Seychelles

Victoria (Cempazúchitl)

Tengo un indicador totalmente arbitrario para definir qué tan occidental es un país: el grado de iluminación de un aeropuerto y la medida en que se asemeja un mall gringo. Esta idea la tuve después de pasar una temporada en Siria, donde los apagones son recurrentes y el aeropuerto no tiene más que la luz necesaria para su funcionamiento. Recuerdo que de Siria hice escala en Heathrow, probablemente el aeropuerto más iluminado y con más tiendas duty free en el mundo. No exagero si digo que me encandilé con sólo salir del gusano que transporta del avión al  aeropuerto.

La luz en los aeropuertos es una medida que a la fecha no me ha fallado: mientras más occidental (o moderno) quiera parecer un país, más dinero pone en la iluminación de sus aeropuertos y otorga más permisos para que haya tiendas de artículos suntuosos. El aeropuerto de Johannesburgo en Sudáfrica, renovado por completo para el Mundial, es un monumento al consumismo y al desperdicio energético occidentales. Los aeropuertos en Nigeria son una pista de concreto con una caseta de madera o de metal. Por qué los aeropuertos occidentales (y sus imitadores) pretenden dar una imagen de opulencia y vigor  es, acaso, tema para otro post, pero me imagino que la respuesta tiene que ver con la nostalgia por una época (hasta hace 20 años) en la que volar era privilegio de unos cuantos. Tras la desregulación del espacio aéreo, volar es más barato que nunca, pero la idea de que volar es glamoroso permanece.

El aeropuerto de Victoria en Seychelles está relativamente bien iluminado y tiene una dosis decente de tiedas duty free, pero las ventanillas de registro y toda la infraestructura de llegada y salida está al aire libre: quizá así se le digan al visitante que acaba de llegar a una isla tropical en medio de la nada.

Seychelles fue la última escala del viaje. Cuando vivía en Europa, las agencias de viaje tenían la delicadeza de promocionar viajes todo pagados a Seychelles durante el invierno por toda la ciudad. La publicidad presentaba a Seychelles como el paraíso listo a ser descubierto.

Algo hay de eso. En Seychelles vi las playas más lindas de toda mi vida, y solamente estuve en la isla de Mahé, donde está la capital y por lo tanto es la más poblada (74,000 personas). Se cuenta que las otras islas del archipiélago son aún más espectaculares, auténticos paraísos prácticamente vírgenes sin gente. Y es que Seychelles es un balneario eco-turístico gigantesco. Alrededor del 90% de la población trabaja en la industria turística. En un país de 80,000 personas, eso implica que muchas veces no haya gente para hacer las otras cosas que se requiere para que una economía funcione: el nuevo edificio de la Asamblea Nacional, por ejemplo, fue construido por los chinos gratis (al menos en papel): los chinos pusieron el material, el diseño y, lo más importante, la mano de obra (dice mi chofer que incluso trajeron desde China a las prostitutas que entretenían a la mano de obra). Todo ciudadano de Seychelles tiene derecho a ser tratado en el extranjero en caso de que tenga una enfermedad para la que no haya especialistas en el archipiélago (o sea, casi todas); eso está poniendo una presión impresionante en el presupuesto de la isla, toda vez que la mortalidad infantil es reducida, la esperanza de vida es elevada, y las enfermedades de las que se mueren los secheyllois son caras de tratar: cáncer, diabetes, e insuficiencias renales.

Pero Seychelles asume su destino como balneario del mundo con gracia. Es un país relativamente próspero, con estabilidad social (aunque últimamente introdujeron el crack y la violencia urbana se ha disparado), y que sabe que siempre habrá demanda de paraíso, aunque Europa esté en quiebra. La mayor parte de los turistas que vi son alemanes viejos, que son la casta que está triturando el proyecto europeo. Algún periodista sensacionalista de izquierda debería venir a tomar fotos de los alemanes en Seychelles y mostrarlas la próxima vez que un político alemán se queje de los griegos y los españoles y su cultura sureña, siesta,  sol, etc, etc, etc.

No me enamoré de Seychelles como sí lo hice de Mauricio. A lo mejor me faltó tiempo para descubrir los tourist traps, ir a hacer buceo con tiburones, o algún exotismo por el estilo. Por otro lado, Seychelles es como los balnearios para springbreakers a los que nunca fui aficionado cuando vivía en México. Además, el archipiélago tiene todos los elementos que se necesitan para ser un destino para springbreakers excepto uno que es crucial y acaso sea el más importante: gringas echándose cerveza en las tetas.

(donde dice gringa, siéntase libre de poner francesa, alemana, rusa, o cualquier mujer de por ahí que le dé morbo)

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Victoria, Washington. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Seychelles

  1. Pablo dijo:

    Me encanta el estilo tan personal de tus crónicas de viajes. Espero que haya alguna más.

  2. Anónimo dijo:

    Cempa viajero es la neta!!

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