Cómo conocí Madrid

Pablo (Madrid)

A diferencia de lo sucedido en otras ciudades, Madrid la conocí sin intención de conocerla. Tardé mucho en salir a explorar y encontrarme lugares, pasaron meses hasta que me logré situar y años hasta poder identificar barrios en el mapa, y nunca me preocupé de ello mas que para ahorrarme la vergüenza de tener que preguntar, especialmente a mis amigos. Al principio recordaba los sitios no por sus nombres, sino por detalles como este es el sitio donde, aquí hicimos qué.

Y esto sucedió hasta que por diversas circunstancias no me quedó más remedio que conocerla, pero no al estilo romántico-literario de cafés, calles raras y situaciones imprevistas. Conocí Madrid a base de kilómetros y pat(e)adas, andando en busca de habitación, cada poco tiempo y por muchos barrios. Cada casa era más horrible que la anterior, con precios más increíbles y elevados que los anteriores, en calles que ignoraba que podían existir. Después de decenas de pisos y más mudanzas de las necesarias, acabé asentándome en una casa, que al final abandoné para llegar a mi piso actual, del que, después de todo lo vivido, sólo me iré si dejo la ciudad.

Sólo al acabar de asentarme en el piso anterior me percaté de un detalle en el que no me paré a pensar hasta mucho después, cuando lo hube comprobado con mis piernas. Conocía la ciudad, me orientaba sin necesidad de mapa, podía dibujar distritos enteros de memoria y ni siquiera quería hacerlo, simplemente, lo hacía. Ahora no tengo problema en orientar a un amigo extranjero y ya me resulta más complicado perderme porque en la mayoría de casos sé dónde aparecerá una arteria principal o una calle importante.

Acabé estafado o eligiendo mal, o ambas. Me topé con los inquilinos y propietarios más estrambóticos que podía haber imaginado conocer aunque sólo fuera durante 10 minutos, como una abuela con muletas y nulo sentido del riesgo, un argentino ultrarreligioso, una mujer china que daba masajes ilegales, unas gemelas de 50 años a las que confundí mientras me enseñaban la casa o una chica francesa que me enseñó el piso en sujetador. Todos ellos enseñando una rareza bajo la falsa impresión de la cordialidad del vendedor, todos en unos minutos, encontrados por azar en horas o días sucesivos, pareciéndome la sombra de un teatro de variedades.

Y al final, tras todos ellos, estaba Madrid.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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