Bye bye, Nigeria

Cempazúchitl (Washington, DC)

Tenía que pasar: eventualmente tenía que volver a Benin City. Son las fatalidades que nos imponen los contratos laborales; no vayamos a culpar al destino de esto, que ya bastantes culpas tiene que cargar el pobre.  En alguna ocasión, me tocó compartir asiento con un piloto de avión gringo que me dijo que África del Oeste era el Wild Wild West. Nigeria se ajusta a la descripción perfectamente.

Los mexicanos crecemos creyendo que nuestro país es el carnaval en el apocalipsis (o el carnaval que se alterna con el apocalipsis, según cada quién). Al menos tenemos carnaval. En Nigeria tengo todo el tiempo el estribillo de la canción La Barranca del grupo homónimo y su estribillo resonándome en la cabeza:

ten piedad de las almas humanas

que se despeñan en esta barranca

ten más piedad de mi pobre razón

que a veces se desarma

En Nigeria todo me salió mal: la primera vez que fui tenía la pierna rota, me robaron los zapatos (el zapato, en realidad) de la maleta, y sentí que todo mundo me quería ver la cara de pendejo. También fue la primera vez en que comer, un acto que, al menos para mí, es inherentemente placentero, se volvió doloroso y tortuoso. Recuerdo mi semana entera sin probar otra cosa más que arroz; la recuerdo porque esta semana también fue igual.

 Como siempre, uno empieza a conocer realmente a las personas y a los países después del segundo encuentro. En el caso de Nigeria, esta segunda visita tuvo muy poco que agregar a la primera: no vi ni una mirada de esperanza y las oficinas me parecieron igual o más oscuras, la gente, igual o más corrupta. Por si fuera poco, le perdí el poco respeto que me quedaba a los oenegeístas y buenistas trabajadores sociales que poco a poco han ido infiltrando a los organismos internacionales y han tergiversado su mandato.

Lo único bueno que me pasó fue una “backbencher” buenísima que me pusieron las contrapartes. Si fuera occidental, china, o japonesa, juraría que sus senos y sus nalgas son de plástico. Pero, como es de Nigeria, lo único razonable que puedo concluir es que es 100% natural. La pobrecita además era más tonta… que daba ternura más que otra cosa.  Nunca entendí cuál era su rol, si es que tenía otro más que seguirme e intentarme sacar información para irse de Nigeria “a donde sea”. Mi chofer también me dijo que lo que más quería en la vida era irse de Nigeria. No lo hará: tiene 45 años, 3 hijas, un trabajo estable, y ningún ahorro. Vivirá frustrado el resto de su vida, como quién sabe cuántos de sus compatriotas.

Nigeria sacó lo peor de mí como persona y como profesional. Sería una mentira decir que el lugar no me derrotó (sé que es una derrota porque ya no voy a volver más). Me consuela parafrasear a Saramago: las derrotas, esas vaya si enseñan, en particular a los que pusieron todo lo que eran y todo lo que tenían en ellas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Abuja, Benin City, Washington. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Bye bye, Nigeria

  1. Aletz dijo:

    Las derrotas dan las mejores historias…. a lo menos éste ha sido el caso desde que saliste de Washington. Soy fan de tus viajes africanos!

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