Gasolina en las calles: Las primeras llamas

Pablo (Madrid)

Un hombre se lanza desde un edificio de 50 pisos y para tranquilizarse mientras cae al vacío se va diciendo, “hasta ahora, todo va bien, hasta ahora, todo va bien”. Pero lo que importa no es la caída, es el aterrizaje.

No pasó nada, nada realmente serio, nada excesivamente grave como para encabezar un informativo, pero esto tiene muy mala pinta. Al enterarme de que se había convocado una manifestación en contra de los asfixiantes recortes que propuso nuestro presidente obligado por Europa, pensé que en esta ocasión, a diferencia de otras, iría poca gente. Una manifestación con un recorrido tan largo, con tres paradas (empezaba en la sede del partido en el gobierno, continuaba en la sede del partido en la oposición y terminaba en el Parlamento), convocada espontáneamente a través de redes sociales con unas 5 o 6 horas de antelación sin saber muy quién era el colectivo que organizó la protesta, un viernes por la noche, en mitad de julio, no parecía a priori que pudiera atraer a tanta gente como para ser tenida en cuenta. Pero sí fue gente, la Policía detuvo a 10 personas, cercó todas las calles de acceso al Parlamento y nos acabamos reuniendo muchos más de los que se podía esperar, sin convocatoria de sindicatos, asociaciones o colectivos, sólo gente que leyó twitter y pasó el mensaje.

La protesta no causó daños excesivamente graves, parecía que tanto policía como manifestantes se conformaban con el empate, y aunque ambos llegaron al área rival, ninguno quiso chutar a portería. Sin embargo, salí bastante más preocupado de lo que llegué. La masa de la manifestación llegó a Cibeles y bajó el Paseo del Prado hasta la Carrera de San Jerónimo con la Plaza de Neptuno, donde nos encontramos la entrada de la calle vallada y llena de antidisturbios. Al principio, varios manifestantes se quedaron quietos frente a los policías mientras terminaba de llegar toda la marea de gente. Una vez estábamos todos allí, tras un par de cánticos, empezaron a zarandear las vallas y la policía salió de su refugio para pegar con las porras y dispersarnos. Tras una huida masiva de la plaza, ya cortada al tráfico, llegaron más furgonetas con policías que, esta vez, llevaban las escopetas que disparaban pelotas de goma en la mano. Yo corrí por el Paseo en dirección a Atocha, parándome cuando veía que la policía se detenía e intimidaba sólo para cercar la plaza y que no nos acercáramos. Entonces me vi rodeado por un grupo de jóvenes con pañuelo en la cara, que tiraron la basura y los contenedores al suelo y les prendieron fuego. Entonces volvió a venir la Policía y hubo que correr de nuevo, esta vez salí hacia el Museo del Prado, donde había más espacio abierto para seguir corriendo llegado el caso y gente más pacífica. A partir de entonces manifestantes y policía lo único que hicieron fue mirarse a la cara, hasta que como una nube de vapor, la manifestación se difuminó.

Aquella convocatoria pareció sólo una advertencia mutua, una declaración de intenciones de lo que está por venir. Sin embargo, resultó preocupante en nivel de adrenalina y de tensión que se respiraba en un encuentro previsiblemente condenado a la nada. El ambiente estaba muy enrarecido y si en una protesta, a todas luces menor, se respiraba tal exaltación, ruido y contención, es fácil prever que cuando en septiembre entren en vigor las medidas y muchos negocios tengan que cerrar, cuando haya protestas organizadas, cuando cada vez haya más gente que no tenga nada que perder, la contención se extinguirá. Entonces la adrenalina se puede disparar y esto empezar a convertirse en una especie de guerrilla urbana, o incluso, viendo las reacciones de los sindicatos y asociaciones militares y de la Policía llamando a la unión con las protestas ciudadanas y rebelión contra el gobierno, en algo mayor, aunque aún estamos lejos de eso, si llega.

Como dijo un político el día del anuncio de los recortes “Esto es echarle gasolina a las calles” y visto lo visto, falta muy poco para que esto prenda de verdad. No estamos cerca del precipicio pero cada vez vamos más rápido hacia él. Ya no decimos que todo va bien, sabemos que hay un suelo y nuestro aterrizaje es sinónimo de se acabó.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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