Neue Nationalgalerie

Guille (Berlin)

A Pauline y Julián Herbert
Todos los domingos iba al club de abuelos a jugar al chinchón; hacía un biscochuelo y lo
llevaba envuelto en un repasador. Se pasaban la tarde jugando y charlando con los otros
jubilados, y fue ahí donde Matilde, una de sus amigas y compañera de yoga, propuso el viaje
a Europa.
Era uno de esos packs típicos donde hacían en un mes una decena de países. Matilde mostró
unos folletos que le habían dado en la agencia. Podían viajar cuando quisieran (ella proponía
julio), si lo hacían en grupo de más de diez el precio bajaba considerablemente y hasta podían
pagar en cuotas.
María se imaginó por unos segundos en el avión. Su hija mayor se acababa de separar y había
desembarcado con sus tres nietos en la casa, su hijo se había ido a vivir a Punilla, los otros
nietos la visitaban de tiempo en tiempo, su esposo habia muerto muchos ans atrás.
Se sentía sola, como pensaba que debía sentirse una señora de su edad. Serenamente rutinaria,
todos los días el mismo pedacito de pan, con dulce, té y al mediodía bifes con ajo, puré de
batata. Después miraba mucha television, noticieros, a la noche Susana Gimenez, hablando
sola: Cuando sabía una respuesta la gritaba con los puños hacia la pantalla.
Al domingo siguiente, ya cuatro abuelos estaban entusiasmado con el viaje: Doña Giraudo,
que había viajado a España cinco años antes, la recientemente jubilada Balcells, Amelia Días
y Amelia Masarico.
Descendiente de piamonteses, María no conocía Europa, y había tomado el avión una o dos
veces en su vida, para ir a Buenos Aires y una vez a Montevideo. Los hijos le insistieron en
que aceptara la propuesta. El dinero no era un problema, en esa familia donde no sobraba ni
faltaba nunca demasiado.
Gracias a un comercio familiar, llevaban una vida mas bien desahogada.
Así que llamó a Matilde y le dijo que ella también se sumaba y quedaron en reunirse al
miercoles siguiente.
Se juntaron en la casa de María, que había pasado también por la agencia y tenía folletos,
fotos y promociones.
Y cuando menos se dieron cuenta, ya había llegado el momento de partir. Tenía el pasaporte
nuevo, el rollito de dolares y la riñorera.
Todo fue tan rapido que recién en el taxi empezó a pensar en Europa. Casi toda en blanco y
negro, mientras avanzaban hacia Pajas Blancas, iban surgiendo torres, callejuelas, mujeres en
vestidos elegantes.
En el hall de entrada se encontró con el grupo. Casi todos tenían remeras blancas, como si
fuera un uniforme. María se había puesto una camisa color durazno y su cara estaba brillosa
de cremas y cremas que le daban a su piel ese perfume tan especial que sus nietos recordarían.
Eran como niños, jugaban a quitarse el pasaporte, mirarse las fotos, invariablemente
vergonzosas. Hacían cola india después de despedir a los parientes.
Todos los hombres tenían gorritas con biseras, todas las mujeres sombreros blancos de paja o
de tela verde cazador.
María se sentó al lado de la Negra, que traía una colección de revistas Gente para el viaje. Ella
que pensaba en todo, no había pensado que haría durante el viaje, le habían dicho que podría
ver peliculas, y eso le había parecido suficiente. Pero claro, no vería doce horas de peliculas.
Vio una parte de “Duro de Matar” sobretodo porque no sabía como funcionaba el menu de la
pantalla y era la primera que salía.
La primera ciudad fue Roma, que la hicieron en dos días. Los guiaba Francesca, una italiana
que hablaba el español con un acento fuerte, usando el “vos” y haciendo sonar las y o las ll
como una porteña.
Había sido novia de un argentino durante cinco años, y mientras los viejitos paseaban por
Roma, acompañados por su voz solitaria, ella pensaba en el chico. Que se llamaba Aristides,
tenía ojos verdes y la había dejado después de un viaje desastroso a Palermo.
Agotadisimos al atardecer, se metía cada uno en su habitación. De donde salian diez horas
después, frescos y lavados como si hubieran pasado la noche en la picina de coccoon.
Segundo día de paseo por Roma, con la voz de fondo de Franseca, que había cambiado su
vestido blanco y sus botas por una camisa azul y jeans, pero llevababa la misma voz.
Noche profunda en el hotel (los ancianos dormían como nunca). Y a la mañana salieron
temprano hacia Barcelona.
Fransesca, que los había acompañado al aeropuerto y se encontró con todo el dia libre, fue
hasta su pequeño departamento en Fiumicino, se hizo un té y se largó a llorar con la cabeza
entre las manos.
Dos dias en Barcelona, donde fueron acompañados por una guia argentina.A la mayoría la
ciudad le gustó menos que Roma, pero lo que pasó sobretodo es que la sensación de viaje se
atenuaba despues de varios dias en Europa y el cansancio empezaba a jugar.
Pidieron un día de descanso y lo utilizaron para quedarse en el hall del hotel jugando
chinchon y salieron a pasear cerca.
Al día siguiente, nuevamente refrescados, salieron hacia Berlin. Después de una presentación
de la ciudad en Postdamerplatz a cargo de una morocha con un español duro, entraron al
museo de arte contemporaneo. Había una muestra de Gerhard Richter.
A María le gustaban los cuadros hiperrealistas, como una foto ligeramente borrosa. Y se
quedó después atenta, asomada a los reflejos repetidos de una superposición de cristales, que
el artista había dispuesto entre dos cuadros al acrílico.
