Túnez

Washington (Cempazúchitl)

Cada vez que voy a Túnez veo a la gente más cansada y menos entusiasta. No sé si sea un reflejo de cómo me siento yo mismo o si sea algo objetivo. En cualquier caso, mi impresión es que la revolución ya se está haciendo vieja: la gente no encuentra trabajo, los turistas europeos siguen sin venir, y nadie confía en nadie.

En cierta forma, los tunecinos que voy conociendo me recuerdan a los mexicanos de 2000: cuando el PRI salió del poder, muchos creíamos que la democracia y la alternancia en el poder eran la llave a la prosperidad. Nos tomó doce años entender (y muchos todavía no lo entienden) que, en este mundo, la democracia es un eterno purgatorio que fragmenta el poder y garantiza ciertos derechos fundamentales, no un primer paso hacia la riqueza material. Los tunecinos también creían que, con la caída de Ben Alí, se iban a venir las inversiones extranjeras, se iba a crear empleo, y todo iba a ser felicidad y armonía. Tortuosamente están descubriendo que la caída de dictador quiere decir que ya no hay una fuerza regidora en la vida política nacional, y que eso significa que los rivales tienen que empezar a negociar unos con otros, muchas veces en temas tan “apasionantes” como la regulación de los procesos de compra pública, o la creación de una comisión para regular la transparencia y el acceso a la información gubernamental. Hacer la revolución es fácil; lo difícil es gobernar (es decir, trabajo burocrático) de forma tal que todos los actores sientan que el proceso es legítimo y representativo.

A eso hay que sumarle a los islamistas, que organizan de vez en cuando pogromos en bares occidentalizados y a cada oportunidad intentan meter enmiendas de corte fundamentalista en la constitución de uno de los países más seculares en el mundo árabe. Cuando Túnez vuelva a ser un país secular, y volverá a serlo, se le reconocerá a los dictadores del siglo pasado su sesgo modernizador y sus programas para separar al Estado de la religión. Cuando salieron las chicas con velo a pedir democracia, los buenistas de siempre se entusiasmaron, y los tunecinos creyeron que sólo bastaba con ir a las urnas para que se hiciera su santa voluntad. Muchos dijimos, y seguimos sosteniendo, que la democracia no es compatible con el velo; que las mujeres que dicen portar el velo por gusto, en realidad tienen un temor inconsciente de su entorno cercano (familia, amigos), que en el mundo árabe llega a ser asfixiante a niveles que no se ven en Occidente desde hace 80 años por lo menos.

Es difícil decir a dónde va Túnez. En principio, debieron haber elecciones este mes. En la práctica, la Asamblea Constituyente sigue debatiendo el texto constitucional. Estúpidamente, se pusieron un límite de un año para promulgar la nueva Constitución, por lo que el proceso y la propia Asamblea corren el riesgo de ser considerados ilegítimos una vez que se llegue a la fecha límite. De ahí, quién sabe qué puede pasar. Si hay algo que los partidos políticos tunecinos aprendieron rápido de las democracias maduras es a llevar la situación al límite esperando que el rival ceda en el último segundo. Eso funciona, con sus asegunes, en países serios y consolidados como Estados Unidos, Francia, o el Reino Unido. En otros, esa estrategia es miope y mezquina.

En mi primer texto sobre Túnez dije que el país no tenía vocación de nada. Me equivoqué. En realidad, Túnez es el canario de la mina. Si logran vencer a sus demonios islamistas e integrarse plenamente en lamodernidad, serán un ejemplo genial para otros países árabes; si no lo logran, también serán un ejemplo para los demás, aunque negativo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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