De vuelta a Lomé

Cempazúchitl (Washington, DC)

Bendito verano: hace que Lomé se vea menos feo y deprimente de lo que es.

En alguna ocasión escribí que la mejor época del año para morir debe ser entre septiembre y octubre: “el recuerdo del verano todavía está fresco y uno no perderá, como siempre se pierden, las mil batallas que, a diario, nos ponen el otoño y el invierno.”

El verano también hace que Lomé no parezca el rincón olvidado de dios que es -cada vez más, por cierto. Ubicado en la costa sur de África del Oeste, donde las corrientes marinas del polo sur llegan directas y los vientos del norte llegan sin barreras, la ciudad está nublada la mayor parte del año salvo algunos días del verano, en la que el sol hace los paisajes urbanos un poquito más amables. El hedor a alcantarilla, presente en toda la ciudad y a todas horas, no se quita con el sol. Si acaso es lo contrario. Una búsqueda rápida en Google Images de las palabras Lomé Togo muestra una ciudad pobre pero con sol. Es una mentira: Lomé está nublada la mayor parte del año. El arte de presentar a la capital como una ciudad nublada es, acaso, una de las dos cosas que los togoleses copiaron a los franceses, que también se empeñan en presentar a París como lugar lleno de sol, cuando en realidad es un lugar en el que llueve todo el año y en el verano “sólo” hay nubes todo el tiempo (en caso de que les interese, la otra cosa que los togoleses heredaron de los franceses es su contabilidad gubernamental y su sistema administrativo, que favorece la opacidad y la burocratización de la administración pública).

Ir a Lomé es triste no nada más por lo que uno ve, sino por lo que pudo llegar a haber sido. Uno se da cuenta de eso conforme va conociendo al país. Los especialistas en relaciones y comercio internacional quizá recuerden la famosa Convención de Lomé, que creó el bloque de países ACP, que todavía reciben ciertas subvenciones y ayudas especiales de la (des)Unión Europea. Hasta mediados de los 80, a Lomé se le conocía como “la petite Suisse d’Afrique“.  El centro de la ciudad está lleno de edificios gigantescos y bombásticos, de corte futurista y con toques africanos (sí, hubo una época en la que hubo un estilo arquitectónico africano; era la época en la que había dinero). Los togoleses esperaban algo mejor; de lo contrario no hubieran gastado tanto dinero en edificios que ahora están ocupados a media capacidad, con la pintura caída, y llenos de ratas en los lugares vacíos. La arquitectura es, quizá, el arte que mejor nos habla de las expectativas de futuro de un pueblo en determinada época del tiempo.

Es increíble cómo un país tan pequeño y ahora tan insignificante tiene problemas tan complejos. Los togoleses todavía tienen muchos problemas de corte premoderno que resolver: cuestiones tribales, religiosas y lingüísticas que tendrán que ser saldadas cuando el presidente actual salga y/o el ejército se quede sin recursos para arreglarlas a la fuerza. A eso se le agregan problemas posmodernos tecnocráticos con los que estados más ricos y desarrollados apenas pueden lidiar, del tipo regulación de monopolios, licitación de compañías eléctricas o telefónicas, etc. Todo eso se adereza con falta de capacidades técnicas modernas por parte de los funcionarios del gobierno, como contabilidad o alfabetismo funcional. Cuando le comenté esto a un colega francés lo único que atinó a decir fue: Mais on peut pas travailler comme ca! 

Durante mucho tiempo circuló en la red una anécdota en la que Stanley McChrystal, ex-dirigente de las fuerzas armadas estadounidenses y de la OTAN sacó un diagrama complejísimo en medio de una reunión y le espetó a los asistentes: “cuando entendamos este slide, ganaremos la guerra.” Los Partidos Anti-Power Point del mundo han utilizado la anécdota para promover su plataforma política. Me temo que Togo requiere un slide parecido al de Afganistán, pero no está (y me temo que no estará) en el radar prioritario de nadie.

Y es que aceptémoslo: de no ser por los flujos de ayuda que recibe del exterior, el Estado togolés (y con él el país en su conjunto) estaría colapsado. La complejidad de la que hablé  hace que caulquier contribución a Togo sea meterle dinero bueno al malo. Conforme la situación de los donantes se agrave, llegará el momento en el que tendrán que prioritizar: entre apoyar la reforma de la administración contable de Togo, que no va ningún lado, o poner paneles solares en Ghana, que mal que bien está creciendo y cuyo gobierno presenta una fachada más o menos decente, es evidente dónde pondrán su dinero los donantes.

Y lo peor: los togoleses no irán al Mundial, ese bálsamo que cada 4 años tienen algunos países africanos.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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