Brasil

Cempazúchitl (Belo Horizonte, Porto Alegre)

Brasil fue el país de moda en los últimos diez años. Como mexicano, además, Brasil fue, o nos dijeron que era, el parámetro de comparación: de buenas a primeras resultó que los brasileiros estaban haciendo bien todo lo que los mexicanos estaban haciendo mal: seguridad, crecimiento económico, desigualdad económica, descentralización… En realidad, durante los últimos 10 años los brasileiros tuvieron la buena fortuna de producir cosas que los chinos compran en cantidades industriales, de la misma forma que los mexicanos tuvieron la mala fortuna de vender automóviles y productos de línea blanca (lavadoras, refrigeradores, etc), que es lo que producen los chinos, durante el último boom de construcción de casas en Estados Unidos.

Pero la economía es cíclica y todo por servir se acaba y acaba por no servir. Ambos países tuvieron 10 años de crecimiento sostenido para después entrar en un período de estancamiento. Los mexicanos tuvieron crecimiento mediocre en los últimos 10 años, y el período de vacas flacas está empezando en Brasil (las últimas cifras del PIB son para prender focos amarillos) con la agravante de que la población está sobreendeudada y las medidas que está tomando el gobierno de Dilma Rouseff para reestimular a la economía (reducción de las tasas de interés, incremento del gasto gubernamental) no están funcionando. La economía brasileira está sobrecalentada y todo mundo lo sabe. Hay un proverbio que dice que se puede llevar a un caballo al bebedero pero no es posible hacerlo tomar agua; el caballo brasileiro está lleno de agua y lo único que quiere es orinar.

Es normal que los banqueros se hayan dejado deslumbrar con el crecimiento brasileiro: lo que ellos hicieron fue pedir prestado al 1% en Europa, Japón, o Estados Unidos, e invertirlo en bonos brasileiros que pagan 12% más la ganancia por el tipo de cambio. Pero que académicos serios, organismos internacionales, activistas sociales, y demás fauna hayan comprado la idea del milagro brasileiro sin mayor pensamiento crítico es preocupante y, en cierta forma, exime a los banqueros de haber sido bullish: en el fondo todos necesitamos algo en qué creer.

Para usar jerga marxista, las condiciones objetivas del deslumbramiento del mundo con Brasil son claras: vendieron soya, carne, e hierro a los chinos a precios de oro. En mi viaje a Brasil, mi primero, pude ver cuáles son las condiciones subjetivas. El mundo creyó que Brasil era la maravilla por tres razones: el futbol, la gente es bonita (vi meseros que podrían ser modelos en cualquier otro país del mundo), y los brasileiros saben muy bien cacarear los huevos que ponen: dicen que son de avestruz cuando en realidad son de gallina.

Sobre el futbol, pronostico que a Brasil no le va a ir bien en el Mundial. La razón es que sus jugadores ya no van a Europa porque están sobrepagados en Brasil. La venta de jugadores no es un tema menor: a nivel económico, Brasil debe ser el único país cuya balanza de pagos  (el documento que registra lo que vende y compra un país, así como las diferentes entradas y salidas de capital por concepto de financiamiento) tiene un apartado especial denominado “venta de jugadores de futbol profesional”. Paradójicamente, la entrada de capital, que sobrevaluó al real hizo que los jugadores dejaran de salir. Neymar es el caso más emblemático: con un real a 2 a 1 respecto al euro, no vale la pena ir al frío de Milán, o Manchester, o por ahí.

Sobre la belleza de la gente, hay que parafrasear a Fidel, que dijo que el modelo social cubano era tan bueno que hasta las putas tenían grados universitarios. Así, hay que decir que en Brasil hasta los pobres son bonitos. En América Latina, donde belleza física está íntimamente ligada a ingreso económico, el hecho de que Brasil rompa el esquema es refrescante y un testimonio del éxito del modelo de integración étnico y social brasileiro: todas las razas están presentes, y mezcladas en todos los estratos socioeconómicos (Brasil también es el primer país latinoamericano en el que vi niños limosneros blancos, “privilegio” reservado en el resto de América Latina a los morenos).

Sobre la forma en la que los brasileiros venden sus éxitos, o lo que ellos creen que son sus éxitos, hay que decir que eso dificulta la interacción. Cuando alguien te dice que todo lo que hace está bien no hay mucho lugar para discusión, al menos no de buena manera. El diálogo es rijoso, con tirabuzón, y se obtienen pocos resultados.

Estuve en Porto Alegre y en Belo Horizonte. Ninguna de las dos ciudades es bonita, pero me dicen que ninguna en Brasil lo es. Porto y Belo tienen los clásicos defectos de las ciudades grandes en los países de renta media: grafitis por doquier, zonas riquísimas al lado de barriadas pobres, y una clase media parasitaria, como se refleja en el lugar primordial que tiene el automóvil en el diseño urbano de la ciudad: los highways gigantescos en los que el peatón tiene que pelear y huir, literalmente, por su vida. Por otro lado, quizá no valga la pena preocuparse por la estética de la ciudad cuando sus habitantes son todos bonitos y se puede vivir muy bien… siempre y cuando se tenga un muy buen salario (resto de la población, favor de abstenerse de existir).

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Belo Horizonte, Porto Alegre, Washington. Guarda el enlace permanente.

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