Crimen y Castigo

Aletz (Cholula)

Sonia también se llamaba Sofía y Sonechka. Era la hija de un borracho que murió atropellado y de una loca que, a pesar de estar en la miseria, se negaba a sentarse a lado de su casera porque decía que ella no era digna de Katerina Ivanovna Marmeladova. Katerina obtuvo su pretendida nobleza al bailar, en sus quince años, con un conde. No me acuerdo de su nombre, pero al término del baile el conde le dijo al oído a la Marmeladova, “qué guapa está usted,” y desde entonces todo se tornó en desgracia: un borracho como esposo, una prostituta de hijastra y un hijo al que debía lavarle los calzoncitos cada noche para que sus compañeros de escuela no se burlaran de él diciendo que olía a popó. ¡Lavar la ropa a las doce de la noche en San Petersburgo! ¡A menos de veinte grados!  ¿Cuánto tiempo podía aguantar Katerina Ivanovna? Era una locura. Pero se negaba a sentarse a lado de su casera, a la cual por cierto le debía más de un año de renta, porque no estaba a su altura. Esa era la madrastra de Sonia.

Zakharovich Marmeladov, ya se ha dicho, era un borracho, un pusilánime, una mierda. Cuando el conductor intentó sacarlo de su camino con un latigazo a media cara, Zakharovich pensó que le habían tocado el hombro, se volteó y por encima le pasó el carruaje. Mejor para él. Zahharovich había vivido para ver a su hija partir a la medianoche con el rostro pintado y sin bragas —unas menos que lavar—, y en lugar de detenerla se había echado a llorar como un niño, hasta que quiso tomarse otro vodka.

“¡Tu hija es una puta y aún así le robas su dinero, Zakharovich Marmeladov!”

“No le grite así, Katerina Ivanovna,” pedía Sonia.

“Cállate puta,” y apenas había dicho la última palabra, Katerina Ivanovna se fundía en llanto y manchaba el pañuelo del conde con su sangre.

¿Qué hacer, Sonia? Las cosas no podían estar peor, no podían seguir así. Tenías que buscarte un hombre, alguien que te respetara, alguien noble y, de paso, con dinero. Al final encontró uno, un joven inteligente y asesino: Rodion Romanovich Raskolnikov. Dos mujeres muertas a machetazos, la anciana con medio filo en el cuello y la otra con el machetazo a media cabeza, esa era su historia; la mujer había alzado las manos y encogido los hombros como si así pudiera contener el golpe; encantado Rodia.

Padre difunto, madre tuberculosa, hermano cagón y ella prostituta, ¿se iba a poner los moños con su pretendiente? Pues sí, se los puso.

“Tienes que entregarte a la policía, Rodia,” le dijo Sonia. Y el otro se desternilló de risa, luego la miró con odio, al final se hincó ante sus piernas que olían todavía a semen.

“No puedo.”

Y en ese momento de llanto compulsivo, cuando los ojos azules de Sonia se fijan con misericordia en los rizos castaños del asesino, es cuando me digo: necesito a esta mujer, quiero sus ojos hundidos, sus labios secos y encendidos, su mano en la mía, la quiero en los últimos momentos de mi vida diciendo:

“No hay de otra. Nos morimos solos.”

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Cholula, Montreal. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s