Ansioso-depresivo

Aletz (Cholula)

Esto de estar solo es nuevo para mí, antes vivía con Deni. Viví con ella seis años y conocimos mucha gente. Hubo momentos difíciles, pero ahora no los recuerdo, recuerdo sólo lo bueno. Nuestra relación continúa pero a la distancia, en Skype y en correos electrónicos. Durante el día me enoja que ella no esté aquí o que yo no esté allá y continuó el diálogo con todo lo que no le he dicho ni quiero decirle. Me encabrono solo y de tanto encabronarme el cuerpo se me llenó de ronchas. Ahora escribo con ronchas en las manos, en el cuerpo, en los pies, en todas partes. Son ronchas que me dan comezón, me arden y me dan miedo.

He ido con doctores, el primero me dio medicamentos, el segundo me dijo que estaba estresado, triste y sin apetito. Mejor dicho eso fue lo que le dije yo, y él lo tradujo en una receta médica y el diagnóstico ansioso-depresivo.

Me tragué las pastillas y nada. La última vez que fui a verlo sacó un libro con fotografías de ronchas y daños en la piel, revisó cada una de las fotos sin dar conmigo.

“¿Ya fuiste a ver a un derma?,” me preguntó, a ese le pago cuatrocientos pesos la cita.

Fui. El “derma” fue el primero que me atendió. Me cobró setecientos pesos por rasparme la piel con un palito de metal. Dijo: neurodermatitis y me dio los medicamentos, seguí igual. Ahora otro derma, más dinero, más medicina, más mierda.

Fui a correr a mi antigua universidad como método alternativo. Di vueltas alrededor de un campo de futbol, no recuerdo si fueron quince o veinte, en fin, vueltas. También compré un té tranquilizante de sauco y tila. ¡El famoso té de tila! No me ha quitado una sola roncha, pero al menos ya no me meto más mierda.

Nuestra generación tiene un problema con la medicina, de niño mi madre no se preocupaba en comprarme hasta tres cajitas de pastillas si el médico lo señalaba. Ahora nos dan miedo, lo cual en realidad no tiene sentido, si comemos comida enlatada, envasada, calentada en microondas, tomamos bebidas llenas de azúcar, qué mal nos pueden hacer las pastillas. Todd tomaba hasta hace poco pastillas para dormir, pero su caso era terrible porque adquirió la adicción. Eran las dos o tres de la tarde, nos despedíamos en el Starbucks y le preguntaba qué era lo que iba a hacer, hacía un gesto de tedio y me decía:

“Quizá me tome una pastilla para dormir.”

Si no tenía nada qué hacer, si la tarde pintaba como para pasarla solo, si no había nada bueno en la televisión, o sea, si era un tarde normal, se iba al mundo de los sueños. Doce o catorce horas en ese otro reino y para éste quedaba, como decía Deni, “en calidad de moco”. Su doctor lo dejó hecho un moco, y del remordimiento de conciencia y del miedo a matarlo de un escurrimiento, un día le dijo:

“Te voy a recetar algo que no le he recetado nunca a nadie.”

Y Todd despertó, un poquito, un pestañeo, para escuchar como si estuviera todavía soñando que su doctor le ordenaba que dejara las pastillas y que, cada noche, antes de irse a dormir, se fumara un churro de mariguana.

“¿Sigues en contacto con alguno de tus alumnos?,” le preguntó el doctor.

“Sí, con varios.”

“Pues dile a uno que te ayude.”

Problema resuelto. En menos de medio año su terraza tiene las plantas de mariguana más bellas que he visto en Cholula, algunas tienen hasta cuarenta o cincuenta centímetros de alto, los tallos enhiestos, las hojas puntiagudas y de un color verde fosforescente que hasta los pájaros vienen en grupo a pasearse. Fuma un churro por noche y duerme como un ángel. Diosito que nos pone la cura en todas partes y nosotros le hacemos caso a las serpientes.

Quizá mi té de sauco y tila sí funcione, por qué no, quizá sea mi regalo de Diosito, y también podrían ayudarme las veinte o treinta vueltas alrededor de la Udla, y pensar positivo e imaginar el día en que regrese Deni, en diciembre, para después volver a irse, tomar más té de tila, dar más vueltas y pensar en el verano, cuando nos veamos de nuevo y después ella tenga que irse. Otra opción es ir con el “derma”. Y otra, es empezar a conocer más gente, salir con mis ronchas al cine, a un café, a un bar, y rascarme hasta que los otros piensen que estoy leproso o con sarna, y pueda reírme yo en sus caras y decirles que no hombre, que sólo estoy ansioso-depresivo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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