Cabalgando el dragón del infierno

Aletz (Puebla)

A Reinhard lo conocí en el bar Reforma. Cada vez que iba lo veía tomando cerveza en la barra, mirando para todos lados como si estuviera muy contento de estar ahí. Me dio curiosidad, y cuando me acerqué a pedir una ronda de cervezas le pregunté qué hacía en Cholula. Su español no era muy bueno, pero en los bares uno se entiende. Trabajaba en la Volkswagen, era austriaco y su sueño de toda la vida era poner un bar, o eso a lo menos entendí cuando siguió mirando muy contento a su alrededor. Regresé a mi mesa, les repetí la historia a mis amigos y, desde ese día, cada vez que íbamos al Reforma lo saludábamos a la distancia.

Una vez que fui con una amiga colombiana, Reinhard se acercó a la mesa, ya borracho, y preguntó si podía sentarse con nosotros. Mi amiga me miró mentando madres, pero no pude dejar de reconocerle el esfuerzo al austriaco y le dije que cómo no, adelante.

Reinhard resultó interesantísimo, había trabajado en un periódico en Viena, en la sección de arte y cultura (mi amiga colombiana estudiaba cine), había vivido en Bolivia y otros países de Europa del este. De joven había montado el dragón.

“¿Qué se siente?,” preguntó mi amiga.

“Es el paraíso.”

Para sorpresa de todos los que lo conocíamos, Reinhard abrió su bar dos años después. Estaba en el zócalo de San Andrés Cholula, tenía un nombre impronunciable y la mejor clientela jamás antes vista. Allí todos éramos amigos, amigos del Reinhard. Su novia, una mexicana de origen alemán, servía de alguacil y cobradora. Pero rendía la plaza pasadas las dos de la mañana. Entonces se cerraban las puertas, música jazz y ríos de cerveza.

“¿Cuántas se tomó cada uno?,” preguntaba Reinhard a la hora de cerrar, es decir a la hora en la que él salía de su propio bar. Cada uno hacía sus cuentas concentrándose en recordar lo que había bebido porque es muy torcido transar a quién te ha abierto así las puertas. Pero el problema es que a veces no alcanzaba el dinero y entonces se las pedíamos fiadas. O en lo que hacíamos las cuentas, Reinhard ya se había ido. O le pagábamos la cuenta, pero ya solos, nos tomábamos el pilón.

Lo queríamos bien al Reinhard. Nos entretenía muchísimo con sus historias de amor y desamor en Bolivia, de periodismo y heroína en Viena, y de bares en todas partes. Nos gustaba que hubiera convencido a sus vecinos cholultecas invitándolos al bar, y no pagándoles una mordida como lo hacía el resto o de plano ignorándolos. Ahí se sentaban en las mismas mesas que nosotros los dones de Cholula, y nos contaban de lo mucho que había cambiado el pueblo desde que llegaron los estudiantes, y también nos decían que cada barrio tenía sus costumbres y sus familias y que era importante saber en qué barrio vivía uno. Yo, por ejemplo, vivía en Xicotenco. Reinhard les daba permiso a los artistas de poner sus fotos y pinturas en las paredes, a los músicos para amenizar las noches aunque fuera con su música atonal o improvisaciones deconstructivistas.

Sin lugar a dudas fue el mejor bar de Cholula, hasta por las inauguraciones, que tuvo tres. La primera se canceló por un ventarrón que convirtió a las sombrillas en lanzas. La segunda por falta de una licencia de algo. Y la tercera ya fue la grande. Desde ahí, nos duró más de un año.

La clausura fue paulatina y muy triste. A Reinhard lo dejó la novia mexicana de origen alemán, luego ya no se iba del bar y había que recostarlo en una banca, cubrirlo con los manteles y cerrar la puerta desde afuera con un palo, después tuvimos que prestarle dinero. Ya sin el bar, a Reinhard se le veía caminando a todas horas por los barrios de Cholula, cabalgando el dragón del infierno. Sus ropas y sus muebles quedaron repartidos entre los amigos, que le hicieron el favor de guardarlos hasta que ya no lo volvieron a ver. La última vez que supimos de él, vivía con un trasvesti que trabajaba de mesero en los antros. El travesti no nos quiso decir a dónde fue, como si eso lo llenara a él o a ella de misterio: el trasvesti que se tragó a Reinhard.

Lo cierto es que desapareció y de eso habrá sido ya unos seis o siete años. Me acordé de él porque el otro día, sentado en la barra del bar Reforma, un joven me hizo charla. Estaba tomando mi cerveza concentrado en tomármela y en recordar mis tiempos de estudiante, cuando este chavo me incomodó con sus preguntas. Pero le respondí porque los jóvenes suelen ser muy arrogantes o muy tímidos, y si no se les responde se les puede desarrollar un trauma. El chavo a su vez me dijo algo como que estudiaba arte o danza, y que venía de no sé dónde. Se despidió de mano y al poco rato, cuando salieron sus amigos, me saludaron todos desde su mesa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Cabalgando el dragón del infierno

  1. Elisa dijo:

    ¿¿En dónde está Reinhard?? ¿¿¿Douglas??? ¿¿En dónde está Douglas???

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