Todos los mundos, el mundo

Pablo (Madrid)

Hoy me ha pasado algo que me ha alegrado la mañana de una manera que no te imaginas. Aburrido, cansado, con mis parpados de plomo como espejo de mis noches alumbradas, vagaba entre noticias y datos y opiniones que ya no recuerdo, todo con tal de no tener que forzar que mi atención se centrara en aquello que, por desgracia, me da de comer. La inercia de la mañana me lleva a los periódicos pero pocas veces me detengo a leerlos.

Así comenzaba el relato que improvisadamente mandé en esta mañana en que Madrid se paró y pareció la ciudad desconocida que una vez llegó a ilusionarme. El relato no lo seguiré escribiendo por preservar la singularidad de haberlo concebido para que sólo fuera leído por una persona. Además, no es tan importante.

Y luego, tras escribirlo, leí un artículo, sin querer, porque me lo recomendó alguien que sabe recomendar, hablaba de Casablanca y estaba escrito por uno de esos Ricks modernos que no van de traje y tienen más barba, uno de esos escritores no tan conocidos y de los que sólo las inteligentes se enamoran por antihéroe cotidiano, por romántico lleno de cicatrices, el perfecto biógrafo de Rick, alguien con una herida sangrante por encima de todas las demás, alguien que escribe “Entonces sufre el golpe que todo hombre experimenta al menos una vez en la vida: ver el pasado mudando en presente” y no se preocupa por que otros que saben leer lo vayan a leer.

Y luego, ya fuera del artículo, me encuentro una foto, una que tarde o temprano habría acabado viendo, aunque por cómo llegué a ella, no debía haber sido ahora. Era la foto de uno de los más maravillosos abrazos que he visto nunca. A ella no se le veía la cara, sólo su negra nuca y su pelo largo, a él sólo su sonrisa de ojos apretados, la foto posaba sobre cuatro brazos enroscados como serpientes alrededor de los dos cuerpos. Los que no supieran leer fotos pensarían que son novios, cualquier mirada tranquila también, yo, que los conocía, sabía que no, por lo que vi aquel abrazo como una expresión aún más sentida de lo que pretendía mostrar el anónimo fotógrafo y de lo que intuían mostrar ellos y en la que al fondo sólo había lejanía.

Y luego volví, había olvidado un detalle de mi relato inicial que, sin ser esencial, sería del agrado de mi lector. Completé el texto y regresé al libro del que en él hablaba, uno que tenía a mi lado, muchos años después, Todos los mundos, el mundo. Al ver de nuevo la portada me di cuenta de que se me habían encogido las manos, el rostro y el habla, y en ese proceso no me había movido de mi silla, donde ahora permanecía inmóvil. Al levantar la mirada me topé con un mapa de la región de Madrid y sólo vi lo único que en esos momentos se puede ver, todos los mundos, el mundo, mi mundo, y entonces me fui, a algún sitio donde no me viera nadie, donde no tuviera que pensar que estoy en un sitio que me da de comer, a encogerme aún más, a leer ese libro.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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