Eses

Aletz (Puebla)

Las dos semanas siguientes en el jardín fueron de lombricomposta. Hay un cuadro de cemento, dentro de él frutas y verduras en descomposición. Las lombrices hacen el trabajo, lo podrido lo convierten en verdadero oro negro. Mierda de lombriz, eso es todo lo que se necesita para que crezca un árbol, una planta, cualquier superficie verde sobre la tierra. ¿Alguien había pensado en esto antes?

Yo lo pensé constantemente mientras me agachaba a meter la mano en abono repleto de lombrices. Y a puños las arrojaba luego sobre el cernidor, arriba abajo, en montaña rusa, estirándose de rojas a blancas, atorándose en los agujeritos de metal, retorciéndose al contacto con mi mano. Caía de un lado el abono en una cubeta azul y del otro allá iban las lombrices de vuelta al festín. Otro puño, otra vuelta en el cernidor y en tres horas tenía la cubeta llena. Toqué fondo en el cuadro de cemento, rechinando de limpio quedó su letrina.

Le pregunté a Estelita para saber más de ellas y no tardó en contarme que su nombre era la Californiana. Caray, californianas como yo. Cada una la venden a peso y cincuenta con el fin de que viajen allende el muro. No entendí cómo se reproducen y entre las que tome en mis manos ninguna sufrió de coitus interruptus. Cada mes nacen ocho, los huevecillos son verdes, chiquitos, y no logran librar el cernidor, así que no sé a dónde fueron a dar las nuevas generaciones después de mi limpieza. Ojalá que sepan prosperar y quede a lo menos una brizna de pasto en este mundo que las recuerde. Más de esto no se puede decir de muchos cholultecas.

La primera semana junté tres bolsas de abono, empaquetadas por cierto en bolsas de Starbucks. Algo fascinante me sucedió minutos después en el baño. Cerré los ojos para enjuagarme el rostro y las vi, haciendo eses de luz velada. Volví a abrir los ojos y a cerrarlos, y ahí estaban de nuevo.

“Mira,” le dije a Deni de vuelta en casa, y cerré los ojos.

“¿Qué?”

“Las lombrices.”

Para la segunda vuelta en la lombricomposta supe dónde estaba mi cernidor, mi cubeta azul y la pala para cubrir con tierra los mosquitos. Supe dónde estaba todo menos las lombrices. Metí la mano hasta tocar piso, levanté desde abajo el abono, lo tomé a dos puños y lo cerní llevándolo con la palma de la mano. Nada de lombrices. Y entonces pensé que las había matado, las cercené con los filos del colador, las maree con tanta vuelta, las azoté my duro contra el cemento. De las californianas a peso cincuenta no quedó más que la mierda. ¡¿Qué le voy a decir ahora a Estelita?!

Llené antes mis bolsas, lavé mis utensilios y me la encontré metida en un árbol, librando sus raíces de la hiedra.

“Estelita ya no hay lombrices. Apenas una que otra y medio muerta.”

Salió de entre las ramas, chiquita y sagaz, frunció el entrecejo y me indicó después el camino a seguir.

“Están en la comida. Se las acaban de poner y van pa’llá. ¿Cuántas bolsas sacastes?”

“Siete,” a más de doble el incremento de una semana, nótese el potencial.

“Vente, vamos a echarle un poco a unos chilitos y a unos clavecines que andan muy pálidos.”

Me había ganado el derecho a repartir comida. Tres puños por planta y las lluvias del verano, los chilitos y clavecines van a tener, en una semana, más color que un bebé satisfecho. Con las californianas comiendo, conmigo cerniendo sus mierdas y con Estelita al timón del barco vamos a crear montañas de oro negro para distribuir en toda Cholula. Y entre quienes nos recuerden, espero que estén un día mis encinos. Apenas alcanzan un palmo, hay que estar desyerbándolos para abrirles espacio al tallo, pero estoy seguro que ya huelen comida.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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