Un recuerdo y un presagio

Aletz (Cholula)

Carlos Fuentes siempre fue macho alfa y México, un país de acomplejados; la relación perfecta. A los treinta años, nos dio nuestra primera novela citadina, en la que todos (los que leían) podían sentirse identificados. Cuatro años después hizo lo que pocos se habían atrevido hacer hasta entonces, le dio palo a la Revolución. Escribió también Aura, y quién no supiera para entonces que él era la literatura mexicana, estaba ciego, pendejo o no quería ver. Este Carlos Fuentes, lleno de sí, es decir, de literatura, fue quien llegó, una mañana, al pueblo de Cholula.

No venía solo, Fuentes nunca estaba solo y nunca eran sólo mexicanos quienes lo acompañaban. Por las fechas de su viaje, a mediados de los años sesenta, seguramente debió haber ido con él José Donoso, a quién Fuentes hospedó en su casa durante varios meses mientras escribían en las mañanas, cada uno en su parte del jardín, y festejaban en las noches. “Toda la picaresca literario-plástica-cinematográfica-teatral-social de México, además de la internacional, desfilaba por la casa de Carlos Fuentes y Rita Macedo,” escribió Donoso. “Pasaban editores de los Estados Unidos, agentes literarios, directores de películas, de revistas, de empresas. La Tongolele asistía a las conferencias de los escritores mexicanos de la nueva hornada en Bellas Artes, toda curvas, postizos y zorros teñidos color de rosa.”

Cholula debió sentirse impresionada con sus visitantes. Pocos podrían haber dicho entonces que se trataba en realidad de un presagio, como los tres funestos que tuvo Moctezuma, de la próxima invasión de los rubios. A los pocos años, se instaló en ese mismo lugar el Mexico City College, convertida después en la Universidad de las Américas, una universidad de gringos y mexicanos ricos.

Fuentes visitó Cholula con sus amigos y lo que más le llamó la atención del pueblo fueron los perros. En el convento de San Gabriel, la Iglesia de la pirámide, los arcos y el zócalo con su plancha enorme, los perros estuvieron siempre con ellos. Y cuando Fuentes puso a Cholula en el inicio de su novela Cambio de piel, abarcándola toda como era su costumbre, desde las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y de Sahagún, la impresión de Cortés y los conquistadores al verla desde el camino a Tlaxcala, la masacre como una muestra de lo que vendría después, los muros almenados alrededor del convento construido por los primeros franciscanos, y hasta el atrio enorme “apenas roto por tres fresnos, dos pinos”, que yo más bien creo que son encinos y cuatro, lo primero que describió, o en su caso podríamos decir, lo primero que iluminó su inconsciente literario, fueron los perros.

Ahora esos perros ya no existen, los mataron, se los llevaron en la noche y los pasaron a cuchillo. A mi perro no se lo llevaron porque estaba adentro de mi casa, era, bajo los criterios globales de la propiedad, mi perro. Pero los cholultecas, hasta hace poco, no sabían de criterios globales. Sus perros nunca vivían en sus casas, las merodeaban, se sentaban bajo el marco de su puerta durante el día y en las noches se lanzaban a matar cristianos. Se juntaban en jaurías y nunca invadían la calle de una jauría enemiga, y si lo hacían era por error o idiotez porque el invasor terminaba hecho una piltrafa. Yo, cada vez que regresaba de una fiesta, me llenaba las bolsas de piedras. La jauría de mi calle ya me conocía e incluso llamaba a uno que otro por su nombre, pero las otras eran puro odio. Bastaba con haber abierto la puerta de la casa, y en una esquina, en el suelo, hacerle un lugar al perro para que las autoridades hubieran entendido. Pero no lo hicieron, y los cholultecas lloraron y se enfurecieron contra el gobierno y en algún momento creí que de puro coraje y envidia iban a matar a mi Negro.

La masacre de perros dejó al inicio de Cambio de piel como una imagen del pasado, un recuerdo del que aún pueden adivinarse rastros, pero que ya no es real. Cholula ya no es de perros. Por otra parte, el grupo de amigos de Fuentes, “el joven rubio y barbado” que manejaba el Lincoln convertible, y que debe ser el chileno José Donoso, fue un presagio de lo que después vendría. A Fuentes hay que verlo así, como un recuerdo y un presagio, pasado y futuro, un todo que de tanto serlo explotó en historias sin trama y sin sentido como lo es la misma Cambio de piel, y ya ni se diga Terra Nostra. Fuentes es/fue la literatura mexicana, así como Cholula sigue siendo un pueblo de masacres.     

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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