Lomé, historia de un amor

Cempazúchitl (Washington, DC)

Tenía que pasar. A la tercera visita, y después de haber arruinado una amistad de 10 años en el camino, tenía que tomarle cariño a ese hoyo del infierno olvidado de dios llamado Lomé. Lectores de mis dos entradas anteriores saben que el lugar huele feo, no está pavimentado, la gente orina en las calles, y la comida es intragable. También conocen mi opinión: el lugar está condenado a seguir en esa situación, o incluso a degradarse progresivamente.

Sigo creyendo lo mismo, pero ahora la suerte de Lomé ya no me es indiferente. Me pasó lo que menos quería: dejar de ver estos lugares como pasos en mi carrera profesional y tener sentimientos hacia ellos. Finalmente me rompió el corazón que, a cada lugar que llego, la gente saluda diciendo “bon jour; bonne arrivée“. Es un excelente detalle desearle a alguien la bienvenida en cada saludo. Me conquistó el rainbow lizard (adongló en uno de los idiomas que habla esta gente) que todas las mañanas está en el restaurancito del hotel comiendo moscas y tomando el sol. Ya pude distinguir entre la calma de un domigo por la tarde y un lunes por la mañana a pesar de los vidrios polarizados y el aire acondicionado de la camioneta del trabajo. Por fin tuve el valor de tomar uno de los mototaxis para ir al trabajo y constatar que, efectivamente, Lomé huele mal y se está cayendo a pedazos pero la gente hace lo mejor que puede. Como la mayor parte de la gente en el mundo. Fue un error afortunado de la maldita secretaria que el chofer no llegara por mí ese día: finalmente pude sentir Lomé, y sudarla y humanizarla.

Este no es un amor de igual a igual, sino uno más cercano a la lástima y a la caridad. No puedo sentir un amor genuino por un país en el que los contrapartes no puedan expresarse con libertad porque el Sr. Ministro tuvo a bien ponernos un “backbencher” que no es más que una soplona que controla el flujo de información. No puedo sentir pasión por un lugar en la que el “personal técnico” ignore los elementos básicos de su oficio o información que debería ser crucial para ellos.

Hay una razón adicional por la que no puedo querer a Lomé como se quiere de verdad: la  ciencia. Cada vez hay más evidencia econométrica (que es la única que cuenta en las ciencias sociales) de algo que yo intuía desde la primera vez que fui a África del Oeste: el comercio de esclavos destruyó el tejido social de la región por completo y no se ha podido regenerar porque el Estado no se ha erigido en rector de la vida nacional. En esto tienen culpa las potencias occidentales, que, en parte por pereza, pero también porque los buenistas imbéciles de siempre se apoderaron de la agenda de la descolonización en los años 60, no crearon las estructuras administrativas para que el Estado pudiese tomar las riendas del desarrollo nacional. En Lomé no hubo, ni habrá, húsares negros de la República. Tanto en Nigeria como en Lomé me ha tocado oír hablar de “reyes tradicionales” que compiten con el  Estado por la legitimidad popular. En una población llena de analfabetas funcionales (o analfabetas a secas), y donde la falta de electricidad es la mejor aliada de la superstición, los reyezuelos tienen todas las de ganar.

Como quiera que sea, ya no será un suplicio cuando se haga de mi conocimiento que hay que ir a Lomé, lo cual me hará más llevadero el año de contrato que me queda. Y eso, creo yo, es positivo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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