Una pizza entera de queso para mí

Pablo (Madrid)

Hace tiempo que no veo una película que ya haya visto antes. Hoy, por primera vez desde que me incorporé a jornada completa a mi trabajo, me he quedado solo en una reducida oficina de seis personas que siempre está llena de gente (por diversas causas) y de ruido (por una sola). Hoy, el último que se marchó de la oficina, sabiendo que tanto él como yo somos más partidarios de la tranquilidad que del bullicio en el trabajo, cerró la puerta, que siempre permanece abierta y llena de pasos de personas fugaces sobre el camino del pasillo. Al cerrarla, lo primero que se me vino a la mente, como en un acto reflejo de la memoria, fue una frase cualquiera de una película normal, pero que de pequeño veía como lo que era entonces, lo único que tenía que hacer en la vida. Veía esa película un día tras otro, había días que cuando terminaba la rebobinaba y la veía otra vez sin hacer una pausa. De pequeño hacía eso con todas las películas que me gustaban, recuerdo con especial cariño títulos como Dadme un respiro con Michael J. Fox, Un padre en apuros y Poli de guardería de Schwarzenegger, Este chico es un demonio 2, Mi chica 2, Ace Ventura, El guardián de las palabras, Dos por el precio de una y decenas de películas más que veía sin descanso hasta que me aprendía los diálogos o me llegaba la carátula colorida de una nueva película que sustituía a la anterior y empezaba de nuevo el bucle. Recuerdo que si una escena me hacía reír a carcajadas, paraba la película y la volvía a ver, varias veces si era necesario. Así con decenas y decenas de películas más o menos infantiles que aparecían en mis manos cada fin de semana y se quedaban en mis ojos el resto de los días tras el colegio.

En Solo en casa, Macauly Culkin se quejaba de que cuando tenía a sus incontables familiares y sus insoportables hermanos en casa y cenaban pizza, sólo pedían una de queso y nunca le dejaban una porción a él. Posteriormente, cuando se queda solo, después de la impresión inicial, decide tomarse la revancha, pedir una pizza de queso, atiborrarse a helado y ver una película de gangsters. Después de ordenar al respartidor que la dejara en la puerta y le asustara con el ruido de disparos de la película, recoge su trofeo y exclama ¡Una pizza entera de queso para mí!

Hacía tiempo que no recordaba esa película, que permanece grabada a fuego en la memoria de mi infancia sin que pueda perderse su marca, recuerdo nítidamente cómo hacía la compra él solo y se le rompían las bolsas del supermercado en el camino a casa, al hombre uraño de la barba en la iglesia, dos piezas de la banda sonora y la voz de Joe Pesci (o de su doblador) que era el mismo que doblaba a Carl Winslow en Cosas de Casa, y todo tipo de detalles insignificantes que han decidido quedarse en mí sin que pueda y quiera hacer nada por expulsarlos.

El ruido de mi oficina es agotador, turbio, incesante como el de los coches en el centro de una gran ciudad, y perfectamente evitable sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Quizá por eso cuando cerró la puerta me asaltaron las alarmas de la memoria, que me dicen que cada vez veo menos cine y tengo menos espacio para el silencio y la escritura. Que la puerta de la oficina se cierre es muy extraño, como los detalles que recuerdo, como la expresión de mi jefa cuando vea el cartel que voy a poner a partir de ahora en el escritorio de mi ordenador que rezará `Este trabajo consume el 80% de mi tiempo pero no representa ni el 20% de mi vida´.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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