Encinos

Aletz (Puebla)

Me enojan los resultados de las elecciones en México, me enoja la falta de civismo de los mexicanos, en especial de sus automovilistas, me enoja que un anciano trabaje de cerillos en un supermercado (poniendo las mercancías en bolsas), me enoja que los mexicanos sonrían cuando la cagan, me enoja su indiferencia ante la miseria y que poco a poco esa indiferencia me vaya pareciendo natural, que regrese ese callo que todo mexicano crece con facilidad sobre la retina y que le permite vivir con una alegría tremenda, una amabilidad única, un optimismo que ya lo quisiera un francés para cualquier día domingo, mientras que la miseria más atroz pulula a su lado. Lo peor que puede pasarme es dejar crecer de nueva cuenta ese callo, lo pienso, lo repito, pero el problema es que de pronto está ahí de nuevo, y ya no veo nada.

En mi caso no hay cura, me doy cuenta demasiado tarde, quisiera que fuera de otra manera, pero a la vez no. A la vez me digo, mejor así, te preocupas menos, vives más tranquilo, sin tanto estrés. Pero justo acabo de pensar eso y me encabronó, y después de encabronarme me justificó con el argumento de que la piedad es cristiana y yo soy ateo, pero el ateo en mí me dice que estoy acallando mi conciencia con una mariconada capitalista.

Es el cuento de nunca acabar. Pero entonces, hace dos semanas encontré la mejor manera de volcar mi enojo. La idea me la dio mi querida amiga Elisa que escribe en este mismo blog desde Sheffield, y desde que la puse en práctica se me ha ido el enojo como si me pusieran un sparring enfrente todo el día, y espero que algún día también se me quite el callo de la indiferencia. Se trata de la misión encino.

Esta misión es aparentemente sencilla y consiste en plantar encinos por toda la ciudad para que la gente salga de su miserable caja de cemento, en su miserable caja de metal dando pitiditos sobre la miserable cinta de asfalto creyendo que todo va bien, que México va bien, su familia, sus nietos y el mundo, hasta detenerse, de pronto, a mirar mi encino y recapacitar pesando que por qué no hay más. Y si no se detiene, allá él o allá ella. Yo me la voy a pasar de puta madre sembrando encinos y dormiré con mi conciencia tranquila de sólo imaginar que hay un encino más en el mundo. Esa es la misión que me hará mejor persona. ¿Quién lo dice? Yo.

Claro que, antes de que mi amiga Elisa me diera esta brillante idea, yo no sabía nada de encinos ni de ningún árbol ni de plantas. Yo lo único que sabía era que había pinos y tés de manzanilla y tés de menta. Para curarme de ignorante fui al jardín etnobotánico de San Andrés Cholula, dirigido por la Dra. Eloína desde hace varios años. La Dra. me presentó con varias plantas, que cortó y metió en una bolsita de papel, con colegas voluntarios todos jóvenes y muy sonrientes y, al final, me presentó con Estelita. Fue ella, Estelita, la que me contó de los encinos.

Al parecer, el estado de Puebla cuenta con una gran variedad de estos árboles, aún mayor que la que hay por ejemplo en España y en Japón, y en esos países presumen de tener muchos. El problema es que el encino crece diez centímetros al año, y las elecciones para gobernador de Puebla son cada seis y la de diputados locales cada tres. Así que la ciudad se ha llenado de árboles que no pertenecen a esta zona pero que en pocos años les sacan grandes suspiros a los votantes, árboles como los cipreses y sobre todo los ficus.

“Los ficus son los que están en la Recta,” me dice Estelita para que nos vayamos entendiendo. Y me acuerdo que, en mis veinte años desde mi primer llegada a este pueblo, esos árboles han alcanzado a rebasar la M de Macdonalds y en un siglo quizá lleguen a la cima de la pirámide, mientras que el encino, en el mismo tiempo, apenas me llevará treinta centímetros. Pero sembrar el ficus significa hacerle caso a las votaciones de diputados locales y gobernador de Puebla en lugar de a las aves, los insectos y los pocos animales que quedan en Choula, y eso simplemente no lo tolero.

La misión consiste entonces en regresar el encino a su lugar de origen. Tenemos una batalla contra el tiempo, la escasez y la política, nuestras armas: la botánica y la horticultura.

En mi primer día de trabajo, Estelita me pidió desyerbar los retoños del encino para que creciera con mayor fuerza. Estelita plantó cerca de cien semillas de cuatro variedades distintas, con el objetivo de encontrar la combinación perfecta que crezca más rápido y con ese argumento convencer a los compradores y a las autoridades de que la siembren en sus jardines, en parques y aceras. Me tomó media hora desyerbar los encinos, y ya picado continué con los cactus que tenía a un lado. Desyerbé cactus hasta que un jardinero me pidió cernir tierra de la composta. Una pala de composta frutal, otra de tierra con hoja seca y otra de abono animal, y a cernir el banquete. Finalmente a las dos de la tarde dejé el jardín con las manos hinchadas y oliendo a tierra. Pero el primer paso estaba dado.

“Voy a llenar esta ciudad de encinos,” le dije a Deni de vuelta en casa. Pero entonces, cuando le estaba diciendo, me di cuenta que no sabía cómo era un encino. Si me preguntaba, no sabría describirle uno. Mierda, verifiqué en internet y había una variedad terrible de encinos, casi que cualquier árbol podría ser uno. Pero está bien así, al final me gusta detenerme en cada árbol de Cholula y pensar que, en algunos años, ese podría ser el mío.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Cholula, Montreal. Guarda el enlace permanente.

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