Niamey

Cempazúchitl (Washington)

Algún día, eventualmente, dejaré de trabajar en África Subsahariana. Ese día, me preguntaré qué me dejó el continente. En caso de que no tenga una respuesta, sé que estos textos quizá me ayuden a encontrarla. Así, soy el yo del presente que le habla al yo del futuro que buscará respuestas. El yo del presente obviamente entra en contacto con el yo del pasado.

Niamey, Lomé, Lagos, Kinshasa, Ouagadougou, Dar Es Salam (Darusalán, en cubano), todos esos son nombres que me llevan al pasado marxista de la preparatoria, a la lectura como dogmas de fe de la Tricontinental, Fidel y los no alineados; socialismo o muerte, seremos como el Che. Nombres que en los años 60 evocaban la esperanza ahora son la encarnación del apocalipsis: capitalismo posmoderno sin un Estado capaz de regularlo, y “ciudadanos” que piden democracia sin tener un nivel funcional de lectoescritura. Cientos y cientos de declaraciones con nombres de capitales africanas proclamándose a favor de la solidaridad, contra el capitalismo, y apuntalando, una vez más, el deseo de avanzar hacia la unión africana y de los países no alineados. El error de Cuba no fue haberse declarado marxista, sino pretender liderar a los africanos en un movimiento alternativo. Creyeron  los cubanos que, por tener clima tropical, tenían más en común con Guinea que con Checoslovaquia, y ahí tiraron todo el oro soviético que recibieron entre 1959 y 1991: en financiar Congresos de Solidaridad, premios artísticos, y guerrillas que no llevaron a nada.  Les hubiera ido mejor comprando la chatarra soviética y vendiéndola como fierro viejo después de la caída del Muro. Todos leímos las declaraciones de Fidel y del Che respecto al asesinato de Lumumba en la preparatoria. Todos creímos en la unidad africana (unos en la de Bob Marley, otros en la de Fidel, y unos cuantos más en la de Idi Amin). Ninguno conocíamos a África. Ninguno la conoce excepto yo. Ni siquiera yo la conozco: sólo vengo de vez en cuando y paso temporadas más o menos largas, la mayor parte del tiempo hablando con funcionarios públicos.

Níger es uno de los lugares más pobres del planeta. El Índice de Desarrollo Humano de la ONU lo pone en el penúltimo lugar en su clasificación (el último es el Congo Belga, ahora llamado “República Democrática” del Congo). Cuando estudié en Grenoble me hice amigo de un ingeniero que terminó en penúltimo lugar de su promoción. Él se consolaba con no haber terminado en último…

Después de Togo y Nigeria, mis expectativas eran bajas. Al final, me fui gratamente sorprendido dentro de los límites que te permite un país en el que no se puede dar un paso en la calle sin que la gente te mire con cara de fotografía de guerra de AFP y te pida limosna. Eso es lo peor que le hemos hecho a África: más allá del expolio de recursos naturales; de la intrusión de ONGs y organismos internacionales que no permiten que se consolide el Estado como institución rectora de la vida nacional;  del robo de  los pocos cuadros capacitados; de dejar a los africanos a su suerte con los chinos; de haber hecho de sus equipos de fútbol unas máquinas de romper piernas en lugar de explotar su picardía y rapidez naturales para que jugaran bonito; más allá de todo eso, lo peor que los occidentales hemos hecho en África es la institucionalización de la limosna como forma legítima de vida. Funcionario con el que hablas, funcionario que te pide viaje pagado “a donde sea que se haya implementado el programa para ‘aprender'”; oficial migratorio que te ve con pasaporte no oficial, oficial migratorio que te pide su “happy holiday” para poder comer; niño que ves en la calle, niño que pone ojos de refugiado y te pide un dólar (se molestan si les das un euro, los muy cabrones). Y así. La idea de que pedir limosna sistemáticamente es degradante para la dignidad humana no pega aquí. Y por eso el continente está condenado al subdesarrollo.

Hay tres cosas que me gustaron de Niamey.

1) El lugar no es un urban slum. A diferencia de Benin City o Lomé, Niamey no huele a alcantarilla, tiene unas cuantas calles pavimentadas, y no está lleno de mototaxis ruidosos y coches chinos viejos a punto de reventar. El hecho de que Níger sea un país mayormente rural y de que no llueva ayuda a que Niamey sea un lugar aceptable. Si se materializa el boom de exportación de petróleo y uranio, todo eso va a cambiar y Niamey eventualmente será igual de ruidoso, desordenado,  feo, y quizá tan maloliente como Lomé y Benin City. Mientras tanto, Niamey sigue siendo un pueblo (en el sentido de no ciudad) extremadamente tradicional: no hay mujeres trabajando en el gobierno y las pocas que vi en las calles estaban todas cubiertas (la mayoría de los habitantes del país son musulmanes). Por otro lado, al ser Níger el lugar donde chocaron la civilización musulmana con la africana, las combinaciones de los colores de la ropa son fascinantes: el velo musulmán negro tiene motivos decorativos, cosa que uno nunca ve en los países árabes, donde el negro es negro y punto; el traje musulmán de hombres para ir a la mezquita los viernes está hecho de colores vivos y no del blanco tradicional. Los críticos del velo islámico tenemos que reconocer que en Níger se le adaptó de tal manera que no anula la identidad de la mujer. Evidentemente, la estructura patriarcal, la falta de educación, y muchos otros factores hacen que las mujeres aquí sean un cero a la izquierda. Pero, al menos en este país, el velo no tiene la culpa.

