Epílogo a otra historia

Las he visto en un par de ocasiones: siempre en el aeropuerto de Addis Abeba, haciendo cola para tomar el vuelo del domingo por la noche que va de Addis a Dubái, con esa patética combinación de cara de niña pobre, vestido negro islámico y ese velo de color que eventualmente se volverá negro cuando lleguen a Dubái, o Abu Dabi, o Riad.

 Algún día las tenía que ver regresar. En este viaje, en el camino de Seychelles a Togo, me tocó pasar por Dubái y pernoctar en Addis Abeba. Y ahí estaban en la sala del aeropuerto de Dubái: listas para volver a casa.

 No llenaron el avión, como me ha tocado verlas hacer cuando se van. Algunas compañeras quedarán en el camino, o simplemente vuelven en otro vuelo. Tampoco vuelven a casa vestidas de negro: el color de los velos se extiende ahora por todo su cuerpo, que van de fiesta para ver a las familias que las despedían con gritos histéricos en el aeropuerto.

 Son las niñitas musulmanas etíopes que salen por montones de su país cada domingo por la noche para trabajar como sirvientas en casas de jeques. También ellas vuelven a casa, como lo hacen todos los héroes desde Odiseo. Se ve en sus rostros cansados la satisfacción de haber visto el mundo y, acaso más importante, haber mandado dinero a casa. Algunas, me imagino, se habrán hecho amigas, como las dos con las que compartí asiento y fueron tomadas de la mano todo el vuelo; otras habrán roto su amistad. Algunas volverán a Arabia, y otras se quedarán en casa. En cualquier caso, todas vivieron su épica, que es algo que todos los humanos tenemos derecho y obligación de hacer: salir de casa, pelear, y volver (o no; eso depende de cada quién).

A pesar de lo que decían las necias de las azafatas, tanto en el aterrizaje como en el despegue las vi pegadas a las ventanas, viendo ese último pedacito de mundo exterior. Ni los rascacielos ni la isla con forma de palmera de Dubái les merecieron mayor exclamación; pero cuando el piloto anunció que llegábamos a Addis, sus tres luces y oscuridad casi absoluta les arrancó suspiros de admiración y gritos de emoción. Así son los regresos: la nostalgia nos pone lentes que todo distorsionan.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Addis Abeba, Lomé, Victoria, Washington. Guarda el enlace permanente.

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