Calle que te haces calle

Aletz (Puebla)

No hay muchos destinos a los cuales llegue la 31, esa no es su vocación, ella es tránsito que encamina. En uno de sus extremos choca contra la avenida 5 de mayo. Sale muy desmejorada de este remolino, apenas avanza unas calles cuando ya le cambian el nombre y después se estrella contra un parque. En su otro extremo tiene que hacerle frente a los cuatro carriles en cada lado del boulevard Atlixco. Le vienen encima por los dos flancos y, de nueva cuenta, la corriente se lleva su nombre. Antes, le llamábamos a este brazo que se extiende hasta la Recta la prolongación de la 31 o simplemente la prolongación.

Las ciudades hace tiempo que se tragan los edificios y los nombres de los edificios, y crean nuevas calles donde los jóvenes van formando sus recuerdos, recuerdos que durarán el tiempo que toma construir otra calle. La 31 envejeció con una ampliación de carril, resanamiento de baches y dos o tres pintadas. En ella alguna vez estuvieron los primeros video clubs, la primaria más grande de la ciudad  y una panadería de dos pisos. Tuvo uno de los primeros puentes peatonales de la ciudad, pintado de amarillo y con enrejado como si temieran que la gente se fuera a lanzar a la calle. Eso fue todo. Eso fue la 31.

A mí me hubiera gustado que hubiera sido diferente. Después, en el extranjero, vi calles con ciclovías por donde andaba la gente en bici. Gente muy alegre y delgada. Me agradó esa idea, la 31 pudo haber sido eso y tantas cosas más, pudo incluso no haber sido calle, un río o un sendero de tierra. Pero fue lo que fue y ahora ya no es más que otra calle cualquiera, una paralela del Circuito Interior y la 25, la perpendicular de la 23 y de la 15 sur, las calles que llevan a Angelópolis, donde ahora viven los ricos. Los ricos creen que les dan nombre a las calles: Campos Elíseos, Gran Vía, Konigsalle, Broadway. Pero al final todas son calles y cada uno va adoptando la suya propia, la que lo llevó día con día a la escuela, la de una sola escapada a mitad de la noche o la calle en la que vio por primera vez.

Yo vi por primera vez en la 31. La operación de la miopía duró una hora y salí de la mano de mi madre caminando hasta el coche. Desde el asiento del copiloto vi pedazos de árboles, de la gente, de las cosas.

“Me arden los ojos,” le decía a mi madre, y ella me fue llevando en su corriente con pitazos, rebases y semáforos, con sus árboles escuálidos sin sombra y sus banquetas desniveladas. Y de ahí me llevó a otras calles, con otros espacios, algunos más amplios y otros más estrechos donde apenas cabía un coche. En todas he visto lo que tenía que ver. No he entendido las señales de tránsito, la 31 no las tenía y si las tuvo nunca les hice caso. La mayoría de las veces he visto edificios más bellos, cuidados, modernos y antiguos que los de la 31. Y también he llegado a ver el mar o un río que pasa, de pronto, bajo un puente.

Me pregunto qué podría haber sido para esas otras personas que viven en otras ciudades adoptar una calle que no fuera la 31. ¿A dónde los habrá llevado su calle? ¿Cuántas veces habrán tenido que señalar con orgullo a un turista, a un familiar o a un amigo venido del extranjero: “Mi calle”? ¿Dónde se habrán detenido a mirar y dónde nunca se habrán detenido porque olvidaron lo que pasó ahí?  Y una calle con un solo destino, sin banquetas ni casas ni edificios ni nada alrededor, sin puentes peatonales ni semáforos, la primera calle, ¿qué habrá significado esa primera calle? ¿La habrán entendido?

Yo no entiendo a las calles, no entiendo a la 31 y la verdad es que no me interesa entenderla. Es una calle, se encuentra con otra calle que va a más calles. Eso es todo. No hace falta tampoco que la 31 me entienda a mí. Soy una persona que debo ir de un lugar a otro, a veces voy al dentista, tuve que ir a una escuela todos los días durante tres años y una vez fui a que me operaran la miopía en la 31 poniente. Eso es todo, no hay necesidad de entendernos. Una calle se abre a otra calle y una persona puede sentir nostalgia, pero al final también le da paso a otra persona.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a Calle que te haces calle

  1. Sergio Reyes dijo:

    Sí…. las ciudades a veces nos hacen sentir que son ellas las que viven, las que crecen de forma desordenada y caprichosa, como enredaderas, y nosotros solamente somos sus usuarios, intercambiables, anónimos.

    Un abrazo!!
    Sergio

  2. Aletz dijo:

    Sergio, qué bueno verte por acá. Así es, esto de las calles me tiene dando vueltas. Espero que pronto una de éstas me lleve a Cholula, que ya extraño verlos!!
    Un abrazote,

  3. La existencia de calles que no den su lugar al peatón (como la 31 Poniente) es muestra de un país que no da su lugar a los más pobres y privilegia a los ricos y a la clase media parasitaria, esa que compra automóviles a plazos y consume gasolina subsidiada, mentándole la madre a la naturaleza. El carácter oligárquico de Puebla se ve reflejado en la 31 Pte.

  4. Aletz dijo:

    Muy cierto! Me has dado una gran idea…

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