2) El contraste de los colores. Tuve la suerte de llegar a Niamey después de la época de lluvias, y los nigerinos tuvieron la suerte de que este año lloviera mucho (excepto, obviamente, los que viven al lado del río Níger, que se desbordó y ocasionó que “muchas” familias perdieran todo; digo “muchas” porque evidentemente no hay un control estadístico de esas cosas). Todo indica que no habrá hambre este año, y quizá sobre un excedente para el siguiente. Eso hace que el contraste de colores sea fabuloso: el suelo polvoriento terracota de África del Oeste y el cielo intenso y transparente, casi blanco de Niamey, combinados con el verde de los árboles, hace que la ciudad sea una representación en vivo de la bandera del país. Blanco, terracota, verde, y azul se combinan para crear una combinación muy agradable a la vista. En ese contexto, la mezcla de los estilos arquitectónicos árabe y africano en las mezquitas dan un resultado extremadamente interesante.

Todo esto hay que tomarlo con un asegún muy importante: la ciudad es bonita mientras uno mantenga la vista fija al frente y vea sólo la calle. En cuanto se vuelve la vista a las “construcciones” y mercados, se da cuenta de que los paisajes y los colores no bastan para que la gente viva con dignidad.

3) La comida. llegué a Níger proveniente de Nigeria, donde prácticamente estuve una semana sin comer. Mis expectativas respecto a la calidad culinaria del país eran bajísimas. Me fui muy sorprendido. Si uno se queda en un buen hotel, la comida es fenomenal: brochetas de cordero, carne para aventar para arriba, frutas y verduras frescas, tagines suculentas. El problema es ese: uno sólo puede aspirar a eso si se queda en un hotel de lujo. No me quiero ni imaginar cómo comen los nigerinos en el día a día (entiéndase “día a día” como una figura retórica y no como una afirmación de que la gente come diario). El hecho de que la comida para los turistas, o los funcionarios internacionales -que no son más que otro tipo de turistas-, sea de super lujo en un país que un año sí y el otro también está en las noticias por pasar hambrunas da de qué pensar. Cuando uno toma conciencia de eso, la comida ya no sabe igual. Por elemental solidaridad humana, no se puede disfrutar una comida cuando uno sabe que a la salida del restaurante va a estar el niño (a lo mejor es más de uno, pero todos se ven igual) de los ojos de refugiado esperando el dólar y la fotografía del reportero francés.

En honor a la verdad, hay que reconocer que el gobierno nigerino hace muy buen trabajo manteniendo al niño ese lejos de los 2 restaurantes (dos) de la ciudad; están con este rollo de vender la “marca Níger” a los inversionistas y todo eso que hemos oído tantas veces en otros países. Eso hace que la comida se un poquito más disfrutable, pero igual te encuentras al niño dos cuadras después…

Antes de empezar a trabajar en África tenía la creencia de que el único placer carnal realmente disfrutable al 100% era comer. Todos los demás pueden ir bien o mal, pero comer siempre me había parecido una apuesta segura. Ya no. Ya sea porque la comida es incomestible, o porque el exterior hace que uno tenga remordimiento de conciencia, comer dejó de ser algo placentero.

Normalmente no tengo contacto con la gente “común” y Níger no fue la excepción. Lo que sí es que la gente me pareció extremadamente simpática. Manuel Vicent dijo en alguna ocasión que hay personas que tienen ojos de animal carnívoro o de animal herbívoro y eso define su carácter. En Níger me pareció que la gente tenía ojos herbívoros, de antílope del desierto, para ser más precisos: ojos negros, grandes, ágiles, pero al mismo tiempo esperando el ataque del depredador. Me cuesta trabajo creer que esos mismos antílopes después se vuelvan hienas, se enrolen en Al Qaeda, y secuestren y violen cooperantes lesbianas suecas, o asesinen a los periodistas franceses que le tomaron la foto al niño de la limosna. Me cuesta creerlo, y sin embargo así es.

Níger también ha sido el único lugar sin chofer memorable. Tuve a dos o tres, creo. No hablaban, no decían nada, sólo se limitaban a cumplir con el trayecto hotel-oficina-restaurant-oficina-hotel. La mañana del martes, le pedí a uno de ellos que fueran a comprarme la camiseta de la selección nacional. Algo debe haber cambiado en mí en los últimos meses que esta fue la primera vez en la que tuve una relación de superior-empleado con los choferes y ni siquiera intenté tener un acercamiento un poco más fraternal…

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Niamey, Washington. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s