y la cultura, idealistas post-marxistas e intelectuales post-colonialistas, todos sirviendo al capital y al imperio que, en Princeton, construyó el paraíso de los académicos. Los estudiantes creen que el mundo les debe algo. Soberbios e informados, la mejor compañía es, sin lugar a dudas, el bosque.

Aunque, claro, hay excepciones. Una chica dominicana, estudiante del doctorado en Literatura Hispanoamericana, respondió a mi correo electrónico de inmediato, fui con ella a cenar sushi, luego fuimos juntos a un congreso de mexicanistas en Nueva York y a otro en el mismo Princeton, sobre la izquierda latinoamericana. Hablamos mucho de literatura y un poco de la familia. Son estas excepciones las que deben convertir la vida en Princeton en una verdadera experiencia universitaria, de compañerismo.

Mi estancia de investigación duró un mes. Después de Princeton tomé unas vacaciones muy breves, y hace un mes llegué a Cholula. Este escrito es la manera de regresar a la biblioteca entendida como paraíso y recorrer el bosque alrededor del pueblo, Civitas Dei, para marcar con mi trayecto imaginario, el camino que le dé sentido a lo leído.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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