Tanto tiempo

Pablo (Madrid)

Había quedado con ella tras más meses de los que aceptaba recordar. Ella y yo  desaparecíamos a menudo el uno del otro sin más explicación que la falta de la inercia de rutina que nos dio a conocer o el recuerdo del nombre al mirar la agenda de teléfono. Como si nada nos actualizábamos en días perdidos para luego permitirnos volver a desaparecer hasta que los titulares vitales del otro quedaban desfasados. En verdad siempre llamaba yo, que era el único que actuaba para rememorar nuestros rescoldos. Ella siempre recibía mi propuesta con sincero entusiasmo y animada predisposición para el encuentro. Y siempre venía, hasta que dejó de venir.

El día que se certificó la defunción de la función quedamos en un sitio tan extraño como otro cualquiera, en el cruce de las calles Hilarión Eslava y Fernández de los Ríos, al pie de uno de los locales legendarios de la noche universitaria madrileña, el Entrepanes, un lugar que no es ni bar ni discoteca –es una bocatería- pero que resulta el centro de reunión más concurrido de todas las madrugadas en Madrid.

Aparecí en el sitio a la hora convenida, justo a la vez que un hombre gordo y bizco con un saxofón colocaba una pequeña silla en la misma esquina y desplegaba su estuche sobre el suelo, esparciendo unas monedas de su bolsillo sobre ella. Se sentó, cruzamos un par de miradas y empezó a tocar. Al son de las primeras notas fui girando el cuello hacia las calles por si aparecía, ella siempre era tan puntual como el saxofonista y yo sabía que nunca cambiaría de parecer con nada, por lo que asumía que iba a aparecer pronto. Pero no aparecía. Yo le daba la espalda al saxofonista con algo de descortesía mientras trataba de atisbarla. Su ruido de fondo me agradaba y me distraía. Me gustaba la música, me iba haciendo cada vez menos consciente de ella conforme se acentuaba el retraso, el saxofón siempre acompaña a la melancolía. Creí que conocía aquel ritmo, que sería de John Coltrane o Charlie Parker o de alguna de las melodías que aparecen en Rayuela, pero esa creencia era tan infundada y estúpida como la mínima esperanza de que fuera a aparecer por allí.

Aún le daba la espalda, pero ahora para que el saxofonista no me viera con los ojos cerrados, escuchando. Cuando los abrí me di la vuelta, me acerqué, él me hizo un gesto con la cabeza y siguió tocando. En mi reloj habían pasado sólo diez minutos desde la hora del inicio del concierto, estaba tan imbuido que ya no recordaba por qué estaba allí parado y simplemente me dediqué a escuchar el fin del la tarde con aquel músico y los bocadillos al fondo. No sé cuánto tiempo pasó, percibí que mucho, cuando finalizó el recital, ya de noche. Entonces el saxofonista me sonrió, dejé en el estuche lo que tenía pensado haberme gastado aquella tarde y me fui, satisfecho, orgulloso de haber podido asistir a esa sesión de jazz callejero y solitario. Al llegar a casa pensé en la chica por primera vez desde que fui consciente de la música, y pensé que me gustó demasiado, que cada vez me gusta más el jazz y que me produce una gélida indiferencia que me dejen plantado. Y entonces descubrí, después de tanto tiempo, que ya era mayor. Todos a los que les gusta el jazz y no les importa que les dejen plantado lo son. Ser mayor nunca ha tenido nada que ver con la edad.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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