El Nicaragua

Aletz (Puebla)

Al Nicaragua yo le puse el apodo, pero no pegó. Nicaragua no es un apodo muy ingenioso, pero a mí me dio orgullo haberlo pensado y él lo aceptó porque era un buen amigo. Yo acepté de él que fuera vegetariano y que le gustara hablar con los locos. De los locos decía que no lo eran tanto, eran sólo diferentes. Si eras amigo del Nicaragua y vivías con él como lo hice yo durante un año, seguro que llegabas a la misma conclusión. Somos diferentes y él era el más diferente de todos.

Ya no recuerdo dónde y cómo lo conocí, éramos estudiantes de la misma universidad, yo estudiaba literatura y él, psicología, pero su verdadero amor era el esquizoanálisis. Por él fue a París con sus ahorros de tres años y desde allá me escribió unos mails muy tristes donde me decía que las enseñanzas del maestro Deleuze habían muerto y que regresaba por eso a Cholula. A mí me pareció muy pendejo haber ido hasta París para enterarse de algo que pudo haber consultado en internet, y también me pareció bastante pendejo que una vez allá no trabajara de algo para quedarse aunque fuera unas semanas, conocer la ciudad y la gente y hasta tirarse a una parisina. Así se lo escribí y ya no obtuve respuesta. Cuando regresó a Cholula después de un mes, me dijo que había vivido la peor depresión de su vida y como único apoyo de su amigo había recibido dos pendejos.

“Pero es que lo eres pinche Nicaragua. ¡A quién se le ocurre!”

Y ahí se murió todo, se levantó de la mesa y se fue. No volví a enterarme de sus trabajos con el esquizoanálisis, de sus viajes, de nada. Creo que dejó Cholula hace varios años, pero no estoy seguro, quizá todavía esté acá. Si lo veo algún día no creo que me devuelva el saludo.

La verdad es que lo extraño, sobre todo cuando voy a los portales de San Pedro a tomarme un café. Él solía ir al Café Tal con un libro de Deleuze o de Tagore envuelto en una bolsa de plástico. Me veía llegar y alzaba la mirada del libro peinándose un rizo grasiento y esbozando una sonrisa. Sonreía seguido pero casi nunca se carcajeaba, yo prefiero que la gente muy blanca como él no carcajee, hay algo desagradable cuando se ponen muy rojos.

A los dos nos fascinaba el ajedrez y teníamos partidas muy reñidas en el Café Tal. Nos divertíamos tanto que al poco tiempo tuvimos dos retas. La primera era de un chamaco que vendía chicles y que se llamaba Rubén Darío. Un día al acercarse a vender chicles vio sobre nuestra mesa un libro de Rubén Darío y nos dijo:

“Así me llamo yo.”

Le regalé el libro y el Nicaragua le enseñó a jugar ajedrez. Un fiasco, pero le aguantamos su compañía porque es muy mezquino mostrar indiferencia a un niño de la calle, sobre todo si se llama Rubén Darío.

La otra reta fue del Pocholo. Pocholo estaba loco pero no de peligro, me imagino que por eso lo dejaban salir del manicomio. Se estaba todo el día paseando por los portales de San Pedro y el Oxxo. Era rubio, así que debía venir de Chipilo o de una familia rica poblana. Probablemente de la segunda. Su debilidad, además de estar loco, era el cigarro. Yo creo que pudo haber hecho algo muy maldito por un cigarro. Yo, en cambio, hice algo muy inteligente. Le descubrí la debilidad después de una semana de estar perdiendo contra él en el ajedrez. Porque Pocholo resultó ser un maestro, movía las piezas como canicas, tejiendo su telaraña en el tablero sin que pudiéramos meter las manos. El Nicaragua no salía de su fascinación y yo empecé a usar lo de los cigarros.

“¿Quieres uno, Pocholo?,” le decía cuando me comía a la Reina o a las torres. Pocholo alzaba la mirada del tablero, temblaba y se mordía los labios como si le estuvieran quemando las patas.

“A ver espérame tantito,” y así le iba cigarro a cigarro desgarrando la telaraña. Me daba un poco de lástima cuando exhalaba el humo de su tabaco sobre un tablero sin Rey y un ejército desbaratado, pero eso forma parte del juego.

El Nicaragua nunca lo hizo, a pesar de que los cigarros eran de él, nunca le ofreció uno a Pocholo durante una partida. Lo hacía después, cuando le daban mate, entonces le daba el cigarro a su verdugo. Ese era el Nicaragua, diferente entre los diferentes.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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5 respuestas a El Nicaragua

  1. Anónimo dijo:

    ¿Y no quieren que alguien escriba desde Nueva York?
    Saludos!

    Atte.
    Miguel Medrano

  2. Anónimo dijo:

    ¿Y no quieren una colaboración desde Nueva York?
    Saludos!

    Miguel Medrano

  3. Anónimo dijo:

    Por cierto, ahora recuerdo que en alguna ocasión me encontré al Nicaragua en el legendario Camino Real. Creo que andaban juntos y habían tenido un incidente con alguien (no recuerdo los detalles) pero recuerdo que la policía quería llevárselo y tuvimos que intervenir para que no sucediera. Al final creo que todo salió bien y te lo llevaste a seguir bebiendo… ¿Recuerdas algo sobre esta noche cholulteca?
    Un abrazo,

    Miguel

    • Aletz dijo:

      Cómo no, me acuerdo de la situación pero ya no recuerdo bien el motivo. Quizá su primera cerveza en veinte años o, si mal no me acuerdo, un intento de sobornarnos y una valiente aunque muy fallida respuesta del Nicaragua!….

      A mí me encantaría Nueva York en sieteciudades! Te mando un inbox.

  4. El Nicaragua sí picó en París, o al menos eso dijo: parece ser que fue una afro-americana subsahariana de piel oscura.

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