Después cansada se sentó en una sillita contra la pared. Entonces ocurrió el momento más
importante de su vida: Un japonés le hizo una foto. La miró de arriba a abajo y le hizo una
segunda toma. Ella, entre asustada y sorprendida, asentuó su inmovilidad y los otros japones
empezaron a fotografiarla. Se sentía Susana Gimenez y se quedó durisima donde estaba, al
lado de los vidrios.
Los japoneses pasaron y ella se quedó así, porque un hombre alto, rubio, la escultaba con
atención.
Sus colegas de excursión la habían dejado atrás. Salieron del museo y recién se dieron cuenta
de su aucencia al dia siguiente, en el desayuno. «Debe estar muy cansada y se habrá quedado
durmiendo » Dijo uno, y fueron al Memorial sin ella.
Ella había sido admirada por otros turistas y cuando el museo cerró, el empleado encargado
pensó « que raro, no recuerdo haberla visto ayer ».
Cuando se dio cuenta que ya no había nadie en la gran sala, que el empleado de seguridad
estaba en la entrada, se recostó contra la pared. Estaba molida de haber pasado tantas horas
estatua.
Se durmió y se despertó horas después de hambre. A escondidas se acercó a la entrada y le
quitó el desayuno al empleado que dormía. Entonces corrió a prepararse : ya eran las seis de
la mañana.
Y en unas horas llegó un grupo de estudiantes que hablaban una lengua desconocida, pero la
miraban bien, de nuevo algunos le sacaban fotos.
Después, miles y miles de ojos. Por momentos su respiración aumentaba y la admiración
general se hacía aún más notoria.
Se acercaron un hombre de anteojos y una mujer de grandes ojos con un niño, hablaban en
español y pudo escuchar los elogios de realismo y originalidad, le seguieron una chica rubia
muy hermosa que la miró seriamente y se alejó un poquito para considerarla mejor, vino un
joven morocho y se la llevó de la mano. Ellos también hablaban en español, el chico era
cordobez como ella y señaló sus carnes diciendo «que blanca».
Esa noche, hasta la una de la mañana que se fue el sereno a su puesto en la entrada principal,
no tuvo la oportunidad de descansar ni de ir al baño. Pero a esa hora al fin pudo estirarse y
reposarse, soñó que la miraba su esposo, muerto tantos años atrás.
Se recostó en el banquito que tenía al lado y así pasó el día siguiente.Por la noche vio que la
ventana estaba semi-abierta (había estado así cada noche, era una ventana alta) y con ayuda de
la escalera salió. Eran las cuatro de la mañana, pero encontró un minimercado abierto donde
compró proviciones para dos o tres días.
Volvió a su asiento y la despertaron unos flashes. Abrió los ojos y vio todo el grupo de
turistas de nuevo.
El mismo Richter la estaba mirando. Cuandofue consultado sobre esta obra, no se animó a
confersar que no tenía la menor idea.
María teía una camisa azul como la piel de un pescado, que resaltaba la palidez casi gris de su
carne y sus dedos que parecian viejas raices saliendo de los puños azules. Era la mejor obra
del aleman, lejos.
Mientras tanto en su grupo se preocupaban y ya habían avisado a la policia. Algunos decían
que se había perdido en Roma pero la mayoría recordaba haberla perdido en Berlín. Al fin la
descubrieron en la tele.
Al público le gustaba más cuando ella hablaba. La entrevistaban de todos los países y ella
contó que era cordobesa, que tenía dos hijos y seis nietos. ¡Milagros del realismo! La obra de
Richter era una mujer de verdad.
Los estudiosos de arte pudieron incluso encontrar a los hijos, nietos y amigos de la obra del
alemán.
Ahora la filmaban dormir, apoyada contra la pared y la hubieran filmado también en el baño.
Con el tiempo se animó y pidió que le armaran una carpita, al fondo del museo.
Poco después, cuando la exposición de Richter fue transladada al centro Pompidou en París,
le construyeron allí un pequeño departamento, con un televisor, que ella no entendía nada
porque solo agarraba los canales franceses.
Más tarde quisieron llevarla a Italia, pero ella insistió en que estaba cansada y quería volver a
Córdoba.
Richter era un genio, su obra preferiría estar cerca de su familia, antes que exponerse en los
museos más prestigiosos del mundo, lo que la volvía misteriosa y creíble.
Y cuando pasados los meses ella se negó a exponerse vieron en eso otra muestra del ingenio
del artista. Había superdado a Christo y Jeanne-Claude, en este caso era la obra misma la que
se escondía y envolvía. Ella lo hacía en una casa modesta, desde donde apenas se la podía ver
de vez en cuando por una ventana.
Venían turistas de todo el mundo a la pequeña localidad cordobesa y se pasaban horas ante la
ventana. La mayoría volvía sin haber visto ni un atisbo de María.
Una tarde murió en un hospital de Punilla.
El cementerio se llenó de gente: Turistas, curiosos, estudiantes de arte, galeristas. Los críticos
anunciaron que también aquello era obra del alemán. Y se preguntaron donde estaba el limite
del funeral.
Comenzaba en el cajón de la muerta, de allí surgían parientes, flores, coches que habían traído
a los visitantes. Le seguía el resto de la ciudad, toda Córdoba, la Republica Argentina,el
continente, el universo.
Los críticos se dieron cuenta de que ellos eran parte de la obra, que incluía al propio artista y
que fue vendida al museo de Louvre por cincuenta millones de euros, piezas tambiéndel
trabajo de Richter.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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