El indio Altamirano

Aletz (Cholula)

“Se le reventó una úlcera, lo operaron de urgencia, está en la Beneficencia Española, terapia intensiva.”

El mensaje dejado en mi teléfono por alguien que no conozco se refería a Todd. Hablé en ese momento al hospital, me dieron los horarios de visita y al día siguiente fui a visitarlo.

Estaba en una condición lamentable, casi no hablaba, y a mí me obligaron a ponerme tapabocas y bata. Al partir me pidió que le tomara la mano. Tanta cosa encima había evitado incluso tocarlo.

Hablé en el pasillo con la persona que me dejó el mensaje, hijo de un amigo de Todd. Me contó  lo sucedido, en resumen, casi muere. Con los días fue recuperando la voz, dejó de ahogarse con la flema, volvió a usar los lentes y, hace dos días, salió del hospital en silla de ruedas.

El primer día en el hospital me tocó escuchar una conversación que hubiera preferido no hacerlo. Un antiguo estudiante de Todd, que ahora lo visita en casa y lo acompaña al Starbucks, le habló a alguien para pedirle dinero. La leyenda de mis años universitarios decía que Todd era millonario, su padre el fundador de una empresa de seguros en Texas, su herencia la había invertido en una compañía de Ross Perrot, aunque se decía también que era un espía de la DEA. Al final lo cierto es que no tenía dinero para pagar el hospital y sus amigos, yo el primero, tampoco.

Salí del hospital con el único pensamiento con el que sale siempre de ese lugar.

A los dos días Todd me habló por teléfono, quería hablar conmigo sobre un proyecto. No pude ir a verlo, estaba en otra ciudad, así que me contó por teléfono que quería traducir al español su segundo libro que es una colección de escritores gringos en México. Todd compiló en Texas una antología de escritores chicanos en Estados Unidos y después de vivir en Cholula más de treinta años, una de gringos en México. Entre los gringos, Jack Kerouac se emborracha en un pequeño burdel de un pueblo en el desierto, se enamora de una putita de no más de quince años con la cual apenas intercambia una mirada, William Cullen Bryant desembarca en un puerto de Veracruz hediondo donde era un crimen matar zopilotes porque éstos limpiaban la ciudad de su carroña, Jack London se salva de un pleito de cantina por piernas. Ningún gringo habla de libros ni de escritores mexicanos, salvo un breve pasaje donde William Cullen Bryant se sorprende de lo indio que está Ignacio Altamirano y, no obstante, lo inteligente y articulado de su discurso. Me parece muy extraño que escritores que viajan a otro país no lean ni se interesen en los escritores de ese país.

Sea lo que sea, le dije a Todd que me interesaba su proyecto, podía traducir algunas de sus historias e investigar lo que han dicho y hecho los gringos en México en los últimos años, para ponerlo al día.

“Excelente. Tenemos un proyecto, Alex.”

“Genial.”

Cuando salió del hospital Todd hizo una lista de los traductores posibles, antiguos estudiantes que habían leído el libro en clase y que ahora podían mantener una suerte de diálogo con él. Me pareció una mala idea contactar a tanta gente, explicarles y esperar su decisión, pero apenas se lo sugerí a Todd. Lo más probable es que el libro quede en su mente, y a lo menos ahora pudo salir del hospital pensando en algo distinto a lo que siempre se piensa cuando se sale de esos lugares, y que en su caso tiene la forma de una cortada que lo atraviesa de parte a parte del estómago.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a El indio Altamirano

  1. Después de años y años de búsqueda, finalmente encontré el libro de Todd sobre Chicanos y te compré una copia. Te la paso en septiembre. Abrazos y saludos al Todd.

    • Aletz dijo:

      Hombre, muchísimas gracias Cempa!! Yo sólo he visto la portada del libro colgada en su pared y también me leí una serie de diez cartas de rechazo que el buen Todd recibió de varias editoriales y que coleccionó muy a lo gringo.

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