Nigeria

Primera vez en África Subsahariana.

Los tecnócratas de Bretton Woods estamos acostumbrados a escuchar que vivimos en una burbuja. En realidad, uno no se da cuenta de ello hasta que va a África. En mi caso, mi inmersión fue en Nigeria. Empecemos con cosas que nos parecen obvias. En Nigeria hay que entrar con efectivo (mucho; el lugar es estúpidamente caro). Las tarjetas de crédito son prácticamente inútiles: en Abuja hay dos cajeros automáticos y, los pobres incautos que  han (hemos) sacado dinero ahí se han (nos hemos) dado cuenta a los pocos días que las cuentas fueron hackeadas. Los cajeros están en el Hilton y en el Sheraton, que son auténticas ciudadelas con restaurantes, tiendas, centros de entretenimiento, y demás amenidades para expats, protegidas por soldados (o “consultores de seguridad privada”, ese eufemismo para mercenario).

Continuemos con el hecho de que el tipo de cambio de un billete de 20 dólares no es el mismo que el de un billete de 100. Por alguna razón, uno obtiene más nairas cambiando un billete de 100 que uno de 20. No encuentro la lógica. Si uno quiere lavar dinero, es más fácil hacerlo con billetes de 20, que no despiertan sospecha. La mejor forma de hacer que a uno no le vendan algo en Estados Unidos es intentando pagar con un billete de 100, menos si se llega hablando con acento nigeriano.

Sigamos con el hecho de que uno vive prácticamente recluido en los hoteles por el tema de la seguridad. Nuestras organizaciones no se hacen responsables de robos, secuestros, etc, si uno no va acompañado por el personal de seguridad local. Como eso cuesta mucho dinero, la gente que va de misión vive de facto entre el hotel y las oficinas.

En esta misión fui a Benin City, capital de Edo State y una de las más importantes del país.

Más bien, y en honor a la verdad, fui a la zona rica de Benin City, donde estaban los edificios de la administración británica hasta hace 50 años. Y es que los visitantes, y los expats en general, no tenemos idea en realidad de lo que es Nigeria, salvo lo que vemos por las ventanillas de los aviones, que ya de por sí es para llorar. Para un expat promedio, Abuja es el Hilton, el Sheraton, la sede de ECOWAS, el edificio del Banco y las sedes de las agencias de ONU, la embajada de EUA, y edificios aledaños, todos localizados a 30 kilómetros de donde vive gente como Ike, por ejemplo, el chofer que nos estuvo moviendo en Abuja.

Volviendo a Benin City: para que se den una idea, la zona en la que estuve, la zona rica, es como Melaque, donde yo pasaba las vacaciones de verano cuando era niño. Sé que, excepto para los lugareños y unos pocos más, Melaque no quiere decir nada. Pues bien, hasta hace 20 años, Melaque era un pueblo abandonado con un montón de palmeras, caminos de tierra, pocas casas con electricidad, y sin alumbrado público. La zona rica de una de las ciudades más importantes de África Occidental es el equivalente a un pueblo mexicano de tercera. No lo podía creer.  Una vez, por error, salimos al “Benin City profundo”: en mi vida había visto un lugar tan deprimente y me costaría describirlo. Tomar fotos estaba, obviamente, fuera de lugar.

Nuestras contrapartes en Benin City son gente bastante capacitada y con muchas ganas de hacer las cosas. La mayoría son gente que estaba fuera y regresó con la elección del nuevo gobernador, a cuyo chief of staff asesinaron la noche antes de que saliera nuestro equipo, quiero creer que por casualidad.

Los occidentales hemos perdido noción de lo que es la oscuridad: en nuestros países, todo está iluminado las 24 horas del día todos los días. Y, si por alguna razón falla la electricidad por más de 5 minutos, la carrera del político de turno se termina en ese mismo instante. En Nigeria la luz es algo ausente. Los edificios públicos están, en teoría, orientados para que reciban la luz natural en horas de oficina. En la práctica, son monumentos a la oscuridad donde lo único que está prendido es el ventilador y las televisiones de los escritorios de los burócratas. El alumbrado público es prácticamente inexistente más allá de las zonas ricas.

Lo peor de Nigeria es, no obstante, la comida. Antes de salir, se recomienda que uno compre una dotación de granola barsenergy bars, y demás mamarrachadas “naturales” que comen los vegetarianos. Al principio, me pareció una necedad. Al primer bocado me di cuenta que no lo era: todo está podrido y nada sabe a lo que debe saber: el pescado sabe a pollo, la lechuga a tomate, y así. Acordarme de la comida en Nigeria es la mejor forma de quitarme el apetito.

Me voy con una imagen muy triste de Nigeria: desde la erosión y la pobreza que uno ve desde la ventanilla del avión, hasta la lucha constante con la gente que te quiere sacar ventaja a la mala, pasando por malas experiencias con servidores públicos, y la maldita comida.  Todavía es muy temprano para decir qué me dejó a nivel personal y profesional, sobre todo si uno toma en cuenta que voy a tener que regresar a Benin City en dos meses. Lo que sí me queda claro  es que, hasta hace 4 meses, yo era un tecnócrata feliz haciendo cosas macro con economías emergentes, el paso previo al big money de la banca de inversión y la consultoría privada; ahora hago cosas micro en países de bajos ingresos debido a un compromiso personal con un antiguo colega. Debí haber sabido que para este tipo de trabajo se requiere vocación.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Abuja, Benin City, Washington. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Nigeria

  1. Pablo dijo:

    Increíble crónica. Estupenda.

  2. Qué bueno que te gustó! Un abrazo.

  3. Pingback: Lomé | Siete Ciudades

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